Montaje de las muñecas de Famosa. / A. DOMÍNGUEZ

Érase una vez un valle lleno de juguetes

La Navidad sacude la Foia de Castalla, en Alicante, el corazón de una industria que emplea a cerca de 5.000 personas en España, es banco de pruebas para todo el mundo y factura por valor de 1.627 millones, casi la mitad con destino al extranjero

Sergio García
SERGIO GARCÍA

Todo empezó cuando Ramón Mira, de profesión guardia civil y alfarero de vocación, modeló con arcilla la primera muñeca de la que se tiene noticia en España. Corrían los años 70 del siglo XIX y en Onil (Alicante) la agricultura no daba más que para malvivir. A corta distancia de allí, en Ibi, los pozos de nieve alimentaban una industria incipiente de helados. Los aldeanos cortaban el hielo en barras y lo transportaban en unas cajas de chapa, que con el tiempo se convirtieron en menaje de cocina y al poco en juguetes para los niños. Ciento cincuenta años después, la Foia de Castalla, como se llama a este valle rodeado de cumbres de más de mil metros, es el corazón de la industria juguetera, un gigante que agrupa en España a 243 empresas -el 37% ubicadas en la Comunidad Valenciana- y que emplea a casi 5.000 personas. En 2019, el último año del que se tienen registros, el sector facturó por valor de 1.627 millones de euros, convirtiéndose así en el segundo mayor productor de la Unión Europea, después de Alemania.

Como sucede todos los años, la Navidad sumerge en un clima de ebullición el Valle del Juguete, tan consustancial a la idiosincrasia alicantina como lo es en Jijona la elaboración de turrones. Un producto, subrayan por estos pagos, que no tiene edad. «No dejamos de jugar porque nos hacemos mayores, nos hacemos mayores porque dejamos de jugar», decía el escritor irlandés George Bernard Shaw, una frase que se ajusta como un guante al sentir general.

Una industria atomizada, donde el 90% de las empresas tienen menos de diez trabajadores, pero que ha sabido dar con la tecla de un negocio que se apoya en intangibles como la nostalgia, pero que si se sobrevive en un mundo globalizado y de empresas deslocalizadas es gracias al prestigio surgido en torno a la calidad del producto, el cuidado diseño y los elevados estándares de seguridad. A eso y al afán consumista, que ha permitido sortear amenazas como la caída de la natalidad y el cambio de paradigma que supuso la llegada de consolas y videojuegos. Y es que, donde antes se escribía la carta a los Reyes Magos y estos con suerte traían un solo regalo, ahora -y con las consabidas excepciones- eso no ocurre.

Trabajo de chinos

En Onil, las muñecas son la principal fuente de ingresos. Allí han sido testigos de fenómenos como Famosa, Vicma, Berjusa, ToySeven o Berenguer Hermanos. Hasta tienen un sello de calidad, como el caviar iraní o las perlas de Akoya. Camilo Bernabéu es el gerente de Paola Reina, primera marca en Rusia, en Ucrania, en Lituania... y con fuerte implantación también en Australia, Corea del Sur o Canadá. Hablamos del 70% de su producción, «todo vendido 'online'», desliza. La firma facturará este año más de 9 millones. Su producto estrella es 'Amiga', la muñeca maniquí de 32 cm que hace gala del mestizaje -caras asiáticas, ojos azules, ropa occidental...- Un objeto casi de colección, atemporal, y por ese motivo no necesariamente vinculado a estas fechas.

En la fábrica se confiesan «desbordados» y eso que cerraron ventas en septiembre. Hay que tener en cuenta a las navieras, recuerda Bernabéu, por aquello de anticiparse con los envíos transoceánicos. Pocos productos ilustran tan bien el término 'manufactura'. «Hasta que llega a la caja, las muñecas pasan por veinte manos distintas. Implantación del pelo sintético italiano (nylon), de las pestañas de 3 centímetros con pinzas, el peinado, el montaje...». Un trabajo de chinos que, paradójicamente, hace muy difícil competir con ellos, y eso que las técnicas de fabricación no difieren mucho de las de hace 50 años: hornos de rotomoldeo, máquinas de ojos...

Cadena de producción en el Valle del Juguete. / A. D.

A 17 kilómetros de allí, en Ibi, se levanta Injusa. Luis Berbegal. es la tercera generación de una de las familias más señeras del panorama juguetero, que llega a emplear a 130 trabajadores. Facturan 20 millones al año, el 65% entre los meses de septiembre y diciembre. «Es ahora cuando nos la jugamos, lo mismo nosotros que las tiendas». Que digan esto es una fábrica que se ha quemado tres veces en 75 años tiene su aquél.

Aunque la pandemia haya recortado su margen de beneficios, el suyo es un negocio que va, literalmente, sobre ruedas. Fabrican desde triciclos y patines hasta vehículos de batería. También réplicas, lo que obliga a tejer una intrincada de red de contratos de licencia con Disney, con Kawasaki, con Porsche, lo que encarece el producto. Mientras el padre de Luis empezó en este negocio tallando juguetes de madera, sus anaqueles almacenan ahora BMW GT3 con radio y un ventilador que simula el climatizador.

Exportan el 80% de lo que producen, un amplio catálogo que va desde el correpasillos de 29,99 euros hasta la BMW 1.250 GS, de 124 voltios y 500 euros de precio, no precisamente al alcance de cualquiera. Eso explica que cuando se le pregunta a Berbegal por la tecla que hay que tocar para activar la ilusión de un niño, conteste de corrido que al que hay que 'trabajarse' es al padre o a la abuela.

En Game Móvil, seis trabajadores, las cosas funcionan a otra escala, aunque el objetivo y las aspiraciones sean las mismas. Empezaron haciendo coches en miniatura y ahora juegan la baza de las construcciones, el 100% diseñadas y fabricadas en España, aunque no las hayan comercializado aquí hasta este año. Tampoco hacían campaña de Navidad y hasta en eso han cambiado el paso. Mosaicos, bloques gigantes... dirigidos lo mismo a guarderías y colegios, que a librerías y papelerías. También al sector del souvenir. «En 2019 sacamos el Puzzle Up, un juego vertical de construcción de plástico reciclado. Hay que acomarse a los tiempos», afirma su gerente, José Vicente Juan.

Seguridad ante todo

Es el de los juguetes un negocio que sobrevive a la sombra de China, que acapara las dos terceras partes de la facturación mundial, ya sea en forma de producto terminado o por las piezas y materias primas que los demás importamos. «Un mercado muy competitivo, con la mano de obra más barata y unos estándares de seguridad mucho más relajados que los que tenemos aquí», señala José Antonio Pastor, presidente de la Asociación Española de Fabricantes de Juguetes (AEFJ). Lo rubrica Bernabéu, cuyas muñecas deben superar controles más exigentes que los que pasa, por ejemplo, la ropa de niño.

A nadie se le escapa la importancia de la seguridad, menos aún en una industria donde tragarse el ojo de una muñeca o cortarse con un borde afilado puede significar el cierre fulminante. En Ibi tiene su sede el Instituto Tecnológico de Producto Infantil y Ocio (AIJU), surgido hace 35 años ante la necesidad de las empresas jugueteras de competir en seguridad.

Requisitos físicos, químicos, eléctricos, mecánicos... «Antes de comercializarse, cualquier juguete, parque infantil o instrumento de puericultura debe pasar ensayos en laboratorios», advierte Enrique Seguí, que habla de una labor casi pedagógica con los fabricantes. Acreditar que es resistente a golpes, que mitiga caídas, que no incluye imanes con los que un niño se pueda atragantar....

La propiedad industrial

Fruto de esta escenario es el peso cada vez mayor que los departamentos de I+D+i tienen en la industria. Nada menos que el 7,5% de los 5.000 trabajdores que viven del juguete (y hay otros 20.000 empleos indirectos). «El juguete es un producto muy complejo. No basta como sucedía antes, con irse a Alemania, traer un producto y copiarlo», explica Seguí. «Ahora hay modelización en 3D, prototipados en plástico o metálicos, técnicas avanzadas de inyección, de realidad virtual o aumentada... Déjeme que le diga una cosa: podrá producir aquí o en China; pero la creación, lo que verdaderamente tiene un valor, se hace donde se puede. Y aquí sabemos cómo».

La suya es en muchos aspectos una batalla desigual, donde no se han dejado de perder posiciones desde los años 80, «con la implantación del IVA del 21%, la eliminación de aranceles a los productos que venían de fuera, la crisis económica y, cómo no, el desplome de la natalidad», un torpedo en plena línea de flotación. «Mientras no se ataje la competencia desleal de quienes introducen aquí sus artículos sin atenerse a la misma normativa -sostiene Pastor en referencia al gigante asiático-, y no haya por parte de la Administración un compromiso serio con la defensa de la propiedad industrial, la incertidumbre seguirá planeando sobre el futuro».