Isabel Linares y Chabely Segura dialogan afectuosamente con Bintou Nabe, una de las usuarias del centro. Las tres ya han desarrollado un fuerte vínculo. / Cober

Mujeres que huyen en busca de vivir sin miedo

La pobreza, la discriminación o la trata expone a las migrantes y sus hijos a mayores riesgos en todas las etapas del camino. Las islas suponen solo el primer alto.

Ingrid Ortiz Viera
INGRID ORTIZ VIERA Las Palmas de Gran Canaria

La cabeza y el corazón de Bintou Nabe están divididos entre Guinea Conakri (República de Guinea) y Alemania. A un lado le espera su marido, que dejó el país hace casi tres años, hacia el final de su cuarto embarazo. Al otro, su familia entera, incluyendo sus dos hijos mayores, de diez y seis años, y a otra pequeña de cuatro que no la pudo acompañar porque sabía que su delicada salud no le permitiría sobrevivir al terrible viaje.

«Huí para evitar que le hicieran la mutilación genital a mis hijas», explica con voz ahogada la que también fue víctima de esta práctica. «Aún hoy sufro las consecuencias físicas y psicológicas. Mis partos fueron complicados y no quería que pasaran por ese sufrimiento, así que tuve que tomar una decisión difícil».

Según datos de Unicef, al menos 200 millones de mujeres y niñas en todo el mundo han sido víctimas de la ablación que, en la mayoría de los casos, se realiza entre el periodo de lactancia y los 15 años. Pero no es el único episodio de violencia y vulneración de derechos humanos a los que se enfrentan las migrantes.

«No conozco a ninguna mujer que haya llegado aquí que no tenga motivos para acogerse a la protección internacional», explica Isabel Linares, una de las voluntarias en uno de los dos centros de intervención integral de mujeres que gestiona Cruz Roja en Gran Canaria. Junto a Chabely Segura, una de las educadoras, explican las numerosas vulnerabilidades que se detectan entre las madres con hijos que acogen, desde la pobreza y violencia física hasta la trata de personas.

«Cuando llegan, supone un primer alto en ese largo camino que ya han transitado y que luego seguirá probablemente hacia otro país», enfatiza Segura. «Aquí aprovechan para pensar en qué quieren, descansar de ese bagaje emocional y adquirir herramientas para enfrentarse a la vida».

Gratitud

Bintou apenas lleva en Canarias un mes y medio y le resulta complicado concretar sus próximos pasos. «Solo sé que debía huir», insiste. A su mente aún le vienen las imágenes de la violenta «guerra» con su familia política, que en aras de imponerle la ablación a las niñas llegó a partirle varios dientes. Del lado de su propia familia tampoco obtuvo el apoyo que necesitaba: a su madre no le dijo nada del viaje y a su hermano, que se opuso por los peligros que suponía ir a Marruecos, solo pudo encargarle a los hijos que dejó atrás.

«Le pregunté si tenía medios para que me quedara, pero no los tenía, así que tuve que irme –relata la guineana–. Fue muy duro, porque lo hice sin nada y tuve que ejercer con la bebé la mendicidad. En la patera también perdí la esperanza, pero al final dios y ustedes me salvaron».

Para el centro de mujeres solo tiene palabras de agradecimiento por una acogida y un cariño que nunca habría imaginado recibir. Acostumbrada a la violencia y la desconfianza, les sorprende la afectuosidad de las trabajadoras. Dice, además, que la rutina con las compañeras y las actividades le ayudan a tener la mente ocupada y «olvidar el pasado».

Por lo que sabe de sus otros pequeños, están bien y «más o menos tranquilos», pero todavía pasará tiempo hasta que puedan reunirse. Con lágrimas en los ojos Bintou se enfoca en la pequeña Bala, de dos años, que trajo con ella y que no conoce a su padre. Si consigue establecerse en Alemania, espera ejercer como peluquera, tal y como ya hacía en Guinea o, al menos, conseguir algún puesto en el mercado.

En contexto

  • 200 millones. Es la cifra de personas en el mundo que han sido sometidas a la mutilación genital femenina, según ha actualizado la OMS. Una práctica que supone una violación de los derechos humanos.

  • 31 países. Esta práctica es habitual sobre todo en África y Oriente Medio. , además de Indonesia, aunque también persiste en países asiáticos como India, Iraq o Pakistán, algunas comunidades indígenas en Latinoamérica y en poblaciones migrantes de Oceanía, América y Europa.

  • 14 años. Las niñas menores de 14 años representan a 44 millones del total global, siendo los países donde más se han practicado Mali (83%), Mauritania (51%) e Indonesia (49%). En Guinea, el 95% de las mujeres la han sufrido.

Formación

El tiempo que las mujeres residen en los centros depende de la evolución de su situación administrativa. Una vez que se resuelven esas gestiones, normalmente se les facilita el traslado a otro centro de la red en la península y de ahí pueden entrar en otros programas para su integración o recibir ayuda familiar.

El equipo del centro, que alberga capacidad para una veintena de mujeres con menores, lo componen dos educadoras sociales, además de una psicóloga, una abogada y una traductora que alternan entre los recursos. Existen unos horarios y unas tareas que realizan las usuarias (la compra, la comida, la limpieza) y, además, se les ofrece una intervención dual: por un lado, a través de talleres en los que se trabaja el bienestar emocional con perspectiva de género y, por otro, con formación.

Los menores se escolarizan mientras que ellas reciben clases de español o aprenden a crear hábitos para una crianza saludable de los hijos. «Hablamos de mujeres que llevan años de ruta migratoria, que no se les ha dado una estabilidad y muchas veces tienen desconocimiento de ciertos temas como horarios de comida, de sueño, etc.», señalan.

Observan las trabajadoras que hay una mayor presencia de mujeres con bebés, lo que implica embarazos en el trayecto y, a sus ojos, es otra prueba más de que el proyecto migratorio «va mucho más allá de la mera llegada en patera».