Maïa, Jose y Damian se preparan para el trayecto de Tenerife sur a Cabo Bojador a bordo del Colibrí 2. / C7

En busca de una aguja en el mar

La ONG francesa Pilotes Volontaires ha aterrizado recientemente en el archipiélago para colaborar en la ayuda humanitaria localizando desde el Colibrí 2 a las pateras que llegan desde de África

Ingrid Ortiz Viera
INGRID ORTIZ VIERA Las Palmas de Gran Canaria

Desde el cielo todo es azul. Podría parecer de perogrullo, pero cuando no existen contrastes para el ojo humano es fácil que los detalles pasen desapercibidos y eso, en una labor humanitaria, se traduce en la pérdida de vidas humanas. «Para mí es como buscar el píxel que falta en una imagen», explica Maïa, una de las colaboradoras de Pilotes Volontaires, que desde hace menos de un mes aterrizó en Canarias para contribuir en lo posible a los rescates de pateras. La ONG francesa ya ha reportado la posición de más de 250 barcazas que huían de Libia en el Mediterráneo a organizaciones como Open Arms, Sea Watch o MSF, pero la mayor presencia de medios en esta zona les ha llevado a trasladarse ahora hasta el archipiélago, donde creen que pueden ser más útiles.

En realidad, el único piloto es José Benavent, impulsor de la ONG, que comenzó a interesarse por el fenómeno migratorio ya en los años noventa, cuando se dedicaba a tareas de agua, saneamiento e higiene junto a Cruz Roja en Senegal, Guinea y otros países de África. Le impactaron las historias de las personas que huían hacia Europa por necesidad, arriesgando sus vidas en el mar y, con el tiempo, optó por implicarse en la búsqueda activa hasta que creó Pilotes Volontaires en 2018, cuando se agudizó la crisis humanitaria en la zona del Mediterráneo. Maïa, en cambio, está haciendo un parón en sus estudios de derecho internacional para conocer de primera mano las necesidades de las personas a las que pretende ayudar en un futuro desde el ámbito legal. Junto a ellos está Damian, otro de los voluntarios que participan en esta primera misión en las islas y cuya razón de peso para dedicar tiempo a salvar vidas es que, simplemente, no pudo «seguir dejando de lado la realidad».

Los tres se preparan para iniciar un nuevo vuelo desde el sur de Tenerife hacia Cabo Bojador, situado en el Sáhara Occidental, en busca de posibles embarcaciones. Su intención es abarcar las rutas que parten desde el sur del continente y que, a menudo, son las más mortíferas, no solo porque el tiempo de la travesía desgasta a los ocupantes de las pateras sino porque las corrientes pueden volcarlas o derivarlas más allá del archipiélago. Además, entienden que en las rutas cortas –las que parten de Marruecos hacia Lanzarote o Fuerteventura– están más vigiladas y es más probable que sean vistas.

«Hay misiones en las que no encontramos nada, pero eso puede que signifique que buscamos en el sitio equivocado»

Esta misión dura alrededor de cuatro horas y media, debido a un retraso en el despegue, pero lo habitual es que se extienda hasta seis. Comer y beber durante ese tiempo se limita al mínimo imprescindible, ya que en el Colibrí 2 –la pequeña avioneta bimotor de cuatro plazas de la ONG– ni hay aseos ni tampoco el Atlántico cuenta con pistas de aterrizaje donde hacer un descanso. Nada de esto parece afectar al trío, que realiza el mismo procedimiento casi a diario con la misma inercia de quien debe ir a trabajar a una oficina.

Ya en el aire, l os observadores se distribuyen una «parcela» a la que prestar atención y con la ayuda de unos prismáticos comienzan el escaneo. «La visibilidad hoy es buena», asegura Benavent, que se suma a la observación sin descuidar las labores del pilotaje. «A veces somos cuatro, otras solo dos, depende mucho de la disponibilidad de los voluntarios pero, evidentemente, cuantos más ojos seamos, mejor», añade.

El silencio en la cabina dura todo el trayecto y solo lo rompe el diálogo con los controladores en tierra. A pesar de la concentración, es fácil que los sentidos jueguen una mala pasada y, a tanta altura, se confunda una ola con una barca. A lo lejos, Damian divisa «algo». Tras dar las coordenadas para que sus compañeros puedan ver lo mismo que él, deciden acercarse. A priori es un «punto negro» algo más grande de lo que suelen buscar, pero ante la duda es preferible hacer una rápida comprobación. «Aunque no estemos seguros, siempre recomendamos decirlo y resolver la duda», explica Benavent. Al final, resulta ser un pesquero. «Lo que buscamos es diez veces más pequeño», reconoce Maïa. Una aguja en un gran pajar.

Coordinados y en tensión

Afirma Benavent que con la experiencia el ojo se agudiza y es capaz de reconocer mejor aquello que busca. Sin embargo, después de tan solo la primera hora, es fácil que la concentración decaiga. Cuando esto ocurre, dice el piloto, se repite un mantra: «Siempre hay embarcaciones ahí afuera y tenemos que encontrarlas para que sobrevivan».

Con todo, la tensión crece cada vez que creen haber encontrado alguna. El día anterior divisaron una barca, pero vacía, y ya habían contabilizado hasta diez sin ocupantes antes de localizar en Gran Canaria a las dos pateras del 24 de noviembre con las que el nombre de la ONG empezó a resonar. Si se trata de naufragios o de embarcaciones que Salvamento dejó atrás en los rescates no pueden saberlo. La sociedad estatal –que se enfrenta a los operativos con el personal al mínimo y prima salvaguardar vidas– no siempre es capaz de remolcarlas. En este sentido, Pilotes Volontaires reconoce el gran esfuerzo de Salvamento Marítimo dada la gran afluencia de personas que llegan al archipiélago y la gran extensión de océano que abarcan con tan pocos recursos. A pesar de que la ONG no se coordina con los equipos de rescate, sí mantienen un diálogo informal y suelen adelantar su programa de vuelo por si les resulta útil.

En caso de localizar una embarcación, el piloto avisa a otro de los voluntarios que sigue su trayectoria en tierra y sirve de enlace con la entidad pública para que esta active su protocolo.

La misión concluye tras una ligera modificación en el trayecto hacia el sur para no entorpecer la labor de un avión del Servicio de Búsqueda y Salvamento Aéreo (SAR) que volaba cerca y, así, abarcar más terreno. «Hay muchas misiones en las que no se encuentra nada, pero eso no significa que sea una buena noticia porque puede que simplemente hayamos estado buscando en el sitio equivocado», apunta Maïa. Por otro lado, encontrar una embarcación resulta igual de descorazonador ya que, reconocen, desde el aire sienten la impotencia de no poder acercarse a ayudar. Ningún escenario parece lo suficientemente apropiado.

Aún con el agotamiento físico, toca resolver algunos informes protocolarios y planear la trayectoria del día siguiente. La previsión es que en una semana y media finalicen la misión y partan a Francia para la revisión técnica del Colibrí 2. Con toda probabilidad, asegura Benavent, estarán de vuelta antes de Navidad. La pobreza no entiende festivos y para estos voluntarios, la ayuda humanitaria tampoco.

Tres apuntes

  • Un vuelo para recordar. Con 22 años, el activista senegalés Mamadou Dia recorrió más de 3.000 kilómetros hasta llegar a La Gomera y luego afincarse en Murcia. De visita en las islas, tuvo la oportunidad de recorrer parte de ese trayecto, esta vez a bordo del Colibrí 2: «Volví para curarme, volví para respirar», les agradeció.

  • Personas, antes que cifras. Una de las mayores diferencias que han notado en la Ruta Canaria es que, con más o menos medios, en España prima un espíritu de rescatar vidas por encima de la hostilidad que han presentado otros gobiernos en el Mediterráneo, donde optan por interceptar y devolver pateras a toda costa.

  • Siguiente misión. Pilotes Volontaires realiza una media de 15 trayectos por cada misión. Unas 100 horas de vuelo –en Canarias ya han acumulado 70– antes de pasar por Francia para la necesaria revisión técnica de su avión bimotor Diamond DA42 Twin Star, que tiene una autonomía de entre seis y ocho horas.