El cóctel de una noche de verano

Segunda entrega

Al vuelo

Un avión es también un cóctel. En esta segunda entrega de nuestro cruce de postales traemos desavenencias con la maleta, esperas fructíferas en aeropuertos, manchas de helados y sonidos de vuelos que se van

ANDREA MORÁN | JOSÉ ÁNGEL ESTEBAN

El despegue

«¿Un avión?». El camarero me ha mirado extrañado. Yo pensaba que reconocería mi coherencia al pedirle esa bebida en este sitio, pero debo ser la primera. Miro alrededor y somos cuatro gatos, unos durmiendo en el asiento, contorsionados; otros, vagando sin ninguna prisa, como si esta vez los embarques y las tripulaciones fueran a esperar por los pasajeros y no al revés. Creo que nunca había estado en un aeropuerto después de las diez de la noche. No diré que es bonito pero deja de ser horripilante cuando desconectan el cartel de «Duty free». Nadie amenaza por los altavoces con llamadas de última hora y por eso se escuchan los despegues, como un goteo. Hasta ahora: Bahamas, Hong Kong y Chicago.

Me acuerdo de un fotógrafo, Toby Harriman, que sobrevuela en helicóptero las pistas de aterrizaje y saca fotos aéreas de lo que no vemos porque, no sé tú, pero yo sigo cerrando los ojos en el momento del despegue. Desde arriba esas máquinas con forma de pájaro parecen esbeltas. Robustas. Ahí va otro más: Bali. Yo no voy tan lejos. Mi vuelo sale a las 23:55h y esa fue una de las razones por las que escogí justo este billete. Llegar cuando todo esté oscuro y descubrir mañana, al levantarme, qué paisaje tendrá este agosto.

Trolley and roll

Querida. Se me ha roto la maleta. La verdad es que no soy el rey de los malabares. A veces, hoy por ejemplo, con mi vieja maleta de ruedas, el móvil apoyado en la mandíbula y un helado, rozo el ridículo: un bailarín contemporáneo alrededor del trolley que se me enreda entre las piernas, se levanta como un muro, se gira, se rebela, cae. Podría cobrar por el espectáculo. A punto de tropezar alguien ha querido ayudarme. Nos hemos caído los dos. Desastre: el helado por los suelos, el móvil lleno de stracciatella, una rozadura en el codo y las ruedas de la maleta definitivamente fuera de eje, muertas. Mi compañero solidario ha salido indemne. Bueno, una pequeña mancha blanca y negra en su camisa. Se ha ido con una sonrisa despreciable. De despreciarme a mí.

Sin ruedas, una maleta es solo una maleta. Y, llena, una maleta llena y pesada. Alguien me contó alguna vez que el nombre de una famosa marca de baúles se inspiró en un héroe bíblico, Sansón. Sabes qué héroe y de qué marca, la misma conexión neurológica que hay entre el armatoste que te lleva lejos de nosotros y el cóctel que nos vamos a meter para el cuerpo. He entrado en una tienda y me he comprado una maleta de un azúl muy eléctrico.

El avión

Un vaso congelado diez minutos. Un puñado de hielos. Tres bebidas, misma proporción: primero el licor de Curaçao, azul eléctrico, y el ron con sabor a coco. Removemos con brío. Después, en el último tercio, tequila blanco. Curaçao, que le pregunten a los marinos portugueses, es curación. Cúrense con El avión. Por Carlos G. Fernández.

'El cóctel de una noche de verano' también está disponible en Spotify, Apple Podcasts, Google Podcasts, Ivoox, Podimo y Amazon Music.

Créditos

  • Narración y textos: Andrea Morán, Carlos García y José Ángel Esteban

  • Producción técnica: Iñigo Martin Ciordia

  • Edición y mezcla: Carlos G. Fernández

  • Remezcla y postproducción: Rodrigo Ortiz de Zárate

  • Ilustraciones: Adrià Ramírez