El cóctel de una noche de verano

Cuarta entrega

Un tesoro del pueblo

Cuarto cruce de postales en el que las cosas son lo que son y tienen el nombre que tienen. Cuando todo es memoria y tradición, lo mejor es sentarse con los viejos amigos y pedir lo que tengamos más cerca

ANDREA MORÁN | JOSÉ ÁNGEL ESTEBÁN

La banda sonora de una verbena

Querido, he comprobado que al pueblo se vuelve sin maleta, confiando en que allí tienes todo lo que necesitas. Me he plantado con lo puesto y he ido directa al armario de mis padres, en la vieja habitación de matrimonio. He encontrado un auténtico botín: unos vaqueros gastados con la cremallera medio rota pero no indiscreta; un body de mi madre, de tirantes, negro y con flores blancas, al que le hecho un par de nudos porque no lo lleno. Con estas pintas he apoyado el codo en la barra y este es mi tercer vermut.

La orquesta encadena éxitos y me he dejado llevar… No los he contado pero en esta plaza seremos unos cien. El resto del año, aquí viven siete personas. Entre ellas, la antigua maestra, Berta Pato, que en la 'escuelina', daba clase a niños de 3 y a jóvenes de 16, todos mezclados. Me cuentan que el panadero sigue subiendo cada día y el carnicero tres veces a la semana. No sé cómo se llaman ni el taxista ni el médico, porque todo el mundo los conoce por su oficio: «el taxista» y «el médico». Se refieren a mí como «la pequeña, la que se marchó» y por eso pisar esta plaza, cruzar frente a la iglesia, siempre es volver, aunque los rezos ahora sean otros. «Ave María, ¿cuándo serás mía?».

Garrafón

Amiga. También me he venido al pueblo. Y he encontrado una historia. Tengo un primo, Manuel, poeta y tabernero. Lo segundo lo heredó de Gonzalo, su padre, que durante décadas repartía licores a los distintos bares de los pueblos de la zona. Muchos pueblos y muchos bares.

Con la poesía se enredó en la barra de su propia bodega cuando mucho después viajó a la ciudad y, en las horas muertas, sobre la barra, se atrevió a buscar el ritmo en las palabras. Tal vez porque de niño soñaba mucho, eso le digo. No quiero hablarte de sus versos sino de la tartana de su padre cargada de garrafones a la que se subía Manuel para ayudar a Gonzalo en los veranos y, de paso, vagar por los caminos. El alcohol que transportaban, sin fama ni etiqueta, se destilaba en un alambique artesanal al que iban a parar los hollejos, los esqueletos de las uvas de toda la comarca. Y de ahí manaba, claro, el orujo. Y con los años decenas de otros elixires que cada verano padre e hijo repartían. Gonzalo ya murió. Manuel anda por su segundo libro. Y hoy a la puerta de su casa nos hemos preparado un negroni expósito: vermut, amargo y ginebra sin carnets de identidad. Puro garrafón. Tan a gusto. Del bar llegan canciones.

Negroni

La dinámica es bien sencilla. Tres partes iguales: ginebra, Campari o similar y vermut rojo. Se mezcla bien con hielos y se planta el adorno de naranja. Listo. Mientras siguen tratando de adivinar los probablemente sesenta ingredientes del Campari, háganse un favor y busquen un bello anuncio que les rodó Fellini en 1985. Por Carlos G. Fernández.

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Créditos

  • Narración y textos: Andrea Morán, Carlos García y José Ángel Esteban

  • Producción técnica: Iñigo Martin Ciordia

  • Edición y mezcla: Carlos G. Fernández

  • Remezcla y postproducción: Rodrigo Ortiz de Zárate

  • Ilustraciones: Adrià Ramírez