El cóctel de una noche de verano

Undécima entrega

Fuera del Mundo

En este undécimo cruce de postales hay tiempo para viajar dentro de la cabeza de uno mismo. Preguntarse qué hacer, si deseamos lo imposible, lo difícil o lo secreto. Y, de paso, disfrutar de una bebida enloquecida

JOSÉ ÁNGEL ESTEBAN | ANDREA MORÁN

Metaverso

Querida. Esta vez no he dirigido óperas. Ni he construido con mis manos un barco para ir con unos pocos hasta donde pudiéramos seguir resistiendo. Esta vez no he mantenido un bar esquinero y secreto en el que escuchar historias olvidadas y jazz. No he levantado una cabaña en el bosque ni compartido huerto con vecinos recién llegados de todo el mundo. Nada: esta vez – y eso que el mes escaso de vacaciones es la mejor plataforma para el delirio controlado – ha sido un esfuerzo para no soñar despierto. Imaginar otras vidas y hacer una cartografía consciente y minuciosa de cada una de ellas, es decir, delirar, volar pero con el cordel del globo atado entre los dedos, es parte imprescindible de mi verdadera vida. Mi metaverso particular. Ya sabes, todo a la vez y en todas partes. Negarme a ello es liquidar una zona de mi mismo que temo y al mismo tiempo me alimenta. Un sacrificio. Pegarme a tierra. Todo esto lo sospecho mientras en una fiesta a la que he sido invitado desde una terraza asisto a la proyección simultánea de diez películas en otras tantas fachadas. Es una explosión de fantasías que secuestra incluso la mía. Es agosto. Así que bebo lo que tu sabes para estar a la altura.

En el jardín

Querido, he ido a conocer la casa de unos amigos que acaban de mudarse al campo. Llegué escéptica porque el grupo se disuelve y no es fácil aceptar que lo hace por buenos motivos: tranquilidad y más luz, espacio y buenas vistas, y qué decirte si en la ecuación hay embarazos y posibilidad de hipoteca. Irrechazable. Unos se han ido muy lejos y otros más cerca, pero en los últimos años muchos de mi pandilla han decidido coger el macuto y dejar que otros suframos los precios del centro y la presión turística. La desconfianza apenas me duró, lo que tardaron en hacerme un 'house tour' y mostrarme las caras de ilusión al hablar de vigas y azulejos. Fue al salir al jardín cuando me contagiaron. Espera, espera, ¿y si yo también me marchara? Comencé a imaginarme en ese pueblo donde parece que viven a otro ritmo, inmunes al miedo a perderse algo. FOMO lo llaman en inglés. Eso es justo lo que detuvo este delirio veraniego. Empecé a contabilizar las cosas que aún no habían ocurrido y que dejaría de vivir si cambio de código postal. El temor mutó en angustia y luego en arrepentimiento por una decisión que ni llegué a verbalizar. Ahora bien: ¿y si el desvarío fuera quedarse en la ciudad por las razones equivocadas?

Delirio azul

Una medida de vodka y media de licor de melocotón, de curaçao azul y de ron con sabor a coco. Se mezcla en coctelera mientras se prepara una copa de tubo ancho con cerezas congeladas intercaladas con hielos grandes. Servimos la mezcla y rellenamos con un refresco estilo Sprite o 7Up. Muy vistoso, muy resultón. Por Carlos G. Fernández

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Créditos

  • Narración y textos: Andrea Morán, Carlos García y José Ángel Esteban

  • Producción técnica: Iñigo Martin Ciordia

  • Edición y mezcla: Carlos G. Fernández

  • Remezcla y postproducción: Rodrigo Ortiz de Zárate

  • Ilustraciones: Adrià Ramírez