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La mayoría de los integrantes de CineZeta a comienzos de año

¿Qué quieren ver los jóvenes en el cine?

En tiempos gobernados por algoritmos y plataformas, diez jóvenes han tenido la oportunidad de programar una sala durante los últimos nueves meses

Andrea Morán
ANDREA MORÁN

Según los últimos datos del ICAA, en España están activos 710 cines y 3.625 pantallas. Una de ellas, en los últimos meses, ha estado comandada por diez jóvenes de entre 18 y 26 años, integrantes de CineZeta. Ha ocurrido en Matadero Madrid, la institución pública que organiza este programa juvenil que ya ha convocado su sexta edición. «Allí hemos podido pensar las películas antes, durante y después», dice Irene Castro, de 25 años, doctorada en Psicología. Otro de sus miembros, Miguel Guindos, graduado en Dirección de Cine por la ECAM, ha quedado fascinado por cuánto puede crecer la película al colocarla al lado de otra. «Empieza a significar cosas que tú como director no te habías ni planteado».

Desde febrero y hasta este fin de semana, que clausuran con la proyección de 'Corpus callosum', del vanguardista Michael Snow, el grupo se ha encargado de diseñar cuatro sesiones mensuales. Esta es la quinta generación de CineZeta pero la primera postcovid y la huella de la pandemia aún se nota. Agradecen todas las propuestas virtuales que surgieron esos meses, pero a raíz de su paso por esta iniciativa están aún más convencidos de que la experiencia en sala no se puede sustituir por un visionado doméstico. La existencia de programas similares -aunque más cortos- dentro del Festival de Cine Europeo de Sevilla o el de Punto de Vista en Pamplona indica que este puede ser el camino para involucrar a la juventud y asegurar el futuro de la sala.

Que los jóvenes no pisan los cines es una impresión errónea que en algún momento se fosilizó pero que todas las estadísticas desmienten. Noah Benalal, una de las integrantes, lo argumenta: «En realidad, cuantas más películas veas -sea online o en pantalla grande-, más ganas tienes de ir al cine». Concibe la sala como un espacio vivo «porque ¿quién dice que no puedes salirte de ella? O entrar tarde, o incluso caben las discusiones con los invitados, algo que nos ha llegado a pasar… Es un lugar donde ocurren cosas».

Diversidad y compromiso ético

En su caso, ese lugar tiene nombre y apellidos: la Sala Borau de Cineteca Madrid, aunque también han exhibido películas en la Sala Plató y terminan su 'Traca final', así se llama el ciclo, en la Sala Azcona, la más grande de las tres. Un premio y un reconocimiento para concluir estos meses de trabajo en los que han ido conociendo al público fiel del barrio de Legazpi.

«Ha sido muy bonito presentarles películas que no habrían sido su elección más obvia», cuenta Ana Jiménez, graduada en Comunicación Audiovisual, «pero siempre defendiendo la variedad de géneros y de estilos». «Especialmente -matiza Irene Castro- porque no nos gustaba la idea de que como éramos jóvenes teníamos que programar solo piezas de jóvenes. Tenemos inquietudes súper amplias y nuestro motor ha sido descubrir películas juntos en el cine». De ahí que en las sesiones se hayan visto tanto piezas experimentales como películas mainstream, musicales de Bollywood, cortos de animación o títulos nacidos directamente de internet.

Hojas de sala preparadas por los integrantes de CineZeta

Un buen ejemplo de esta heterogeneidad es el ciclo que dedicaron al cambio climático, una preocupación que revela su sensibilidad generacional. «Ese fue el mes que más conversaciones tuvimos», recuerda Guindos. «Teorizamos mucho sobre cómo atacar todos los frentes del medioambiente y acabamos recurriendo al cine militante pero también al más comercial». Un día proyectaron un largo de Straub-Huillet -matrimonio francés capital para el cine de autor- y otro día se pudo ver 'A todo gas', la primera entrega de la franquicia 'Fast & Furious'. «Esa tarde se generó una conversación brutal», dice Guindos. «Invitamos al coloquio a un colectivo ecologista. Fue una charla importante porque siempre hemos intentado aportar algo más a la proyección».

Contextualizar la obra, mediar entre película y público, ha sido una de sus prioridades. «Hemos hecho presentaciones, tráileres y piezas audiovisuales externas, grafismos en redes y una hoja de sala para cada proyección», explica Benalal. Preguntados por los aspectos de representación e inclusividad, Jiménez contesta que el compromiso ético y diverso ha surgido de manera natural, sin necesidad de explicitar cuotas, si bien es cierto que para algunos ciclos han querido tener especial cuidado. Ocurrió, por ejemplo, en el mes del Orgullo, cuando decidieron que los creadores delante y detrás de la cámara fueran LGTBI+.

Sesión con el director Jean-Charles Fitoussi / CineZeta

A pesar de sus esfuerzos por aumentar la diversidad de las propuestas, también se han encontrado con algunas limitaciones propias del oficio. «Con nuestros recursos, por ejemplo, nos ha resultado muy difícil programar cine asiático», reconoce Benalal. «No éramos conscientes de las cuestiones burocráticas tan complejas. A veces las distribuidoras piden unos 'fees' muy superiores a los que tú puedes pagar o cuesta dar con los autores, ponerte en contacto con ellos».

Una de las negociaciones más arduas que han mantenido fue para conseguir estrenar en Madrid 'Je ne suis pas morte', película del francés Jean-Charles Fitoussi que en España solamente se había visto una vez en el Festival de Cine de Gijón. «Fueron muchos dolores de cabeza pero sabemos incluso de gente de otras ciudades de España que se cogieron un autobús para venir a esa proyección y charlar con el director en el coloquio. Ver la sala llena nos hizo sentir bastante validados como programadores». Una experiencia que les ha calado hondo y con la que han reafirmado su compromiso con la pantalla grande. «Puede que aquí termine nuestra promoción de CineZeta», dice Castro, «pero yo voy a seguir yendo al cine todos los días».