Crisis en el PP

La margarita de Feijóo da esta vez el sí

El nieto de la Eladia de Os Peares, un orensano de orígeneshumildes, discurso templado, alérgico al matrimonio y padre a los 55 años, se dispone a asumir el desafío político de su vida: el liderazgo del Partido Popular

Lourdes Pérez
LOURDES PÉREZ

De niño, Alberto Núñez Feijóo «observaba». No es que él no compartiera los juegos infantiles de entonces; el fútbol doméstico, el escondite y la peonza con que se entretenían, modestamente, los críos de Os Peares, un cruce de caminos que aúna cuatro ayuntamientos con un pie en Orense y otro en Lugo anclado en el paisaje, placentero y espartano, de la Ribeira Sacra. Sí, el hijo de la Sira y del Saturnino, el nieto de la Eladia -la abuela querida que llevaba la tienda de ultramarinos-, participaba de aquellos divertimentos con los que pasar las horas muertas en la «Galicia profunda» a la que el presidente de la Xunta se siente tan arraigado. Pero también miraba. Mucho. «Era un gran observador, le viene de nacimiento», echa la vista atrás su paisano Manuel Gómez, el dueño de Artesanía Manolete, que sigue fabricando, según le halaga el barón de barones del PP, los mejores alambiques de cobre de su tierra. «¿Que qué me parece que Alberto se vaya a Madrid? Pues a mí me jode, con todas las letras. Sin él, Galicia no habría avanzado tanto».

La periodista charla con el «amigo de familia» del líder llamado a rescatar a los populares de su traumático cisma aguzando el oído para tratar de pescar, en medio de su melodioso galego, una inflexión de voz, un resquicio, por el que se cuele algo que no resuene a devoción. Intento vano. En Os Peares, su pueblo, el que abandonó para estudiar pero al que siempre acaba volviendo por ese apego a la tierra que ha erigido en ADN político, Feijóo es 'Alberto, o noso presidente'. El 26 de junio de 2020, en lo más crítico de la pandemia, el entonces candidato a la reelección regresó a su casa natal para emprender la ruta hacia la que acabaría siendo su cuarta mayoría absoluta desde que consiguió la primera -y a la primera- hace trece años. Ese día, un vecino se quejó de que les habían dejado sin cajero del que sacar dinero conminándole a no apuntar los deberes «en una berza». «No, lo tengo aquí», le replicó Feijóo llevándose el dedo a la sien.

Nadie duda de que este virgo nacido el 10 de septiembre de 1961, un orensano mutable, terrenal, difícil de enamorar, astuto y perfeccionista de hacer caso al horóscopo y a su biografía, tiene Galicia y el PP en la cabeza. Aunque Monte Pío, el palacio presidencial de la Xunta en Santiago de Compostela, constituya para él un ecosistema más seguro, más íntimo, que el polvorín hoy en venta de Génova 13. «Tan cartesiano, tan ordenado, tan institucional», en palabras de un dirigente autonómico, Alberto el de Os Peares enfila -o le enfilan- hacia el liderazgo del PP tras años de fajarse en la gestión grisácea de la Administración pública; elevarse a los altares del poder gallego abrevando en el legado de Manuel Fraga, José Manuel Romay Beccaría -su mentor- y Mariano Rajoy; y ser entronizado como referente «indiscutible» para atajar la sangría que casi se lleva por delante a su partido en una semana funesta.

Feijoo con su madre, Sira, y con su abuela, Eladia, cuando era niño.

Porque esta vez va a ser que sí. Esta vez no va a poder rehuir a la gallega, quedándose en el descansillo sin subir ni bajar, su responsabilidad histórica «con el partido y con España». Desde que reventó el pulso fratricida entre Pablo Casado e Isabel Díaz Ayuso y él les exigió, orillando el galleguismo, una salida a la crisis por la vía rápida, los barones le han bañado con el almíbar del elogio unánime para dejarle sin escapatoria, por si el deshojar de la margarita volvía a caer en la tentación de responder 'no'.

La apuesta de Rajoy

Aún está fresco el precedente de 2018, cuando Feijóo apartó el caliz de la presidencia nacional después de otro desgarro en el PP -la moción de censura- para «no fallar a los gallegos y a mí mismo». Tiró la toalla sin llegar a abanderarla, al borde del llanto y con los suyos sumidos en el desconcierto. Tras la justificación sentimental despuntaba la apuesta del derrocado Rajoy por Soraya Sáenz de Santamaría. En aquel congreso del partido, Feijóo terminó remando a favor del mismo Casado con el que tres años y medio después ha pactado la fórmula para enterrarlo políticamente.

Ficha

  • Estudios Licenciado en Derecho por la Universidad de Santiago, quería ser juez, pero opositó al quedarse su padreen paro. Desde 1985, integra el Cuerpo Superior de la Administración General de la Xunta.

  • Gestión En los 90 fue vicepresidente y secretario general de la Sanidad gallega. Entre 2001 y 2003, ya en Madrid, comandó Correos tras hacerlo con el Insalud. Regresó a su tierra como consejero de Obras Públicas en 2003.

  • Política Ganó el pulso entre los de 'la boina' y los del 'birrete' para hacerse con el PP gallego. Ha encadenado cuatro mayorías absolutas al frente de la Xunta desde 2009.

Clemencia en la impiedad partidaria, el sí y el no, la cara y la cruz. El espíritu de la contradicción trastea en la vida y la obra de Feijóo. Un estudiante entregado que «destacaba siempre» sin despertar envidias aparentes entre sus condiscípulos, aunque sí haya maliciado con que sus apuntes acabaron en manos del exministro socialista José Blanco. Alguien «hecho a sí mismo», coherente con una familia muy humilde que vivía de alquiler en Os Peares y sabedor de lo que representa el sacrificio al tener que renunciar a la ambición de ser juez cuando el desempleo de su padre le empujó a opositar -entró con galones- en la Administración gallega; pero no tan ascético como para no disfrutar de los percebes -aunque prefiera las sardinillas y los huevos fritos-, los trajes bien cortados y el capricho de los relojes caros. Perseguido siempre por el tópico del gallego indeciso -los periodistas padecen con sus frases de ida y vuelta-, su trayectoria en ascenso constante evidencia, por el contrario, la voluntad de poder que atesoran los líderes natos.

Feijoo con su mujer Eva y con su hijo Alberto. A la derecha, apoyo en su pueblo.

«Extremadamente amable», Feijóo exhibe una cercanía caldeada por la naturalidad para quienes le conocen y atildada a ojos de los distantes. Enemigo del extremismo populista, se ha apoyado en la ancha y versátil avenida de su hegemonía sociopolítica para levantar sendos muros frente al empuje de Vox, sin asiento en el Parlamento gallego -una rareza a estas alturas-, y el nacionalismo de izquierdas; lo que no le impide haber labrado un entendimiento «leal» con el lehendakari Urkullu y el PNV. Autonomista convencido pero sin veleidades, el futuro jefe de filas del PP, si no media espantada o extravagancia, se proyecta hacia Madrid con un jacobino sentido de Estado.

Para los suyos, Feijóo es un «buen tipo» con una 'auctoritas' más allá de sus siglas; «un clásico que nunca pasa de moda», le describe una antigua correligionaria, que alaba su perfil de «aburrido conservador de orden» en los tiempos convulsos que corren en el PP y en el país. Para sus rivales ideológicos, el presidente de la Xunta encarna poco menos que a un farsante que cobija bajo su discurso templado y conciliador a un neoliberal de manual al que acusan de haber ido encadenando privatizaciones desde que dirigió Correos a comienzos de siglo, adonde llegó del Insalud bajo el manto del entonces ministro Romay Beccaría.

Casado es el primer cadáver político que asoma tan visible en el modélico armario de Feijóo. Un Feijóo que llegó a la cúspide del PP gallego después de haber sustituido en la Consellería de Obras Públicas a Xosé Cuiña, el delfín de Fraga. Cuiña cayó en desgracia tras filtrarse que una empresa de su familia había vendido a la Administración material para limpiar el chapapote del 'Prestige'. Imposible no evocar, dos décadas después, el 'caso Díaz Ayuso' que ha detonado la voladura en el PP, zanjado por el barón gallego con una sobrevenida comunión de intereses con la presidenta de Madrid: ella no dará la batalla -al menos ahora- por el liderazgo nacional del partido.

La foto navegando

El yin y el yan vuelve a aflorar en el álbum de Feijóo, en esa sombra bañada por el sol de la ría de Vigo de la fotografía de los 90 -también filtrada pero en 2013, cuando la estrella del presidente gallego ya refulgía en Madrid- que le retrata navegando junto al empresario Marcial Dorado, condenado después por narcotráfico. El paseo traslucía una relación amigable, aunque nunca se demostró que Feijóo, entonces alto cargo de la Sanidad autonómica, beneficiara al contrabandista. La mancha de esa foto contrasta con esa otra estampa, privada, que le recuerda arropando a la nutrida colonia de gallegos en Ermua tras el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco, hijo de inmigrantes orensanos.

Arriba, con Ayuso y Casado. Abajo a la izquierda, Rajoy apoyándole en su campaña en Galicia. Y a la derecha, con Marcial Dorado.

De Feijóo se ha contado de todo, desde que duerme con pijamas holgados de algodón hasta que en su día llegó a tener que desmentir que fuera homosexual. Pero ese galleguismo marca de la casa continúa alimentando los interrogantes sobre quién es, en realidad, el aún presidente de la Xunta. Quién es el hombre detrás del político que se encamina al desafío que siempre eludió. Ese hombre tan alérgico al matrimonio como para que se le atribuya la sentencia de que «una boda es un coñazo», dicha por un católico en la Galicia 'fraguista'.

Ese hombre que convivió en la discreción durante una década con la periodista Carmen 'Chinny' Gámir antes de emparejarse con Eva Cárdenas, exdirectora de Zara Home cuya alcurnia y patrimonio se alejan de los sencillos orígenes de Feijóo, padre primerizo a los 55 años, otra heterodoxia. Ese niño con el mismo nombre paterno es el heredero que la abuela Sira añoraba sin esperanza, porque su Alberto solo estaba «casado con Galicia y Galicia no da nietos». En la sesentena, Nuñez Feijóo acaba de deshojar la margarita política de su vida: la que va a llevarle a Génova y, quién sabe, si a la Moncloa.