Helicóptero del ejército francés de patrulla por una zona desértica antes de abandonar Malí. / AFP

Sahel, el Vietnam del desierto

Las claves de la guerra que sacudió el Sudeste Asiático se encuentran en el conflicto que atenaza a países como Burkina Faso y Malí

Gerardo Elorriaga
GERARDO ELORRIAGA

No huele a napalm por la mañana en el Sahel, el olor de la victoria para el teniente coronel Killroy, ni se asaltan poblados mientras resuena 'La cabalgata de las walkirias', aunque, curiosamente, Wagner también está presente en sus sabanas y arenales, especialmente en los de Burkina Faso y Mali. Ahora bien, sí que hay, como en la famosa secuencia de 'Apocalypse Now', asaltos a poblados y muchos, muchos helicópteros. «Es la única manera de viajar entre las ciudades, porque la inseguridad por tierra es total», asegura el misionero vallisoletano Eugenio Jover, residente en Burkina Faso. Una enorme contienda tiene lugar sin fronteras ni frentes definidos. Sin embargo, los gobiernos de la región subsahariana se repliegan ante las milicias de cariz islamista y el avance de los radicales impone un nuevo escenario social y político.

El sacerdote español permanece en el país que sufre la crisis humanitaria más grave del planeta. La ONG Manos Unidas apoya su presencia ante una situación que no deja de deteriorarse. «Yo vivo a 100 kilómetros de la capital, en una zona tranquila, aunque la realidad es que el gobierno no controla más de un tercio del país», explica y, como signo de la desesperación generalizada, asegura que los nativos han perdido la sonrisa. «Hay una sensación de total impotencia», alega. Hasta la fecha, dos millones de personas han sido desplazadas por el conflicto y capean las lluvias de la estación húmeda al escaso abrigo de los árboles.

No resulta fácil explicar lo que está sucediendo. La imagen de una guerrilla salafista que se expande por el continente africano como una mancha de aceite no responde a la realidad. «No se trata de un problema religioso, esto es mucho más complejo», advierte Jover. El conflicto remite a la historia convulsa del Sahel, una franja que limita al norte con el desierto del Sáhara y al sur con la sabana sudanesa, y que se extiende durante más de 5.000 kilómetros en dirección oeste-este hasta el mar Rojo, atravesando todo el continente.

Algunos de los países que tienen parte de su territorio en esta franja –Senegal, Mauritania, Malí, Burkina Faso, Níger, Chad, Nigeria y Etiopía, entre otros– son entidades artificiales dotadas de débiles administraciones y lastradas por un pasado dictatorial, cuando cualquier protesta era ferozmente reprimida por los militares. Los intentos democratizadores en Burkina Faso, siempre malogrados, no han podido limitar la autonomía del Ejército, un Estado dentro del Estado, favorecido por la impunidad. La violencia ha sido una pauta de sus políticas internas. Ahora se ha agravado y generalizado.

Solo en 2022 ha habido ya dos golpes de Estado, uno en enero y otro el pasado 30 de septiembre, que destituyó al presidente interino Paul-Henri Sandaogo Damiba por su incapacidad para hacer frente a una insurgencia islamista. Damiba había llegado al poder con otro 'putsch' apenas ocho meses antes. El capitán Ibrahim Traore asumió como líder interino.

Y Francia sale de Malí

Los paralelismos del Sahel con Vietnam son evidentes. Los franceses se han ido de Malí, tal y como hicieron en Indochina tras su derrota por los comunistas. Hace diez años, el Elíseo logró detener la ofensiva islamista en el norte, pero es consciente de que la ayuda al gobierno no redunda en victorias contra los yihadistas porque la corrupción arruina sus esfuerzos. La Operación Barkhane se ha liquidado en una atmósfera de pesimismo.

Vietnam del Sur era un queso gruyère que se desmoronaba por la acción de zapa de las omnipresentes guerrillas del Vietcong. El Sahel sigue un rumbo similar. La expansión yihadista ha ido de norte a sur y el pasado julio se produjo un ataque con coche bomba contra el principal cuartel en la periferia de Bamako, la capital maliense.

La guerra contra los radicales afecta desde hace una década a Malí y estalló en 2015 en Burkina Faso. La progresión bélica en este segundo ha sido fulgurante y sus efectos exacerban los generados por el cambio climático. Los números abruman. Dos millones de residentes, una décima parte de la población, han abandonado su hogar, tres millones y medio padecen inseguridad alimentaria y 630.000 se hallan al borde la hambruna. «Y no va a venir nadie a salvarlos», lamenta el religioso.

La tierra donde mataron a los españoles Beriain y Fraile continúa inmersa en una espiral de violencia

Los golpes militares sufridos en ambos países demuestran la impotencia de sus débiles democracias para detener la guerra, otra circunstancia que también tuvo lugar en Vietnam del Sur y Camboya. La desesperación ante la incapacidad gubernamental explica el respaldo popular a los alzamientos. Los golpistas prometieron mano dura. Pero no es factible. Meses después, se abren al diálogo con el enemigo.

El miedo impera en el campo. Hay hambre, odio y ánimo de revancha sedimentado durante décadas. La cúpula militar de Malí azuzó el terror con sus políticas de represión contra los árabes y los tuaregs, los hombres del desierto que habitan el área septentrional y que reclaman independencia o autonomía de Bamako. El levantamiento de 1963 fue aplastado por las tropas, que se valieron de ejecuciones sumarias, el sacrificio de ganado y el envenenamiento de pozos para doblegar a los rebeldes. Diby Silas Diarra, el carnicero de Kidal, fue uno de los artífices de esa operación. Seis años después fue detenido por conspirar para dar un golpe y encarcelado en una mina de sal donde le asesinó a golpes el hermano de un tuareg abatido en aquella rebelión.

La venganza quedó incrustada en el espíritu de los denominados hombres azules. Los militares, sabedores de sus limitaciones logísticas, promovieron la creación de milicias de otros grupos tribales enfrentados a los tuareg, caso de los Ganda Iso de la comunidad shongay. La posterior irrupción de los islamistas ha multiplicado la aparición de autodefensas populares con un sentido tribal, como por ejemplo los Dan Na Amba Sagou, los Cazadores que confían en Dios, del pueblo dogón o la Alianza de Salvación del Sahel, surgida en el seno de los fulani. Lejos de propiciar la paz, la proliferación de milicias ha servido para avivar viejas rencillas y provocar un reguero de masacres.

Ataques indiscriminados

El terror también era un instrumento muy efectivo para el Vietcong. Los ataques indiscriminados, la siembra de minas en las carreteras y la tortura y asesinato de funcionarios, generaban inseguridad en las áreas rurales, desprovistas de la protección estatal. Los lugareños se doblegaban a los comunistas y, posteriormente, eran víctimas del ejército survietnamita. Los nativos de Mali también han claudicado y buscado componendas con los radicales del Grupo de Apoyo al Islam y los Musulmanes (JNIM), la Katiba Macina o el Estado Islámico del Gran Sahara. «No son buenos acuerdos», lamenta la religiosa manchega Ángela García, desde Segou, en el centro del país, también apoyada por Manos Unidas. «Se rompen por cualquier motivo y los guerrilleros responden con matanzas».

Pactar con el diablo nunca ha resultado gratuito. Los indígenas son de mayoría musulmana y rito malikí, flexible a la tradición local de raigambre animista, y deben adoptar la interpretación rigurosa de la Sharia. Según revela la agencia independiente The New Humanitarian, las radios se apagan y las mujeres adoptan el riguroso velo cuando llegan los guerrilleros, que imparten justicia y cobran impuestos a cambio de protección. Pero no hay estabilidad, las filiaciones varían y se producen altercados constantemente. Además, los poblados bajo control islamista son objeto de ataques gubernamentales y suelen quedar privados de la ayuda humanitaria.

El escenario burkinabés es similar. Hay más de 2.000 escuelas y cientos de dispensarios clausurados. «El ejército está a la defensiva. Hay reclutamientos masivos, pero falta entrenamiento y motivación», explica Jover y señala que la miseria azuza el conflicto. «La inseguridad ha impulsado el bandidaje, el saqueo y el robo de ganado». Además, los milicianos han encontrado acólitos entre los jóvenes sin trabajo, a menudo de origen peul o fulani, hijos de pastores muy afectados por la desaparición de los pastos y el conflicto con los agricultores. «Son nómadas y están muy discriminados, como los gitanos en la España del pasado siglo».

En Burkina Faso también se crearon grupos de autodefensa, como los Voluntarios de Defensa de la Patria, pero, hoy, quienes aún resisten en sus poblados pretenden la concordia con los líderes de Ansarul Islam o el Estado Islámico. La Junta Militar gobernante hasta el pasado 30 de septiembre había cambiado su discurso en la tierra donde, el año pasado, fueron asesinados los periodistas españoles David Beriain y Roberto Fraile. El régimen de Ouagadougou propiciaba el diálogo, pero ha durado poco al mando.

Cambiar la manera de hacer política puede ser otra forma de abordar el problema. El expresidente Mahamadou Issoufou de Níger, otro país afectado por el fenómeno yihadista, fue galardonado el pasado año con el Premio Mo Ibrahim, que reconoce la buena gobernanza. En los últimos tiempos, la clase dirigente de este país ha impulsado medidas inclusivas para las diversas etnias nacionales e impedido la creación de bandas armadas de carácter tribal. La violencia es menor, pero tampoco cesa. El Sahel se halla en una encrucijada. «Todos los días se producen ataques y víctimas», lamenta Jover. «Aunque haya negociaciones, no cabe pensar en soluciones inmediatas».

Mercenarios rusos en áreas ricas en recursos naturales

Un millar de presuntos instructores rusos llegó a Bamako el pasado mes de diciembre para formar a las tropas y proporcionar seguridad privada a la élite política. Muchos contaban con la experiencia acumulada en Ucrania, Siria, Libia o la República Centroafricana, y pronto entraron en combate contra los radicales. El empleo de soldados de fortuna está prohibido en el continente desde 1985, año en el que se firmó la Convención para la Eliminación del Mercenarismo, pero el botín es demasiado goloso como para impedir su constante intromisión en los escenarios más variados, desde Guinea Ecuatorial a las islas Comoras.

Los profesionales rusos constituyen un instrumento de expansionismo del Kremlin en la región, según el Africa Center for Estrategic Estudies. La reciente gira africana de Sergei Lavrov, su ministro de Asuntos Exteriores, demuestra ese interés primordial por áreas ricas en recursos naturales y tan faltas de tutela. No se trata de un recién llegado al escenario político. La misma entidad mostraba imágenes de campañas previas al golpe de Estado de un grupo denominado Grupo de Patriotas de Malí, que protestaba contra el gobierno democrático y reclamaban la cooperación con el régimen de Vladimir Putin.

La intrusión de Wagner ha complicado aún más el panorama bélico y generado acusaciones de violaciones masivas de derechos humanos. Rusia ya cuenta con su propio My Lai, la matanza de civiles provocada por tropas norteamericanas en una aldea vietnamita. Entre el 27 y 31 del pasado mes de marzo, sus tropas ocuparon la población de Moura, en el centro de Malí, y ejecutaron presuntamente a unos 300 civiles. No hay testigos ni informes al respecto. El ejército impidió la entrada de la Minusma, la misión de la ONU para el país africano, y Rusia vetó una propuesta de investigación independiente del Consejo de Seguridad.