Kamala Harris interpela a su audiencia en un acto de apoyo al colectivo LGTBI. / AFP

Kamala Harris, una vicepresidenta fuera de juego

Un año después de la toma de posesión, surgen dudas sobre si su elección tenía por objeto dar juego a las minorías o fue más un ardid de cara a la galería. Su limitada presencia sofoca el entusiasmo inicial y rebela a su entorno

CAROLINE CONEJERO

Casi un año después de asumir el cargo, el debate sobre su idoneidad como sucesora del presidente se ha convertido en una de las grandes preocupaciones del partido demócrata en un país al que todavía le cuesta situar a las mujeres y las minorías raciales en una situación de poder. A pesar de que Biden, que en 2024 tendrá 82 años, ha mostrado su intención de presentarse a un segundo mandato si la salud se lo permite, la incertidumbre sobre el futuro electoral ha alcanzado ribetes de pánico entre sus filas, incluidos algunos altos funcionarios de la administración actual, ante la posibilidad de que Harris no estuviera preparada para imponerse a un candidato republicano, quién sabe si incluso Donald Trump.

En los últimos meses las élites del partido han tenido al menos dos 'cenas de crisis', donde entre los temas a tratar estaba el llamado 'problema con Harris'. El gran temor es que la historia se repita y la vicepresidenta se convierta en otra Hillary Clinton, a pesar del hecho que se suele olvidar de que esta última recabó más apoyos en las elecciones de 2016 (el voto popular), aunque acabara perdiendo ante Trump.

Con las nuevas leyes de restricción de voto aprobadas recientemente en muchos estados del sur, el miedo ahora es a quedarse «estancados» con una nominación de Harris, cuyo índice de aprobación apenas es del 40%, inferior incluso que el del presidente. La falta de apoyo del partido a Harris sería tachada de racismo, lo que alienaría el voto de las minorías y crearía múltiples problemas a los demócratas.

Por si fuera poco, la vicepresidenta es víctima de un obsesivo escrutinio en los medios y de continuas campañas de demonización dirigidas a socavar el futuro político de quien está llamada a tomar el testigo en caso de que Joe Biden decidiera no presentarse a las elecciones dada su avanzada edad. Desde los rumores sobre un distanciamiento con el presidente -basados en que no aparecen juntos en público lo suficiente- hasta una avalancha de filtraciones sobre las crecientes tensiones entre los funcionarios del ala oeste y el equipo de Harris, incluida su jefa de staff Tina Flournoy, los intentos de erosionar el tándem han sido constantes y desatado el nerviosismo en la Casa Blanca.

En círculos republicanos, propensos a dar rienda suelta a la misoginia y el racismo, se han redoblado los ataques contra Harris con el objetivo de desgastar a la potencial nominada demócrata. Que si el cargo le viene grande, que si no visita la frontera con México, que si va muy sobrada, que si pretendió un acento francés en su encuentro con el presidente Macrón... Todo es objeto de polémica y en los foros políticos menudean los comentarios degradantes cargados de referencias raciales para sembrar dudas sobre su autenticidad o su pertenencia a la cultura nacional. Los medios, por su parte, acusan a la vicepresidenta de ser el único motivo de fricción en el seno de una disciplinada administración, por lo demás sin ánimo para bromas, concentrada en lidiar con los serios problemas que atraviesa el país.

Tirantez entre demócratas

Un informe reciente de CNN basado en entrevistas extraoficiales con personal del gobierno exponía detalles que ilustran la tirantez entre el equipo Biden y el de Harris, algo que la oficina de la vicepresidenta ha calificado de «chismes». El canal de noticias llegó incluso a dedicar un programa entero a especular sobre el 'tema Harris', obligando al jefe de gabinete de la Casa Blanca Ron Klain a salir en defensa de la vicepresidenta.

Los Ángeles Times tiene un blog en el que se analiza al detalle el calendario de trabajo diario de Harris, y al otro lado del Atlántico, el británico The Times dedica una columna en línea a cubrir los 'nefastos' errores de la vicepresidenta. Las columnas de opinión de los diarios importantes no se quedan atrás. En el Washington Post se la descarta como presidenta al llevar sólo una legislatura en el Senado, lo que nunca ha sido un impedimento para los candidatos masculinos, incluido el anterior presidente. El hecho de que se asigne a mujeres periodistas el trabajo de desacreditar a Harris con el fin de evitar que les acusen de tener prejuicios parece obviar que la misoginia y el racismo provienen de todas partes. Entre los frecuentes reproches que le lanzan está el de no conformarse con el papel para el que fue escogida entre un montón de candidatos.

Kamala Harris y Joe Biden, en los jardines de la Casa Blanca. / Reuters

Pero la realidad es otra. La elección de Kamala Harris como compañera de viaje de Joe Biden en las difíciles generales de 2020 obedeció a su alto perfil para asegurar el voto clave de los afroamericanos, especialmente el de las mujeres, y consolidar la gran coalición nacional que arrebató la presidencia a Trump. Desde que asumiera el cargo, Harris se ha desvanecido a los ojos del público. Las tareas que le ha encomendado el presidente, como enviada de inmigración a Centroamérica, a cargo de la protección del derecho de voto, o de los programas de la NASA, son proyectos de bajo lustre y sin solución a corto plazo.

Gran parte del trabajo de la vicepresidenta transcurre por debajo del radar público en temas como canalizar el apoyo a los pequeños negocios de las comunidades de color y de mujeres, o el proyecto para aprobar legislación nacional que proteja los derechos del voto a escala federal y ponga freno a los esfuerzos republicanos por restringirlo a nivel estatal.

Ninguneada

Como presidenta del Senado, Harris está en posesión del crucial voto de desempate que ha permitido sostener la famélica mayoría demócrata en la Cámara y aprobar la agenda legislativa del presidente Biden en lo que va de año, incluidos el paquete de rescate económico de la pandemia. También la ley de infraestructura, el histórico proyecto de un billón de dólares que el presidente sacó adelante en noviembre y que debería haber significado una victoria para Harris por el papel jugado entre bastidores, pero por el que no ha obtenido apenas réditos. Tras más de 30 actos públicos y docenas de reuniones con miembros del Congreso, al final fue el secretario de Transporte Pete Buttigieg, ausente durante las duras negociaciones -de baja parental por el nacimiento de su bebé- quien arrebató a Harris el reconocimiento público como portavoz del plan.

Con todo, la otrora poderosa senadora de California que, con disciplina fiscal, interpelaba a fondo a los miembros de la Administración Trump en sus comparecencias ante el Senado, parece haber perdido un poco el paso en sus últimas apariciones públicas.

La candidata que durante el pasado debate vicepresidencial no se dejó ningunear por las incesantes interrupciones de Mike Pence con un «permítame, estoy hablando yo», parece atrapada en el fuego cruzado entre sus partidarios y sus críticos. Un escenario inédito para Harris, a quien los límites de su cargo le impiden tomar medidas para enfrontar el momento político que atraviesa.

Aunque en todas las administraciones, con independencia del partido en el gobierno, existe siempre cierta tensión entre el presidente y el vicepresidente, el sucesor natural al poder al poder suele sustraerse hasta bien avanzada la legislatura de insinuar ambiciones políticas. En este sentido, el equipo de Biden, muy sensible a señales de deslealtad, parece empeñado en que las opciones de Harris sean reducidas.

La amistad y la conexión que se dio entre Joe Biden y el presidente Barak Obama, que vio en su vicepresidente una figura paternal en quien confiarse y buscar consejo, no ha tenido continuidad con Kamala Harris. Su puesto lo han ocupado antiguos colaboradores de Biden, con quienes éste ya trabajó y en cuya lealtad confía. El momento, además, es particularmente complicado. Con una inflación creciente y una caída de su propio índice de aprobación al 38 por ciento, Harris es probablemente una de sus menores preocupaciones.

Kamala Harris, on el presidente francés, Emmanuel Macron. / AFP

Kamala Harris, con muchas millas, cargos públicos y elecciones a sus espaldas, parece estar tomando nota y puede estar pergeñando una nueva estrategia. «Las encuestas cambian», recordaba en una reciente entrevista en televisión. De hecho, un nuevo a nueva encuesta, la primera desde que se comenzó a especular con las elecciones de 2024, sitúa a Harris al frente de los potenciales candidatos demócratas en unas primarias hipotéticas con un apoyo del 13%, seguida de la ex primera dama Michelle Obama, que repetidamente ha dicho que no la incluyan en las encuestas.

En un adelanto de lo que pudiera estar por venir, Kamala Harris se estrenó como presidenta interina hace poco más de un mes cuando el presidente Joe Biden le transfirió temporalmente sus poderes mientras se sometía a una colonoscopia bajo anestesia. Y aunque 90 minutos no pasan de ser anecdóticos, en el plano simbólico se convirtió en la primera mujer de la historia es esa posición.

Kamala Harris, en un acto de respaldo a las minorías en un colegio de California. / Reuters

Un frente demócrata para atajar la «campaña de susurros»

Muchos en el partido demócrata, incluidos altos funcionarios de la Casa Blanca, han salido en defensa de la vicepresidenta para atajar la avalancha de filtraciones sobre los supuestos problemas internos en su oficina. Además de los desmentidos de Klain, el principal asesor de Biden, Cedric Richmond, ha calificado los rumores de «campaña de susurros diseñada para sabotearla». En el entorno de la vicepresidenta piensan, además, que no está posicionada adecuadamente, incluso que la marginan. La propia Kamala Harris ha admitido en privado sentirse «limitada» políticamente.

Entre los demócratas que apoyan a Harris existe el consenso general de que, como líder, Kamala Harris no recibe mucho apoyo de la Casa Blanca, y que debería ocupar posiciones de liderazgo en lugar de cargarla de peso, de manera que pudiera apuntalar su liderazgo, fortaleciéndola a ella y también al partido a largo plazo. Las enseñanzas de la campaña de Clinton están aún frescas en la memoria de los demócratas, interesados en frenar algunas dinámicas de género en la cobertura de prensa de la vicepresidenta de cara a futuras elecciones.