Jack Price

Las heridas sin cicatrizar de testigos y familiares de la caída de las Torres Gemelas

MERCEDES GALLEGO

Nadie pensó que las Torres Gemelas pudieran derrumbarse. Estaban diseñadas para aguantar la embestida de un Boeing 707, pero los ingenieros que las construyeron en 1972 no contaron con que cada uno de los 767 con destino a California cargarían con más de 30.000 litros de combustible altamente inflamable que fundió las vigas estructurales de los edificios.

El mundo contempló horrorizado el derrumbe preguntándose cuántas vidas habrían quedado sepultadas. «Serán más de las que ninguno de nosotros pueda soportar», respondió el alcalde Rudy Giuliani.

En un día cualquiera, 50.000 personas trabajaban en los 110 pisos de oficinas de cada torre y otras 140.000 pasaban por el complejo. La catástrofe pudo haber sido mayor, pero no por ello resultó menos dramática. De los 658 empleados que ese día fueron a trabajar a la compañía Cantor Fitzgerald solo se salvaron dos que habían bajado en ese momento a recibir a un visitante.

2.983 víctimas mortales hubo en los atentados del 11-S, incluyendo a los pasajeros de los cuatro aviones civiles secuestrados por Al-Qaida, estrellados en Nueva York (WTC), Washington (Pentágono) y Pensilvania.

De los 15 bomberos que despachó la Estación 54 de Times Squares a la que pertenecía Lenny Ragagglia no se salvó ni el conductor del camión. «¿Todos? ¡No puede ser!», recuerda Linda Taccetti que decía su padre mientras caía al suelo de rodillas al recibir la noticia por teléfono. Meses después, cuando veía que la montaña de escombros seguía humeando, se preguntaba si podría aparecer.

Veinte años después algunos se han entregado al culto de los recuerdos y otros no quieren ni hablar de ellos. Los que asistieron impotentes a la dramática búsqueda aún se preguntan cómo su propia tragedia pudo cambiar el mundo para siempre.

Sam Ellis. Viudo de Val Ellis, Broker de 46 años que trabajaba en el WTC

«Me hubiera gustado que nos fuéramos juntos»

Jack Price

Hace veinte años que Sam Ellis intenta vencer la tragedia con la fuerza de una sonrisa, pero a estas alturas el dolor está tan enconado que la risa le rechina. Las mejores historias de Val se repiten. Las ha contado muchas veces. Y si no fuera porque todos los que la conocieron coinciden en señalar el ingenio, el sentido del humor, la calma y la inteligencia de la única mujer de su planta que llegó a ser socia en Cantor Fitzgerald, uno pensaría que su marido ha creado un mito en el duelo.

Solo que Val realmente era excepcional y ambos tenían un matrimonio modélico. A las dos semanas de conocerse se fueron a vivir juntos y jura que no tuvieron una discusión en 18 años. Como en la película de Leonardo Di Caprio, Val era una mujer inteligente en un mundo de hombres acostumbrados a gritar y humillar al 'sexo débil', pero ella sabía poner en su sitio a los lobos de Wall Street.

Ya trabajaba allí cuando en 1993 los terroristas hicieron explotar una bomba en el garaje del World Trade Center que mató a seis personas y dejó a más de 1.000 heridas. Bajar los 104 pisos desde su oficina hasta la calle le llevó dos horas y media, más de la mitad en la oscuridad absoluta, por haberse quedarse sin baterías las luces de emergencia. Cuando llegó a casa le temblaban las piernas y tenía una contractura en el brazo de agarrarse a la barandilla, pese a que era un mujer atlética y caminaba diariamente una hora hasta el trabajo. Aún así, no quiso cancelar la fiesta que tenían esa noche en su casa y derrochó humor negro con el champán.

Poca esperanza

Cuando San vio desmoronarse en el aire la torre de su mujer, miró el reloj. Había trascurrido una hora y 42 minutos desde que el avión de American Airlines se estrelló contra la Torre Norte. Sabía que no podía haber tenido tiempo de llegar hasta abajo. Aún así la buscó durante dos días y dos noches por todos los hospitales. «Se oían historias», recuerda. Hasta que el presidente de Cantor Fitzgerald les citó en un hotel para decirles que ninguno de los 658 empleados había sobrevivido. Ellos ocupaban las últimas cinco plantas y ahora son buena parte de los nombres del monumento donde se evocan las Torres Gemelas. «Para mí dejaron un gran agujero en el cielo», suspira. No lo dice, pero también en su corazón.

Nunca supo qué hizo su mujer en las últimas horas o minutos de vida. Tan solo que cuando el avión impactó cinco plantas más abajo ella estaba al teléfono con alguien de la oficina de Los Ángeles, tramando otra de sus bromas a uno de sus compañeros. Val no hizo llamadas frenéticas, no se despidió de su marido, ni le dejó un mensaje en el contestador. De hecho, al principio no le quedó ni un hueso que enterrar. Se evaporó en el volcán de escombros que engulló las vidas de cuantos no le hicieron caso durante ocho años, cuando era la voz de alerta: «Lo que tenemos que hacer es venderle este espacio a alguien que tenga más dinero que cerebro», le decía al presidente de la empresa cada vez que lo veía, convencida desde aquel ataque de 1993 de que la amenaza de otro atentado pendía sobre sus cabezas. El World Trade Center era el símbolo del capitalismo mundial y su empresa ocupaba la corona. Estaban en el centro de la diana y ella se convirtió «en el canario de la mina», recuerda su marido. «A la primera de cambio estaba en la escalera de emergencia».

Aquel día no tuvo escapatoria. El tejado estaba cerrado. Ninguno de los que quedaron por encima del avión sobrevivió. En su vientre ardían casi 40.000 litros de combustible. Las llamas descendían como cócteles molotov por los huecos de los ascensores y las escaleras estaban bloqueadas por escombros incandescentes. «Si intentó bajar, no pasó de unos pisos».

Final incierto

Por su personalidad audaz y juguetona, algunos piensan que se agarró de la mano de su amigo Viny y se lanzaron juntos al vacío. Sam más bien cree que murió asfixiada por el humo negro que invadió rápidamente las oficinas. Los que se tiraron en plancha probablemente estaban encima de ellos en el restaurante Windows of the World, donde murieron las 164 personas que se encontraban en un desayuno de ejecutivos del grupo Incisive Media Risk Water.

A esas horas, Sam todavía bajaba por Broadway cuando vio la torre de su mujer desplomarse y sepultarla para siempre. «Entonces creí que había más aviones a punto de estrellarse. Me puse a pensar qué objetivos atacarían y me encaminé hacia Madison Avenue, por si lo elegían. No quería vivir sin ella, me hubiera gustado que nos fuéramos juntos».

Pero no se fue. Tampoco ella. Se ha quedado en su vida para siempre, porque Sam mima su recuerdo como quien acurruca a una niña en la cama. Aún guarda su ropa en los armarios, ha ampliado sus mejores fotos para colgarlas en la pared y tiene sus cenizas encima de la chimenea. Al menos, las de un hueso del brazo y otro de la pierna, que le llegaron la noche del primer aniversario. Con el segundo hallazgo, a los dos años, no supo qué hacer. Le pareció bien la propuesta de dejarlo en la sala del Museo del 11S, que planeaban convertir en columbario. Él no va allí, le parece demasiado real, prefiere recordar los buenos tiempos.

Pero Val ya solo gasta bromas en su cabeza. Como una actriz de las producciones de Broadway en las que Sam trabaja como supervisor técnico, su mujer repite las mismas respuestas ingeniosas y se vuelven a ir de vacaciones a España y Marruecos, su último viaje juntos. Irónicamente, querían conocer mejor la cultura musulmana, pero no por eso le guarda rencor. El que se sentaba a los mandos del avión era Mohamed Atta con sus secuestradores, que ardieron en la pira del capitalismo esa brillante mañana de septiembre.

Desde entonces solo ha salido brevemente una vez con otra mujer, que ya conocía de antes. «No podía quitarme a Val de la cabeza», confiesa. «Me llenó para siempre. Sigo terriblemente lleno de ella».

Linda Tacetta, hermana del bombero Lenny Ragagglia, fallecido en servicio

«Estoy aterrada pensando que esto va a volver a pasar»

Jack Price

Durante años los padres de Lenny Ragagglia se resistieron a vender la casa de Staten Island en la que criaron a sus once hijos, porque uno todavía vaga entre sus muros. Su nombre está escrito en la calle que le dedicaron cuando del país todavía rendía culto a los héroes del 11-S. Tenía 36 años, hoy estaría a un año de la jubilación.

Sus dos hijos 7 y 10 cuando la abuela los recogió del colegio y les dijo que su padre «estaba desaparecido». Es una de las 1.500 personas que ese día se volatilizaron sin dejar rastro, el 40% de todos los fallecidos en el World Trace Center. Hoy sus hijos son bomberos, como su padre y su abuelo, y su hermana Linda Tacetta por fin ha dejado de buscarlo. Se pasó 18 años rezando para encontrar «aunque fuera un hueso del tamaño de la punta de un dedo», hasta que un día se dio cuenta de que «a estas alturas, qué más da. Al contrario, sería otro duelo».

Una década más tarde enterraron un ataúd lleno de objetos personales en el cementerio de Staten Island, donde vivían 78 de los 343 bomberos fallecidos. De la unidad de Ragagglia no salió ninguno con vida. Cuando estaban en el piso 18 de la Torre Norte les encargaron encontrar los 56 ascensores para rescatar a quienes se habían quedado atrapados.

«Estoy aterrada pensando que esto volverá a pasar. Cuando oigo hablar de 50.000 refugiados afganos me pregunto cuántos terroristas se habrán colado entre ellos. ¿Será seguro ir a Manhattan para celebrar el aniversario? Probablemente este sí; el siguiente, veremos».

Pat Oleszko. Vecina de la zona cero

«¿Alguien se acuerda de lo que sentimos?»

Jack Price

La belleza y el horror no casan, pero cuando Pat Oleszko piensa en esa mañana de septiembre lo primero que se le viene a la memoria son los cuerpos que saltaban al vacío agarrados de las manos o a los abrigos cual «ridículos paracaídas». De fondo, un cielo azul radiante y cristalino, ofensivamente hermoso para esa dantesca imagen que una amiga trataba de ahorrarle a su hija tapándole los ojos al cruzar la calle.

Después, la nube de plástico y cascotes se tragó con un bramido ese cielo de Michelangelo y lo cubrió todo de polvo y basura. Papeles, muchos papeles. Un mar de documentos flotando en el aire. La explosión había abierto las tripas de las oficinas y escupido sus secretos al mundo. Olía mal, muy mal. Se fue inmediatamente a donar sangre pero no hacía falta. Los hospitales estaban vacíos. Casi no había heridos. O lo contabas o no lo contabas.

A su ojo de artista los amasijos de hierro retorcidos entre llamas humeantes se le antojaron insoportablemente bellos, «como si estuviera mirando a las puertas del infierno». La vida es para Pat una divina comedia para sus 'performances', pero esa mañana del 11S el propio Dante la guiaba por los nueve círculos sin alegoría alguna. Los siguientes dos meses los pasaría de voluntaria dando bandazos con su bicicleta entre el gigantesco cementerio de la Zona Cero y el centro de distribución de la calle West. El tiempo se paró en medio de la calle por la que hoy vuelven a zumbar ajenos los coches a velocidad de autopista. Su amigos tuvieron que sacaron de allí antes de que se consumiese en la labor. Cuando una tragedia mundial ocurre en la esquina de casa no hay escapatoria.

En otras partes de la ciudad la gente volvió a los cafés y restaurantes pero en la suya el mundo se paró. Ni electricidad, ni tiendas, ni escaparates ni cita para el dentista. Su shock fue ver en televisión, repetidas hasta la saciedad, las imágenes que le hirieron la retina, como quien se atreve a mirar directamente al sol durante un eclipse. Tres de sus amigos murieron en las Torres Gemelas, hasta cuyo restaurante de cristales una vez se llevó a un amante para hacer el amor «on top of the world».

Piscinas horrorosas

Eso fue antes de que Nueva York perdiera la inocencia. El 11S le parecía un problema local, pero no lo fue. «¿Cómo nos atrevimos a cambiar al mundo? Hace dos semanas murieron 3.000 personas en Haití y nadie se ha enterado, ¿quién nos hemos creído que somos?», protesta indignada.

Su barrio de Tribeca se recuperó. Robert De Niro lo puso de moda y los 'loft' de artistas como el suyo se transformaron en restaurantes. El 'stock market' volvió a vibrar con cada campanadas y el arte espontáneo de los amasijos de hierro fue sustituido por dos «piscinas» de mármol negro que considera «horrorosas», como todo lo que siguió a ese día. «Combatimos la desesperación con desesperación. ¿Y si no hubiéramos ido a Afganistán ni a Irak? Lo podían haber pensado un poco más, ¿no? Les ganó la testosterona: tú me pegas y yo te lo devuelvo». Veinte años después, «¿alguien se acuerda de lo que sentimos?».

El dato

  • 2.983 víctimas mortales hubo en los atentados del 11S, incluyendo a los pasajeros de los cuatro aviones civiles secuestrados por Al Qaeda, estrellados en Nueva York (WTC), Washington (Pentágono) y Pensilvania.