IVÁN MATA

Ramaphosa, un político íntegro en entredicho

Su supuesta implicación en el robo de cuatro millones en una finca de su propiedad cuestiona al presidente de Sudáfrica, un político con buena reputación al que ahora acusan de intentar lavar dinero

Gerardo Elorriaga
GERARDO ELORRIAGA

Cyril Ramaphosa se la juega. El extraño robo de 4 millones de dólares en una granja de su propiedad ha quebrado la confianza depositada en el presidente sudafricano y cuestionado su reelección cuando toque, allá por 2024. El caso inspira un 'thriller' político habitual, uno esos de argumento complejo y culpables difíciles de identificar que parecen remitir a la turbia teoría de la conspiración. El exjefe de la seguridad nacional ha denunciado el delito y ha asegurado que los ladrones fueron secuestrados y sobornados por los empleados de la hacienda para que no confesaran su acción, mientras que la oposición política sugiere un lavado de dinero. El último político íntegro de la escena pública local se halla bajo sospecha.

El caso, ya conocido como el 'farmgate', puede hundir la ya muy deteriorada imagen del Congreso Nacional Africano (ANC), el partido gobernante desde que el país inició su etapa democrática. Desde entonces, Nelson Mandela, el padre de la patria, ha sido el único dirigente que ha conservado intachable su talla ética. Tras él, durante la lucha contra el sistema del 'apartheid', se encontraba Ramaphosa. Era el cerebro gris, un hombre que siempre ha detentado cargos importantes hasta que, hace cuatro años, llegó a la presidencia como sustituto de Jacob Zuma, el dirigente envuelto en todo tipo de malas prácticas.

El presidente actual (Soweto, 1952) resulta clave en la construcción de la nueva república. Su trascendencia política comenzó en las organizaciones estudiantiles, militancia que le condujo a una celda de aislamiento durante once meses y a otra estancia en prisión alrededor de otro medio año. Su liberación le permitió finalizar sus estudios de Derecho e iniciar una carrera fulgurante apoyada en su condición de asesor legal de organizaciones laborales. Participó en la formación del influyente Congreso del Sindicato Sudafricano (COSATU), toda una palanca para su proyección, y fue secretario del Sindicato Nacional de Mineros.

Jefe de equipo

La resistencia se llamaba Madiba en el interior del país y Mandela más allá de sus fronteras, pero, en realidad, el rol de Ramaphosa era crucial para pergeñar el cambio. Mientras el primero estaba en la cárcel de Robben Island, el segundo ejercía como jefe del equipo que negociaba el fin del régimen segregacionista y las condiciones de la transición. Tras la liberación del héroe, no perdió protagonismo ya que fue elegido presidente de la Asamblea Constituyente.

La irresistible ascensión del gestor intachable se detuvo en 1997, cuando Thabo Mbeki le venció en su carrera hacia la jefatura del Ejecutivo. Entonces, dio un paso atrás y centró sus esfuerzos en hacerse millonario, propósito en el que tuvo tanto éxito como en su anterior carrera política. La sombra de la corrupción y la ambición desmedida han planeado sobre la élite negra que asumió el poder en Sudáfrica. La súbita aparición de los 'black diamonds', una nueva oligarquía formada por políticos y empresarios enriquecidos de la noche a la mañana, ha suscitado la desafección de la opinión ciudadana y erosionado gravemente al ANC.

Cyril Ramaphosa no podía hacerse simplemente con un capital respetable. No, él nunca ha sido hombre de medianías. Creó el Shanduka Group, un trust con inversiones en energía, telecomunicaciones, banca, bienes raíces o seguros. Fue presidente de la empresa MTN, una de las más grandes del continente en el ámbito de la telefonía móvil, y en 2014 se le atribuían 30 propiedades tan sólo en Johannesburgo y una fortuna de 450 millones de dólares que lo situaban entre los más ricos de todo el continente.

En 2014 se le atribuían treinta propiedades tan sólo en Johannesburgo y una fortuna de 450 millones de dólares

Los negocios no resultaban incompatibles con la lucha política. Ramaphosa permanecía en la cúpula del partido y en 2012 fue elegido candidato a la vicepresidencia, cargo que comenzó a ostentar dos años después, tras la victoria electoral de Zuma. Su crédito no dejaba de aumentar. Él era la voz de la experiencia combativa y el espíritu de la reconciliación, el mejor heredero del legado de Mandela. En 2018 sustituyó al presidente, empujado a dimitir por el repudio generalizado.

La voz de la razón

Su llegada al poder fue interpretada como un gesto de redención del ANC. Ramaphosa suponía el rearme moral y la voz de la razón y fue bien acogida por todo el espectro político. Se había labrado una reputación de político eficaz, dialogante e integro, que se manifestaba comprometido en la lucha contra la corrupción a nivel internacional. En 2000 participó en la misión que supervisó el desarme del IRA Provisional. Curiosamente, al antiguo sindicalista no le había afectado demasiado que la masacre de la mina de Marikana, en la que decenas de trabajadores fueron abatidos por la espalda, perteneciera a la empresa Lonmin, de la que fue director y accionista.

El respaldo comenzó a agrietarse cuando comenzaron a aflorar controversias derivadas de su capacidad para alternar poltronas empresariales e institucionales. El riesgo de caer en el tráfico de influencias parecía evidente. El escándalo Glencore le afectó de lleno. Esta empresa, de la que fue director, fue acusada de obtener mediante medios ilegales un contrato para proveer carbón a Eskom, el gigante energético local.

La acción política de Ramaphosa también ha originado críticas. Su programa de reforma agraria, basado en la expropiación sin compensación, ha alterado la convivencia entre las diferentes comunidades. Los planes de reactivación económica han chocado, asimismo, con la realidad del abismo social. Los violentos disturbios del pasado año evidencian la insatisfacción de la mayoría negra. Ahora, su futuro depende de 4 millones de dólares que no debían estar allí, en una de las numerosas posesiones de un presidente aparentemente honesto y extraordinariamente acaudalado.