María Picassó I Piquer

Adib, el desconocido que debe salvar Líbano

El exembajador en Alemania, asesor durante una década del hombre más rico del país, es la persona designada para una tarea imposible. Debe formar gobierno ya,y amenaza con renunciar si no se le permite hacer un equipo de especialistas

MIKEL AYESTARAN

Mustafa Adib tiene un trabajo imposible: gobernar Líbano. Una semana después de la brutal explosión en el puerto de Beirut, que mató a 192 personas, destrozó media ciudad y obligó a dimitir al gobierno en bloque, Adib abandonó a toda prisa el puesto de Embajador en Berlín que desempeñaba desde 2013 para tomar un vuelo a Beirut. Hasta ese momento era un perfecto desconocido para la inmensa mayoría de los libaneses, pero no para las élites del sistema político del país ya que durante más de una década fue asesor del magnate y ex primer ministro, Najib Mikati, a quien la revista Forbes eligió como el hombre más rico del Líbano en 2015.

Nacido en Trípoli hace 48 años, doctor en Derecho y Ciencias Políticas, Mustafa Adib aterrizó en un país en estado de shock donde las calles exigían a gritos cambios radicales y donde se tomaron a broma su designación. ¿El motivo? Su nombre es un anagrama de su antecesor, Hasan Diab, quien permaneció apenas ocho meses en el cargo tras llegar con la promesa de realizar unas reformas que nunca llegaron y calmar las protestas sociales que habían estallado el octubre anterior.

Líbano cambiaba a Diab por Adib, «una maniobra más del fallido régimen para intentar mantenerse a flote. El mecanismo es claro, uno decide, otro ejecuta y un tercero lo cubre todo. Esto es tomar el pelo para, en el fondo, no cambiar nada», escribió en su cuenta de Twitter el parlamentario Sami Gemayel, uno de los pocos miembros de la cámara que presentó su dimisión tras la catástrofe en el puerto.

En el sistema sectario, por confesiones, que rige en Líbano desde el final de la guerra civil en 1990, el presidente del país es un cristiano maronita, el jefe del parlamento un musulmán chií y el primer ministro debe ser musulmán suní. El ex jefe de gobierno Saad Hariri fue quien propuso al parlamento el nombre de Mustafa Adib y obtuvo noventa de los 120 votos de la cámara.

El otro candidato al puesto era Nawaf Salam, juez de la Corte Penal Internacional (CPI), a quien apoyaron únicamente quince diputados. Esta holgada victoria de Adib solo fue posible gracias al apoyo de los grandes partidos como Hizbolá (la organización chiíta, con su propia rama armada), que esta misma semana ha visto como dos de sus ex ministros han sido sancionados por Estados Unidos.

«El problema es que Líbano necesita un programa real para salvar el país, lo que implica enfrentarse a la clase política y hasta ahora no hay nada en la carrera de este diplomático que ahora han nombrado primer ministro que indique que sea una persona dispuesta a enfrentarse a nuestra clase política», apuntó en tono crítico Nadim Khoury, director del centro de estudios estratégicos Arab Reform Initiative, en el canal Al Arabiya.

Para Khoury, esta designación «es puro humo, solo tratan de ganar tiempo». Líbano se enfrenta al ultimátum de la comunidad internacional, que le exige profundas reformas políticas y económicas para poder acceder a la ayuda que tanto necesita un país hundido por la hiperinflación y traumatizado por la magnitud de la explosión en el puerto.

«Hora de trabajar»

«No hay tiempo para palabras, promesas o deseos. Es hora de trabajar con toda la fuerza posible y la cooperación de todos para recuperar la esperanza de nuestro pueblo en un futuro mejor», fueron sus primeras palabras tras recibir el mandato de formar gobierno. Como su antecesor, adelantó que le gustaría diseñar un equipo de ministros especialistas de marcado carácter técnico, pero han pasado dos semanas y Líbano sigue sin gobierno.

Se ha cumplido el plazo que le dio Francia para poner en marcha el equipo capaz de ejecutar cambios y la lucha interna entre los partidos, agravada por el malestar de Hizbolá tras ver a sus ex ministros sancionados, mantiene al país sin gobierno. Esta situación ha llevado al nuevo primer ministro a amenazar con su renuncia.

Nada más ser designado y emulando al presidente francés, Emmanuel Macron, Mustafa Adib s e armó de valor e hizo algo que no se habían atrevido a hacer el resto de dirigentes libaneses, visitar a pie los barrios más afectados por la explosión. Los vecinos de zonas como Gemayzeh, a las puertas de la zona cero, le recibieron al grito de «¡traidor!» y le recordaron que «¡no te queremos, eres uno más de ellos!», en referencia a su vinculación con la élite política del sistema.

En lugar de salir corriendo o de encogerse como una tortuga entre sus agentes de seguridad, Adib plantó cara a quienes le increpaban y les dijo que «soy uno de vosotros y esperamos formar un nuevo gobierno lo antes posible. Esperamos juntar nuestras manos para reconstruir la ciudad».

Del anonimato de Berlín, el ex diplomático ha pasado a estar en el centro de todas las miradas en una Beirut herida por una explosión que sus políticos podían haber evitado. Tanto el ex primer ministro, como el presidente, sabían que el almacén 12 del puerto contenían 2.700 toneladas de nitrato de amonio, pero no hicieron nada por llevarlas lejos de la ciudad, a un lugar seguro.

Adib tiene la imposible tarea de recuperar la confianza de una población asfixiada por la crisis económica y hastiada de la corrupción y dejadez endémicas del sistema.