Pedro Arico Suárez nació en Santa Brígida y se consagró como futbolista en Argentina. / C7

Un uruguayo, un argentino y un canario

JOSÉ ESTALELLA. Autor de 'Detrás del balón' y 'Además del balón, obras de las que se extraen estos relatos

Jose Estalella Limiñana
JOSE ESTALELLA LIMIÑANA

Parece el inicio de un chiste de esos que describe los estereotipos de cada país y termina con la aplastante sencillez del tópico del último de los protagonistas, nada de eso. El título solamente pretende avisar del lugar del lugar de nacimiento de unos futbolistas que se cruzaron en un campo de fútbol, cada uno con su peculiar historia en la mochila.

Ocurrió esa coincidencia hace muchas décadas, fue en 1930 en la final del Mundial de Uruguay.

Estaban haciendo historia, pero ellos no lo sabían.

Con unas vidas casi de guion de película se enfrentaron en el Estadio Nacional de Montevideo para dirimir qué equipo era el mejor del mundo . En el equipo local formaba Héctor Castro que había nacido en 1904 en Montevideo. Un accidente a los trece años le dejó sin mano, una sierra eléctrica le seccionó la extremidad. En lugar de lamentarse de su infortunio Héctor siguió persiguiendo sus sueños, y continuó superando los obstáculos que la vida le ponía delante.

Su habilidad para jugar al fútbol fue clave para convertirse en un héroe en su país y un ejemplo de superación.

A los 19 años lo fichó Nacional de Montevideo. Se desempeñaba como interior derecho y tenía mucha facilidad para el gol, 145 dianas en 230 partidos.

Se convirtió en una estrella y le apodaron El Divino Manco.

Alcanzó su cénit futbolístico en el primer Mundial que se celebró. De principio ya marcó el primer gol uruguayo en un Mundial, ocurrió el 17 de Julio de 1930. Uruguay 1- Perú 0.

Pero no acabó ahí la cosa, en la final contra sus archirrivales argentinos Héctor Castro tuvo el honor de marcar el definitivo cuarto gol, de cabeza, para terminar de cerrar el partido y ganar con holgura 4-2. Primero y último goleador de su equipo en el campeonato.

El Divino Manco pudo levantar la Copa del Mundo, eso sí con una mano y también una fe inquebrantable en sus posibilidades, como nuestro siguiente protagonista, un tal Luis Monti, con el que El Divino se encontró durante la final en las filas de Argentina.

Luis Felipe Monti, de sobrenombre Doble Ancho, eso ya de una idea del físico que el centrocampista tenía. Era muy temido por los adversarios. Disputaba los balones sin contemplaciones, al choque, al juego del todo o nada sin importar las consecuencias. Sus formas le hacían ganarse la antipatía de todo público rival. Un angelito, vamos. Un tipo desacomplejado.

Pues el tal Monti, jugó en Uruguay 1930 y como Castro para Uruguay también tuvo el honor de ser el primer goleador de su país -Argentina- en un Mundial.

Perdió la final de ese Mundial, y se fue a jugar a Italia, en la Juventus de Turín. Allí llegó pasado de forma, de peso y de vuelta un poco de todo. Monti viendo que aquello no podía ser, le pagaban un buen dinero por jugar, se puso a trabajar y terminó por hacerse imprescindible en la escuadra bianconera. Era una pieza básica. Estando allí la FIFA le concedió la organización la segunda edición del Mundial a Italia. Benito Mussolini puso en marcha un sistema de nacionalizaciones express para poder contar con los mejores futbolistas. Monti entró en ese programa y lo incluyeron en la convocatoria de la Nazionale para Italia1934.

Para Il Duce aquella era una oportunidad histórica de mostrar al mundo que Italia era un país supremacista y no iba a regatear esfuerzos para tener el mejor equipo.

Doble Ancho compartió delantera, en la Azurra, con un mito del fútbol italiano, Giuseppe Meazza. Monti jugó los cinco partidos del campeonato y no marcó ningún gol, pero su equipo se alzó con el trofeo, así se convirtió en el primer jugador en ser subcampeón y campeón del mundo, otros también lo han sido, pero solo él con dos equipos distintos.

Pero volvamos a 1930, al Mundial de Uruguay, para encontramos con nuestro tercer protagonista. Cuando Monti fue subcampeón del mundo con Argentina compartió vestuario con otro futbolista que tiene una historia que nos toca de cerca, de muy cerca, se llamaba Pedro.

En los primeros años del siglo XX el matrimonio formado Sebastián Suárez y Candelaria Pérez se mudó de isla buscando mejor fortuna.

Originarios de Arico, el municipio del sur de Tenerife, se instalaron en el entorno de la Caldera de Bandama para trabajar en el cultivo de la uva.

Viviendo en Santa Brígida vino al mundo su hijo Pedro, corría el año 1908, al que con el pasar del tiempo le caería el mote de Arico en referencia al origen familiar.

La mudanza no llevó a mejor fortuna a los Suárez Pérez así que armaron el petate y se embarcaron en la aventura de moda en aquel momento, se fueron a hacer las Américas.

Dos años tenía Pedro cuando con sus padres viajó a la Argentina en busca de prosperidad.

Se instalaron en el barrio de Caferatta, en Boedo, Buenos Aires.

Allí Pedro Arico Suárez empezó jugando en la calle, como los demás niños, y terminó en las filas por Ferro Carril Oeste en 1926.

En 1930 fichó por Boca Juniors, en donde jugó 13 temporadas y ganó 5 campeonatos de Primera División.

Sus buenas actuaciones en Ferro le llevaron a la selección argentina, tenía doble nacionalidad.

Cuando llegó el Mundial de 1930 era un futbolista hecho y no había dudas sobre su incorporación a la expedición.

Era de esos jugadores que no negocian el esfuerzo, como Monti, un guerrero. Su manera de jugar le valió para que le colocaran un sobrenombre que no deja lugar a la duda, Perro de Presa le pusieron.

Con ese mote preferiría saludarlo en una plaza que intentar disputarle un balón en el centro del campo.

Su participación se ciñó a dos partidos... ¡Pero vaya dos! El primero en el debut de Argentina en el Mundial contra Chile con victoria por 3-1 para la albiceleste, y la segunda titularidad fue en la final contra Uruguay jugada en el estadio Centenario de Montevideo, con victoria charrúa por 4-2.

Pedro Arico Suárez fue el primer español en jugar la final de un Mundial, en la primera edición de la competición.

Un satauteño, un canario, estuvo allí ochenta años antes que los españoles de Sudáfrica 2010.

Podemos fantasear con que porfió algún balón con el Divino Manco y seguro que se pasó el balón con su compañero Monti.

No salió campeón, pero vivió la experiencia, con otros colores en la camiseta y con sangre canaria por las venas.