El Pelé ruso

JOSÉ ESTALELLA. Autor de 'Detrás del balón' y 'Además del balón, obras de las que se extraen estos relatos

Jose Estalella Limiñana
JOSE ESTALELLA LIMIÑANA

Eduard Anatolyevich Streltsov nació en Moscú en 1937, su padre fue destinado al frente de la II Guerra Mundial y, cuando finalizó, se quedó a vivir en Kiev.

Abandonados a su suerte, la madre para salir adelante se empleó en una fábrica y desde muy joven se incorporó él también.

Al chico le gustaba el fútbol y no lo hacía nada mal así que cuando cumplió 14 años entró en el equipo de la fábrica.

Stretlsov era un jugador habilidoso y marcaba diferencias pero no era más que un niño. No jugaba siempre, el entrenador lo protegía viendo el tipo de adversario al que se enfrentaba. Un día, el equipo de la fábrica jugó un amistoso contra el filial del Torpedo de Moscú, Stretlsov demostró el talento que tenía que no pasó desapercibido para el entrenador contrario, sobre la marcha recomendó su fichaje. El chico era hincha del Spartak pero no podía dejar escapar esa oportunidad, aceptó la oferta y se hizo profesional, veía en ello una salida a las apreturas y las penurias.

Stretlsov debutó con 15 años en la máxima competición de manera discreta, pero en la segunda temporada ya le había cogido la medida, marcó 15 goles.

Lo llamaron a la Selección de la URSS y en los dos primeros partidos dos hat-trick. Mejor inicio imposible.

Con el rendimiento ofrecido no había dudas de que tenía que formar parte de la Selección que participaría en las Olimpiadas de Melbourne 1956.

En aquellos años, las diferencias ideológicas entre el Este y el Oeste estaban en plena efervescencia. El mundo se dividía entre los países del bloque comunista -encabezados por la Unión Soviética- y los de Occidente -con los Estados Unidos al mando-.

Los enfrentamientos deportivos eran tomados por ambos bandos como una comparación de las bondades de opuestos sistemas. Todas las naciones llevaban a los mejores, era una cuestión de honor, una prueba de superioridad.

Durante la competición olímpica el equipo de fútbol soviético fue un rodillo y se plantó en la final. Stretlsov no la jugó porque hacía dupla con su compañero de equipo Ivanov, y éste estaba sancionado. El seleccionador tenía la idea de que los delanteros debían ser del mismo equipo, así que ni Ivanov -sancionado- ni Stretlsov -damnificado por la sanción del compañero- jugaron la final.

De todas formas el título de campeón voló de Australia a Moscú. Stretlsov no recibió la medalla de oro pues en aquella época solo se entregaba a los que jugaban la final.

Su reemplazante, sabiendo que había jugado por la majadería del entrenador, se la ofreció, pero él la rechazó : «Ganaré muchos más títulos», respondió.

A pesar de este contratiempo todo iba medio bien en la vida de Eduard Anatolyevich Stretlsov, jugaba al fútbol, era una estrella, la vida le sonreía. Le llamaban el Pelé Ruso.

Y digo medio bien pues para para las autoridades era un chico 'demasiado moderno', un mal ejemplo para las futuras generaciones. Stretlsov en su tiempo libre se divertía, bebía, fumaba y alternaba con chicas. A los dirigentes políticos ni siquiera les gustaba su peinado. Todo en él les parecía subversivo. Los servicios de inteligencia, KGB, lo tenían por un ciudadano poco ejemplar y capaz de desertar en algún viaje deportivo, lo cual podía dejar en evidencia a todo el sistema.

Continuamente lo invitaban a fiestas y él acudía a pasarlo en grande. No se resentía su rendimiento deportivo seguía marcando goles e incluso llegó a estar en la lista de candidatos a Balón de Oro europeo en dos ocasiones.

En el Kremlin no veían con buenos ojos su modus vivendi y menos aún que no jugara para alguno de los equipos afines al poder, el CSKA -el equipo del Ejército Rojo-, o en el Dynamo -el de la Policía y la KGB-, desde ahí podrían controlarlo mejor. Recibió varias 'ofertas' de los dos pero se mantuvo en sus trece, siguió en el Torpedo.

El mundo seguía girando y él a lo suyo, marcar goles y divertirse.

Hasta que se cruzó en su vida Svletana Furseva, una chica de 16 años con la que mantuvo algunos encuentros.

Nada de particular salvo por dos aspectos: uno que él tenía novia formal y otro que Svletana era la hija de Yekaterina Furseva miembro del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética. Una mujer con un poder tremendo.

Se movía en un terreno peligroso el habilidoso delantero.

Coincidieron política y futbolista en una fiesta en una embajada. Yekaterina, que conocía el flirteo y las andanzas con su hija, le propuso que se casaran. Stretlsov, con algún trago de más, sin medir las consecuencias de sus palabras le respondió negativamente diciendo que ya estaba comprometido a lo que añadió, innecesariamente, algunos comentarios hirientes acerca de la falta de belleza de la muchacha.

Le dolió a Yekaterina el desprecio. Esto no va a caer en saco roto, no va a quedar así, pensó la poderosa madre. Eligió mal la contestación el futbolista.

Stretlsov siguió con su vida, se casó con su prometida y triunfaba goleando para el Torpedo de Moscú.

Faltando pocos meses para la celebración del Mundial de Suecia de 1958, la delección fue invitada a una fiesta en una Dacha tras un partido amistoso, abundaba el alcohol y había muchas chicas.

Al día siguiente Stretlsov fue detenido bajo la acusación de abuso de una joven llamada Marina Lebedeva, junto con dos compañeros sobre los que pesaba haberlo presenciado.

Stretlsov negó los hechos, incluso los compañeros de la fábrica en donde había trabajado se manifestaron para solicitar su libertad. No daban crédito, era imposible. Además, era un ligón, las chicas se lo rifaban. No encajaba la incriminación. Todo dio un giro cuando Stretlsov aceptó ser el autor del delito, había llegado a un acuerdo con la Justicia por el que si se declaraba culpable podría jugar el Mundial de 1958.

Su mujer, embarazada, pidió el divorcio.

Él cumplió el trato, la justicia no. Lo enviaron a un Gulag en Siberia con una pena de 12 años de reclusión y por supuesto el Mundial no lo vio ni por televisión.

Se cobró su venganza Mamá Yekaterina.

A los cinco años le abrieron la puerta de la prisión y le permitieron volver a jugar en el Torpedo, pero ya no era lo mismo. Aún a pesar de su mermada condición física aportó para ganar una Liga y una Copa de la URSS, la técnica la mantenía intacta. En Rusia el pase de tacón se llamaba 'pase Stretlsov'.

En 1990, en su lecho de muerte, Eduard confesó a su esposa que él nunca abusó de ninguna chica y que el Gobierno le había amenazado con matar a toda su familia si iba diciendo por ahí la verdad. El 22 de julio de 1997, siete años después de la muerte de Streltsov, una mujer dejó flores en su tumba. Era Marina Lebedeva, la chica que cuarenta años antes le había acusado, falsamente, de haberla violado. ¿Qué oscuras presiones le harían a esa muchacha para participar en el contubernio?

En 2001 se creó un comité de expertos, liderado por el ajedrecista Anatoli Kárpov, que trabajó para honrar la memoria de Streltsov y demostrar por completo que era inocente.

En 2006, a título póstumo, le fue entregada la medalla de Oro de las Olimpiadas de Melbourne 56, y se levantó una estatua en su honor en el complejo deportivo Luzhniki, además el estadio en el que juega el Torpedo de Moscú lleva su nombre.

Se pudo limpiar la memoria de Stretlsov pero nadie podrá resarcirle el sufrimiento vivido.

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