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Imagen del céllebre partido. c7
El partido de la muerte

El partido de la muerte

JOSÉ ESTALELLA. Autor de 'Detrás del balón' y 'Además del balón, obras de las que se extraen estos relatos

Domingo, 22 de enero 2023, 17:28

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La de Rusia no es la primera invasión que sufre Ucrania. Y se ve que no son fáciles de vencer, lo comprueban ahora las tropas de Vladimir Putin. En la II Guerra Mundial ya lo vivieron las de Hitler. Gente dura, resistente.

Ese territorio, que formaba parte de la URSS, fue invadido por el ejército alemán en septiembre de 1941.

Se instaló allí la pobreza propia de las guerras. La población sobrevivía entre las ruinas que dejan las batallas. La vida quedaba prendida de un fino hilo, conseguir comida y abrigo eran las ocupaciones principales para ganarle un día más a la invasión y esperar mejores tiempos.

Las actividades culturales y las de entretenimiento desaparecen, salvo, claro está, para los altos mandos invasores.

Algunos comercios, con muchas dificultades, siguen abiertos, es el caso de la panadería en la que trabajaba Losif Kordik, un hincha del Dynamo de Kiev. Los invasores se lo permiten por tener antepasados alemanes.

Cada trayecto de casa al trabajo supone un trance duro, a cada poco le asalta un mendigo. Todos los días, a la ida y a la vuelta, ayuda a los que puede. Un hombre de buen corazón.

Un día uno de aquellos hombres caídos en desgracia le hace la maniobra, a Losif algo en él le llama la atención, su mirada le resulta familiar.

De un momento a otro se da cuenta de quién es, le costó, los harapos con los que cubría su famélico cuerpo y la suciedad no lo ponían fácil, pero

Como a muchos otros al inicio de la invasión lo habían internado en un campo de concentración, al cabo de unos meses lo dejaron en la calle, sin casa, sin trabajo, dormía al raso y se alimentaba de la caridad.

El panadero lo recogió y le encontró un sitio para acomodarlo en el negocio. Allí dormía y a los días empezó a echarle una mano en las tareas mientras recobraba parte de los kilos perdidos. Poco a poco, por el mejor sistema de comunicación, el boca-oreja, algunos de los futbolistas del Dynamo se fueron acercando al negocio. El panadero Kordik les enseñó el oficio, les dio trabajo. Allí hicieron piña.

Al calor del obrador se incorporaron a las reuniones también algunos futbolistas del eterno rival, el Lokomotiv de Kiev.

No era momento para hacer distingos. Ellos ya no eran adversarios, otro mayor, más peligroso y fiero, se les presentó en sus vidas, el odio vestido de uniforme.

Tras unas semanas de convivencia decidieron formar un nuevo equipo, el FC Start, era lo que mejor sabían hacer.

En todos los países ocupados los alemanes organizaban partidos o competiciones contra equipos locales. Los invasores siempre mejor preparados que los locales salían victoriosos en los duelos, con ello reforzaban la idea de la superioridad y además animaban la moral de la tropa.

Ucrania no sería una excepción, montaron una competición con seis equipos, el FC Start contra cinco del ejército de ocupación y sus aliados.

Los dos primeros partidos del FC Start, contra equipos de soldados rumanos y húngaros reclutados por los alemanes, terminaron con victorias holgadas para los acogidos del panadero Kordik.

El tercer partido contra el equipo del ejército alemán terminó 6-2 para los ucranianos. Para las fuerzas de ocupación la cosa pasó de una molesta curiosidad a tomar tintes de ofensa intolerable. Además, empezaba a gestarse una especie de resistencia y estos jugadores a convertirse en su imagen victoriosa. Ucrania no se rinde, y estos muchachos eran la llama que mantenía viva la esperanza.

Los alemanes traen equipos de otras partes para medirse con los ucranianos, pero cada duelo termina en derrota por goleada. No había manera de ganarles.

El asunto llegó a oídos del Alto Mando.

De vuelta vino una orden, tajante, hay que eliminar a todos los jugadores del FC Start, al panadero también.

Pero los militares invasores pensaron que así solo crearían mártires, primero habría que ganarles en el campo y luego cumplirían la orden que provenía de Berlín, de las más altas instancias, ya se imaginan, supongo.

Se trajeron al mejor equipo del ejército alemán, el Flakelf y se montó un partido.

La cosa empezó desafiante, de entrada, los jugadores del Start no hicieron el saludo nazi, y sí un gesto -leve- que representaba la resistencia.

El árbitro, por supuesto, pitaba a favor de los alemanes.

Los alemanes se ponen por delante pero antes de llegar al descanso Mykola y sus compañeros habían volteado el marcador. Al vestuario se fueron por delante 2-1.

Mientras descansaban y hablaban sobre cómo encarar el segundo tiempo, se presentan unos uniformados armados que les avisan de cuál será el destino que les espera si ganan el partidoos ucranianos tienen que elegir entre ganar o vivir.

Se arma un debate, alguien dice de no salir, algunos son partidarios de huir, la mayoría duda, finalmente deciden salir a jugar y a ganar. Por ellos y por el país. No habían llegado hasta allí para desertar.

Sobre el campo no dejan ni respirar a los alemanes, les dan un baño de juego. El marcador se va a su favor hasta el 5-3. Estaba más que sentenciado, el partido, y ellos. Encima Klimenko, para terminar de enmarañar el ambiente, casi terminando el encuentro, sortea a todos los contrarios que le van saliendo, entra en el área, deja atrás al portero, y cuando va lograr el sexto gol, se da la vuelta y, sin marcar, manda el balón al centro del campo.

Un gesto de superioridad absoluta.

Los alemanes humillados solo deseaban que el árbitro diera los tres pitazos finales.

Los ucranianos celebraron la victoria por todo lo alto.

En las semanas posteriores siguieron jugando, a victoria por partido. Invencibles en el campo. Héroes para sus compatriotas, enemigos a eliminar para las tropas alemanas, una cuestión estratégica.

Un mal día el ejército de ocupación hizo una redada en el barrio, fueron llamando por su nombre a cada uno de los futbolistas.

Se los llevó la Gestapo para interrogarlos, querían averiguar si tenían contacto con el partido comunista.

Trusevich, Kuzmenko y Klimenko fueron fusilados ya que el Dynamo tenía fuertes vínculos con la policía secreta soviética, debieron concluir que eran unos espías. El resto fueron internados en diversos campos de concentración, en donde la mayoría perdieron la vida tiempo despué´s

Otra versión dice que una noche los hombres, de abrigo de cuero negro, se presentaron de madrugada en la panadería y los asesinaron a todos, también a Kordik.

Sobrevivieron a la matanza dos jugadores que esa noche libraban, y ellos son los que contaron qué había pasado con sus compañeros del FC Start.

Otra versión

Aún hay una tercera versión sobre el final de esta historia. El hijo de uno de los futbolistas, que por aquel entonces con ocho años participó como recogepelotas, declaró en 2015, ya convertido en anciano, que los arrestos y muertes no tuvieron nada que ver con el partido y sí con la guerra. Que la maquinaria de propaganda de la URSS había modificado el recuerdo de aquellos días para construir esos héroes.

En 1971, en una de las explanadas cercanas al estadio del Dynamo de Kiev, se levantó un monumento en recuerdo de estos futbolistas, que fuera como fuera el final de su historia, les plantaron cara a las pistolas en lo que para siempre se denominó «el partido de la muerte» jugado el para el 9 de agosto de 1942 en el estadio Zenit.

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