Ilustraciónde Javier Rodríguez Fajardo del histórico momento de Maradona en México '86 y a hombros de Cejas.

Golpes de suerte

JOSÉ ESTALELLA. Autor de 'Detrás del balón' y 'Además del balón, obras de las que se extraen estos relatos

Jose Estalella Limiñana
JOSE ESTALELLA LIMIÑANA

Melquiades Sánchez

La fase final de la Copa del Mundo de 1986 celebrada en México colocó a Diego Armando Maradona, para siempre, en la cumbre del fútbol mundial. El juego que desplegó durante todos los partidos y los dos goles a Inglaterra, el de la mano de D10S y «el más lindo de todos los tiempos», le pusieron en el lugar del que nadie le podía bajar, ni siquiera él con su ajetreada vida, y bien que lo intentó.

Pero además de El Pelusa otros personajes vivieron también momentos inolvidables, personas desconocidas para el gran público, algunos de ellos, como Melquiades Sánchez solo pretendían hacer el trabajo que le habían encomendado de la mejor manera posible.

A Melquiades, que trabajaba en una emisora de radio de México DF, le contrató la organización para hacer la voz del Estadio Azteca, esa que por megafonía anuncia la interpretación de los himnos y alguna cosa más.

Aparentemente un trabajo sencillo que él se tomaba muy en serio, y lo hacía todo, no dejaba ningún cabo suelto ni permitía que nadie metiera mano se aseguraba así que el asunto estaba bajo su control, él anunciaba las músicas y él mismo ponía el disco.

En la previa del partido inaugural del Mundial entre Italia y Bulgaria todo transcurrió sin dificultades.

Le hicieron llegar los discos de vinilo y el meticuloso Melquiades comprobó que no estaban rayados, también que eran las composiciones correctas, tenía un truco para eso, ahora lo conocerán. Los himnos sonaron como estaba previsto.

Unos pocos días después México debutaba en su mundial, también en el Estadio Azteca. La organización le entregó los discos con los himnos de México y Bélgica, adversario de la tricolor.

El de México lo despachó con un vistazo, con el del equipo europeo hizo lo que tenía por costumbre cuando no conocía la composición, como con Bulgaria.

Divisaba a algún hincha de ese equipo y lo invitaba a la cabina a escuchar el disco, así obtenía la aprobación de un 'experto en la materia' y nuestro speaker quedaba tranquilo.

Cerca de su posición pudo ver a un grupo de blanquitos y rubios con bufandas roja, amarilla y negra, «ahí están los que me sacan de dudas -se dijo-».

Por señas y medio en inglés se hizo entender para que uno accediera al pequeño estudio y le puso la canción, el belga nada más empezar a sonar torció la carita, y exclamó:

- «¡No! ¡No! Dochtlan, Dochtlan», decía con los ojos espantados y moviendo la cabeza de derecha a izquierda.

Melquiades entró en crisis, el disco que le habían hecho llegar era del himno de Alemania y no el de Bélgica.

En esas está cuando los equipos salen al campo, ya no hay tiempo de ir a buscar el disco correcto, tampoco de echarle la bronca al responsable -al menos para desahogarse-, aunque eso no arreglaría el problema.

Las selecciones forman ante la tribuna, el trío arbitral en medio.

Pasados unos segundos, con Melquiades sin saber qué decir ni hacer ante el micrófono, con los 110.000 espectadores de pie para escuchar los himnos el Estadio Azteca sufre un corte eléctrico, un apagón general, de esos que se notan, que se escucha como se paran todas las máquinas.

El público entiende lo que ha ocurrido y que no sonarán los himnos por megafonía, así que los aficionados mexicanos, el 99% por ciento del aforo, comienzan a cantar a capela las estrofas que lo componen empezando por:

Mexicanos, al grito de guerra

El acero aprestad y el bridón

Y retiemble en sus centros la tierra

Al sonoro rugir del cañón…

Aún se recuerda como la interpretación más sentida de la historia, los que estuvieron presentes jamás olvidarán aquellos minutos.

Melquiades suma, como imborrables, a ese momento histórico y patriótico el de los minutos desde que el aficionado belga le indicó que aquel no era su himno hasta el apagón general. Un inolvidable mal rato.

Ya ven no hay mal que por bien no venga, un corte de corriente que suele ser un fastidio a Melquiades Sánchez le salvó de hacer un papelón, a la organización meterse en un lío con la FIFA y a su país de tener un conflicto diplomático con Bélgica.

Roberto Cejas

Roberto Cejas trabajaba en un despacho de loterías en Santa Fe, Argentina, y mientras se jugaba el Argentina - Bélgica de semifinales del Mundial´86 se tiró la apuesta; si gana Argentina me voy para México a ver la final, le dijo a su jefe.

El partido terminó con victoria albiceleste y no le quedó otra. Cargado con toda la ilusión el día previo a la final viajó a México DF sin alojamiento y, por descontado, sin entrada para el partido.

Pernocta en casa de un conocido de un amigo y el día de la final se presenta en el Estadio Azteca.

Deambula por allí buscando el punto débil de aquella inmensidad, y finalmente decide apostarse al costado de una de las puertas que guardaba un hombre que tenía un precio, sin su colaboración esto jamás hubiera ocurrido.

«Último partido del mundial, ¿qué va a pasar?» -pensó el guardián-, «me saco unos dólares, uno más en las gradas ¿quién lo va a notar?».

El caso es que Roberto, de pronto, se encontró sentado detrás de la portería en la que Argentina hace el 1-0 tras cabezazo del Tata Brown, con la inestimable ayuda de Schumacher, que sale a por un balón de falta lateral que le supera de largo.

El cambio de campo para el segundo tiempo hace que en su portería, con el corazón encogido, asista, en primera fila, a los dos goles alemanes que empatan el partido cuando ya pensaba con el 2-0 que había cumplido su sueño.

Pero la vida cambia en el 83 de juego, Maradona con un solo toque mete un balón en profundidad y, en la portería del otro lado, Burruchaga logra el 3-2 definitivo.

A Roberto se lo comen los nervios, no aguanta más, los minutos finales se le hacen eternos.

Termina el partido y, sin pensarlo dos veces, se propone saltar el foso que rodea el Azteca.

La policía intenta contener al gentío que pretendía la misma operación que Roberto, algunos lograron zafarse e ingresaron al campo, entre ellos, por supuesto, nuestro protagonista, no había llegado allí para sentarse en la grada únicamente.

De principio se acercó a Pasculli que había marcado el gol ante Uruguay en octavos, y con otros hinchas lo levantaron, lo abrazaron, lo zarandearon, a Pasculli.

Pero en un momento dado se abre un espacio entre la multitud y un tipo bajito con la camiseta albiceleste le dice a Roberto gritando: «Levantáme, boludo, levantáme», quien le gritaba era Diego Maradona con la Copa del Mundo en las manos.

Y ahí está el documento gráfico que acredita que Roberto Cejas – con su bigote- paseó la Copa del Mundo por el Estadio Azteca, no fue solo Maradona.

Roberto se convirtió en personaje conocido para siempre en su país y le compite a Diego Armando pues argumenta que El Pelusa llevó la Copa, pero él llevó a la Copa y a Maradona a dar la vuelta de los campeones, y de eso el capitán no podía presumir.