Ferrero, con el rostro ensangrentado, en aquel célebre partido entre Sporting y Real Madrid en El Molinón. / Diario As

«¡Así, así, así gana el Madrid!»

JOSÉ ESTALELLA. Autor de 'Detrás del balón' y 'Además del balón, obras de las que se extraen estos relatos

Jose Estalella Limiñana
JOSE ESTALELLA LIMIÑANA

El estadio en el que juega de local el Real Sporting de Gijón es el más antiguo de España. Y ahora, también, tiene el nombre más largo: Estadio Municipal El Molinón -Enrique Castro Quini, en reconocimiento al goleador rojiblanco de los setenta y ochenta. La frase «gran futbolista, mejor persona» en él se queda corta por los dos lados. Un mito de la afición del Sporting reconocido en todos los campos de España. Un enorme delantero con una calidad humana nada común. En El Molinón Quini vivió muchas tardes de gloria, cuando llevaba muchas décadas en uso. En los diarios locales en 1908 ya aparecía en las crónicas de los partidos de football. El nombre le viene por la proximidad de un molino de grandes dimensiones, ahora desaparecido. En ese césped, también en las gradas, han ocurrido muchas cosas, tantos años de fútbol dan para casi todo. En solo tres pasó todo esto.

De entrada hay que rescatar unas imágenes de la película 'Volver a empezar', que ganó un Óscar de Hollywood. En el largometraje aparecen unas imágenes reales del partido Sporting de Gijón–Atlético de Madrid, disputado el 29 de marzo de 1981. A la vuelta de Estados Unidos con la estatuilla dorada en la mano, Garci la ofreció a la grada compartiendo con ellos el éxito sin precedentes.

El Molinón fue una de las sedes del Mundial de España de 1982, allí se produjo una derrota inesperada y sorprendente. El 16 de junio de 1982, la poderosísima Alemania Federal perdía en su primer partido de la competición.

Una Mannschaff que aspiraba ganar el campeonato se estrenaba de la peor manera posible, derrota y con una pobre imagen, 1-2 contra Argelia, una selección con muy poco peso. Los Rummenige, Stielike, Breitner, o Littbarsky perdían ante un equipo desconocido en el que destacaban dos jugadores, Madjer y Belloumi, casualmente los goleadores. Madjer terminó fichando por el Porto FC y ganando una Copa de Europa al Bayern de Münich con un gol de tacón. Debían soñar con él los jugadores alemanes.

Días después, El Molinón asistió al partido de la vergüenza llamado así por como Alemania y Austria pactaban un 1-0 para los primeros que clasificaba a ambos, dejando fuera a Argelia.

El público rompió a protestar al ver el infame apaño y además del lógico «tongo, tongo», gritado a coro y a todo pulmón se unió el «Argelia, Argelia», dejando claro las preferencias del respetable, que no estaba siendo respetado. Estaba entrenada la grada del Molinón, más adelante lo entenderán.

Al día siguiente el diario local El Comercio abrió la página de sucesos con el siguiente titular: «Unas cuarenta mil personas, presuntamente estafadas en El Molinón por veintiséis súbditos alemanes y austriacos». La frase es fiel al sentimiento colectivo de estafa pero no lo es con el número de estafadores. Del delictivo pacto hay que sacar al austriaco Walter Schachner, el delantero no se enteró de la componenda y en la segunda parte se desempeñó con la intensidad natural de la competición, y de la honradez, intentando empatar. El lateral derecho alemán Briegel le decía «no corras tanto» y él no entendía como Krankl, su delantero centro, había retrasado su posición hasta la defensa. Como no estaba en el amaño y era un peligro para los intereses de ambos, sus compañeros dejaron de pasarle el balón. Schachner se enteró del biscotto al llegar a vestuarios al final del partido, confesó en el 2007 a un diario de su país. Parece ser que en el descanso se pusieron de acuerdo para no buscar portería pero se olvidaron de avisar a Walter, quién sabe si queriendo.

Unos meses antes, el 26 de abril de 1981, la Real Sociedad ganó su primer campeonato de Liga en el último minuto de la última jornada en un Molinón embarrado y lleno hasta la bandera. Un partido para la historia del campo y de la competición. La épica llevada al extremo, el pequeño, la Real, derrotaba al grande, el Madrid, en una temporada competidísima.

El público del estadio vivió con emoción como el equipo visitante se llevaba el campeonato. No solo no le importaba el empate final 2-2, sino que veía con buenos ojos que el título se fuera a San Sebastián. Aún estaba reciente la polémica que mantenían con los merengues . En la temporada anterior a la primera liga txuri-urdin, la grada del Molinón se convirtió, de manera improvisada en el Orfeón Donostiarra.

Los aficionados del Sporting vieron crecer en ese campo al mejor equipo de su historia, con lo s hermanos Castro, Jesús el portero y Quini el delantero centro, Maceda, Joaquín, Ferrero, el Mosquito Mesa, Cundi... Durante unos años le disputaron Ligas y Copas a los grandes de España.

Allí nació un cántico utilizado de manera hiriente por las aficiones contrarias al Real Madrid y dado la vuelta por ésta para vociferar la fortaleza del juego blanco cuando las cosas salían de cara.

Se jugaba la jornada 11ª de la temporada 1979-80, el Sporting porfiaba con el Real Madrid por los primeros puestos de la Liga, en el anterior campeonato los de Gijón quedaron segundos y los blancos campeones. Los duelos directos eran muy disputados, se resolvían por pequeños detalles.

La afición local recibió con hostilidad al Real Madrid convencida de que el año pasado había tenido arbitrajes que le habían favorecido y allanado algo el camino perjudicando los intereses de los asturianos. En ese ambiente comenzó el partido. A los pocos minutos, un balón en profundidad lanzado por el Sporting es perseguido por Ferrero, San José sale al cruce y forcejean. El defensor blanco logra despejar al mismo tiempo que propina un golpe en la cara al delantero. Ferrero reacciona con un planchazo sobre el defensa, los tacos de su bota impactan en el muslo de San José. Ferrero con sangre en el labio, San José en el piso retorciéndose de dolor. El árbitro al llegar al lugar de la jugada, cercano a la línea lateral, se lleva la mano al bolsillo y le muestra ,enérgicamente, la tarjeta roja al jugador local y señala falta del Real Madrid.

El público estalla contra el árbitro y cae una lluvia de almohadillas en la zona. El masajista del del Real Madrid atiende a San José, mientras los jugadores del Sporting le protestan al árbitro. El público se va encendiendo más y más.

En un momento dado, El Molinón, lleno hasta la bandera, da rienda suelta a la impotencia acumulada durante varios meses y comienza a cantar a coro una estrofa dirigida al equipo merengue, y, a juicio del respetable, a los colaboradores necesarios, el colectivo arbitral: «¡Así, así, así gana el Madrid! ¡Así, así, así gana el Madrid!».

Durante unos minutos, se mantuvo la cancioncilla dando vueltas por El Molinón, manifestando su impresión sobre el favoritismo arbitral con los blancos.

Pegadiza y fácil de recordar se hizo famosa y persiguió al Real Madrid por los campos de España. Se tornó en un hit muy recurrente. Cuando los árbitros tenían una actuación que el público local pensaba que favorecía al Real Madrid se recurría a la cancioncilla. Era automático.

Hasta que la afición madridista, en una vuelta de tuerca, le dio otro sentido, y cuando los merengues hacen un partido rutilante o logran una remontada histórica corean el cántico que había nacido para ofenderles, y que ellos transforman en una manifestación de orgullo, y cantan también a pleno pulmón: «¡Así, así, así, gana el Madrid! ¡Así, así, así, gana el Madrid!».

Ya ven que la misma canción al cambiar de afición no dice lo de siempre cuando dice lo mismo.