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Cambiar para ganar

Cambiar para ganar

JOSÉ ESTALELLA. Autor de 'Detrás del balón' y 'Además del balón, obras de las que se extraen estos relatos

Domingo, 9 de octubre 2022

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Jesús Gil y Gil era el rey del cambio, ni pestañeaba cuando tomaba la decisión de sustituir al entrenador, aunque eso le costara unos buenos duros. Ejerció como presidente del Atlético de Madrid durante 16 años, desde 1987 hasta 2003.

De esa cuenta hay que restar los meses de intervención judicial del club que le apartó del cargo a finales de 1999.

Gil era un personaje muy peculiar y en su cabeza solo cabía la gloria del Atlético, todos los de alrededor tenían que estar en consonancia con él, todos, directivos, empleados, jugadores, y por supuesto entrenadores.

Solo le valía ganar y si tenía que echar a alguien que él consideraba que no servía pues se echaba y punto.

En sus 16 años de mandato tuvo 40 entrenadores, era de una voracidad tremenda con el inquilino del banquillo, que si en cualquier club es temporal en el Atlético de Gil efímero es el adjetivo que mejor describe el puesto.

El hombre llegó a decir que para él despedir a un entrenador era como tomarse una cerveza.

En varias temporadas llegó a tener cuatro responsables, el récord llegó en la 1993-94 con seis entrenadores, y eso que venía de ganar dos Copas del Rey.

Con Gil en el palco el banquillo rojiblanco era una silla eléctrica.

Tuvo que dejar la presidencia por una sentencia condenatoria de la Audiencia Nacional.

La etapa de Gil y Gil tuvo de todo, títulos, descensos, ascensos, y continuamente cambios muchos cambios, su hijo Miguel Ángel llegó a manifestar que «el club parece un manicomio».

Cuando junto con Enrique Cerezo tomó el mando del Atlético, y con un perfil diferente al de su padre, dejó claro cómo funcionaría a partir de ese momento con el asunto del banquillo, «en el Atlético lo hemos probado todo con los entrenadores, excepto la paciencia», y a eso se han aplicado. Simeone lleva desde 2011 dirigiendo a los colchoneros, y no les ha ido mal.

Gil y Gil cambiaba entrenadores y jugadores para ganar.

En otros sitios y épocas también se tomaban decisiones para lograr la victoria, algo surrealistas o curiosas, pero esa era la intención, ganar. Ni los fríos y cerebrales alemanes pueden abstraerse a la necesidad de cambiar cuando en juego está la victoria.

Empecemos por el cambio temporal de los alemanes.

Brasil no ganó el Mundial de España de 1982 pero aquella selección maravilló al mundo. Fútbol-samba le llamaron.

Se cruzaron con la Italia de Zoff, Scirea, Cabrini, Antognoni, Rossi… y en un partido memorable cayeron por 3-2. Estación final para la canarinha.

La imagen que dejaron Zico, Sócrates, Cerezo, Falcao, Eder, Junior... dirigidos por Telê Santana caló hondo, un fútbol vistoso al tiempo que efectivo.

Espectáculo y goles a partes iguales, parecían destinados a ganar el Mundial, pero il bambino de oro les hizo descarrilar una calurosa tarde de verano en el Estadio de la Carretera de Sarriá. Un hat-trick de Paolo Rossi y la fe de hierro de la azurra levantaron un muro entre Brasil y la gloria.

Pocas veces concitó tanta unanimidad lo de «campeón moral», así denominó el mundo futbolístico a Brasil, y eso sin llegar a Semifinales.

Un Rey sin corona, pero Rey, al fin y al cabo. No había discusión, no eran los campeones, pero eran los mejores. Brasil era sinónimo de excelencia, goles, de un equipo -a pesar de lo de Sarriá- imbatible.

Era el fútbol hecho espectáculo.

Año y medio después su recuerdo seguía muy vivo.

Llegó la jornada 15 de la Bundesliga, noviembre de 1983, el Bayern de Münich se desplazaba para jugar en el Fritz-Walter Stadium.

El Bayern llevaba varias temporadas visitando el estadio del 1FCK -el Kaiserlautern- y cada desplazamiento era garantía de una decepción.

Su última victoria allí había sido el 3 de mayo de 1975 por 0-1. Desde entonces siete partidos de liga con estos resultados: Derrota-Empate-Derrota-Derrota-Empate-Derrota-Derrota.

Siete partidos, catorce puntos en juego, 2 para el Bayern, 12 para el Kaiserlautern, pobrísimo balance para el gigante Bávaro, acostumbrado a arrollar en la competición doméstica.

Para los directivos de los visitantes aquello era una afrenta, había que poner remedio a este asunto, tenían que cortar la sangría de malos resultados de tantos años.

A la vista de que ni los jugadores ni los entrenadores daban con la tecla para salir victoriosos los dirigentes querían poner su granito de arena, tomaron la iniciativa, y llegaron a la conclusión de que había que cambiar, pero no de entrenador ni de jugadores, había que cambiar de colores.

Se pusieron en contacto con adidas y encargaron una equipación exactamente igual que el Brasil del Mundial 82 , con el mismo tono amarillo de la camiseta y azul celeste para el pantalón, por supuesto las medias blancas y hasta los ribetes verdes estaban presentes. Una copia exacta, un calco. Del tradicional rojo muniqués ni rastro.

Nadie avisó a la prensa, no hubo filtraciones. Se llevo en secreto todo.

Cuando el Bayern saltó al campo los espectadores, los periodistas y los muchachos del Kaiserlautern no se encontraron el rojo esperado, ¡Sorpresa, somos Brasil! parecían decir los de Baviera.

Y les funcionó, el partido concluyó con victoria visitante por 0-1 con gol del defensa Klaus Augenthaler, y se rompió la racha de malos resultados.

Las crónicas cuentan que el portero belga Jean Marie Pfaff le paró un penalti al jugador local e internacional Adreas Brehme -un consumado especialista-.

El éxito de la misión no fue todo cosa de la equipación, algo hicieron bien los chicos entrenados por Uddo Lattek.

Y así fue como el Bayern de Münich llegó a jugar «disfrazado» de Brasil, cambiando por un partido sus colores para ganar.

A los que el cambio les duró para siempre fue a los ingleses del Leeds United. Fundado en 1919, su primera equipación fue camiseta a rayas blancas y negras y pantalón negro, pero duró apenas unos meses pues su presidente Mr. Crowther tomó la decisión de vestir igual que el otro equipo del que también era presidente el Huddersfield Town FC, blanquiazules las camisetas, pantalón blanco, medias azules.

Así vistió durante catorce años.

Eso duró hasta 1934, ese año modificó la camiseta, la partió verticalmente, un lado de color azul y el otro amarillo, mantuvo el pantalón blanco y las medias azules.

Desde su fundación llevaban ya tres cambios, aún faltaba el cuarto y definitivo.

Corría el 1959 el equipo descendió a Second Division, eran malos tiempos para los «leodensians» -así los llamaban-.

Por aquellos tiempos el Real Madrid reinaba en Europa y ganaba su quinta Copa de Europa consecutiva por 7-3 al Eintracht de Frankfurt, el 18 de mayo de 1960 en Hampden Park de Glasgow, ante la mirada en directo de Mr. Revie.

A los pocos días de esa final Don Revie comunicó que el equipo vestiría de blanco, la afición no entendía el cambio, la prensa andaba buscando explicaciones de una modificación que aparentemente no tenía ningún fundamento hasta que Mr. Revie decidió explicarse:

«Llevamos una vida vistiendo de azul y amarillo. ¿Qué hemos ganado desde entonces? ¡Nada!, a partir de ahora, este equipo deja de ser un perdedor, porque lo entreno yo. Y yo no soy un perdedor. ¿Saben qué equipo ha ganado más títulos en el mundo?, pues el Real Madrid. ¿Saben de qué color viste el Real Madrid?, de blanco. Bueno, desde ahora, este equipo jugará de blanco. Será una señal inequívoca de que el Leeds es, desde este momento, un ganador».

Le salió bien el cambio, a partir de entonces empezaron a ser un equipo temible y ganaron títulos de liga y FA Cup durante las décadas de los sesenta y setenta.

El cambio de colores propuesto por Mr. Revie además de llevarlos al éxito provocó hasta el cambio del sobrenombre, dejando atrás los «leodensians» por «whites» y así se les llama desde entonces.

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