Ardiles, el 1 de Argentina

JOSÉ ESTALELLA. Autor de 'Detrás del balón' y 'Además del balón, obras de las que se extraen estos relatos

Jose Estalella Limiñana
JOSE ESTALELLA LIMIÑANA

Cuando arrancó el Mundial de Argentina 1978, una curiosidad nos sorprendió a todos: Ubaldo Matildo Fillol, el portero de Argentina, lucía el 5 en su espalda. Y es que el seleccionado sudamericano repartía los números por orden alfabético, a excepción de Kempes, al que le entregaron el 10. Para el Mundial de España 1982, siguieron con lo del orden alfabético, al Pato Fillol le tocó el 7 y a nuestro protagonista el 1.

Así pudimos ver a Osvaldo César el Pitón Ardiles con el 1 a la espalda jugando en el centro del campo, acompañando a un joven Diego Armando Maradona, al que Kempes le cedió el 10. No fue el único sitio en donde Maradona y Ardiles hicieron pareja, pero antes de esa Ardiles vivió un momento irrepetible duro.

Ardiles había sido campeón del mundo en 1978 y su extraordinario desempeño le había llevado a ser un cotizado jugador. El Tottenham Hotspur de Londres se hizo con sus servicios, le acompañó Ricardo Guillermo Villa, un centro delantero con muchísimo gol. Se adaptaron rápido al fútbol de las islas, Villa jugando como punta y Ossie moviendo al equipo desde la sala de máquinas.

La grada de White Hart Lane estaba encantada: aquellos chicos le daban el toque de calidad que necesitaban para pelear por los títulos. Ardiles se metió en el bolsillo a la afición.

En 1981 ganaron The FA Cup en Wembley contra el Manchester City, con replay incluido. El primer partido terminó 1-1, el segundo 3-2 para los londinenses. Villa hizo doblete, y por el segundo que daba el título, le otorgaron años después el mejor gol del siglo anotado en Wembley.

Al año siguiente repitieron participación en la final, esta vez contra el Queen's Park Rangers entrenado por Terry Venables. Ni Villa ni Ardiles jugaron la final. Ya había explotado, semanas antes, el conflicto entre Argentina e Inglaterra por las Islas Malvinas, y la situación era muy complicada.

Pero antes de esa final ocurrió un hecho que pone de manifiesto que la pasión por unos colores, y el amor por quienes lo defienden están por encima de muchas otras.

Y es que cada cosa tiene su lugar y momento.

El 3 de abril de 1982 se jugaban las semifinales de The FA CUP, la que nos interesa en el Villa Park de Birmingham, entre el vigente campeón, el Tottenham Hotspur, y el Leicester City.

El partido era muy emotivo para el Pitón Ardiles. Estaba en territorio inglés y las noticias que le llegaban no podían ser peores. Su primo José Leónidas Ardiles, piloto de la Fuerza Aérea Argentina, había sido abatido por un caza de la Royal Air Force. Era el primer piloto fallecido en combate.

Momentos muy oscuros para toda la familia y él allí en medio, conviviendo día a día en territorio enemigo, era una anomalía. Se sobrepuso como pudo, tiró de profesionalidad y salió a jugar.

Como se disputaba en campo neutral las entradas se dividieron a partes iguales, así que había empate en número de aficionados en las gradas.

En cuanto Ardiles tocó el primer balón, los hinchas del Leicester le hicieron saber que lo iban a marcar, cada pelota que caía en sus pies iba acompañada de una fuerte pitada.

La cosa fue a mayores cuando de los silbatazos se pasó a que los ocupantes de la grada del Leicester decidieron llevar la guerra al campo.

Cuando Ossie entraba en juego solo se escuchaban los gritos de «England, England, England», a modo de insulto.

Pero con lo que no contaban los del Leicester, ni tampoco Ardiles, es que los aficionados Spurs que habían viajado hasta el Villa Park no lo iban a dejar solo.

Sobre el minuto 18, Ardiles se disponía a sacar una falta, juego parado, él delante del balón, nadie alrededor, estaba en el punto de mira, la situación perfecta para los del Leicester, en ese momento tronaron los gritos de «England, England, England» dirigidos al director de orquesta del Tottenham.

Lanzados con rabia, como cuchillos, con el objetivo de hacer mella profunda.

La hinchada del Tottenham reaccionó sobre la marcha y coreó, a todo pulmón, para apoyar a uno de sus jugadores más queridos: «¡ARYENTINA, ARYENTINA, ARYENTINA!» con acento inglés of course. Dejando claro que aquello nada tenía que ver con la guerra, que solo era un partido de fútbol y que a Ardiles ni tocarlo, que Ossie era «uno de los nuestros».

En palabras de Ardiles: «Jamás olvidaré lo que pasó aquella tarde en ese estadio. Mientras argentinos e ingleses se mataban, los hinchas del Tottenham nos dieron una lección a todos».

Tras ese episodio se vino el Mundial de España 1982, y como les decía Ardiles formó parte del seleccionado argentino, por supuesto titular indiscutible. Tenía galones el Pitón.

Antes de que arrancara la competición que jugaría con el 1 a la espalda fue protagonista de un curioso momento junto con el 10, y no fue precisamente en un campo de fútbol.

Era sábado a la noche. Faltaba una semana para el partido inaugural de España 1982 en el Nou Camp contra Bélgica. Argentina llevaba unos días ya concentrada en España.

Compartían mesa de cena, Ardiles, Bertoni, Hernández y un joven Diego A. Maradona. Casi terminando Bertoni le pregunta al Pitón Ardiles: «¿Qué hacés mañana?». Ossie, que sabía que las esposas y novias ya estaban en la ciudad, responde: «Mañana cojo un coche de esos que están afuera y me voy con Silvia a misa y luego a comer a un restaurant».

En el aparcamiento de la concentración había muchos vehículos de la organización del Mundial a disposición de cada delegación, en la de Argentina también.

Obvio que no era para uso de los jugadores, pero ya que estaban allí estacionados...

A la mañana del domingo, el 1 de Argentina se agenció un juego de llaves y agarró uno de aquellos coches en compañía de Maradona, que pensó que sería un buen plan de domingo, recogieron a la Sra. Ardiles -Silvia- y se fueron a la iglesia.

Al llegar se sorprendieron, no había una plaza libre. Imposible estacionar en las cercanías de la Iglesia.

Lo dejaron donde pudieron, medio mal aparcado pero daba igual, llegaban tarde a la misa, así que no dudaron. Además, ¿qué podía pasar?

Al tiempo que abandonaban el vehículo de cualquier manera, en la concentración albiceleste los guardianes ya habían dado la voz de alarma, no estaban ni el 1 ni el 10. En pleno conflicto de las Malvinas, de primeras pensaron en lo peor: «¡Cosa de los ingleses!».

Los encargados de la seguridad temblaban al pensar que no habían podido evitar el rapto de la estrella y el compañero que además jugaba en la liga inglesa. En el hotel de concentración había carreras para todos lados, revisión de cualquier rincón, llamadas a la Casa Rosada, preguntas sin respuestas.

Una catástrofe para la guardia de custodia, un golpe maestro del MI6, la noticia del año para la prensa mundial.

Mientras esto ocurría los fugados entraban en la iglesia y se la encontraron a rebosar, se celebraba una Primera Comunión. El revuelo fue tremendo, los más cercanos a la puerta en seguida reconocieron a Maradona, que esa semana había firmado por el Barça y era portada en todos los periódicos, la cara más famosa, imposible no reconocerlo.

Como un dominó la noticia fue de bancada en bancada hasta el altar, los adultos se iban levantando para verlos.

Todo el mundo se acercaba con sus cámaras de retratar, se paró la ceremonia, el cura se bajó del altar y se fue a la puerta, se los llevó a un costado: «Se me ponen aquí, por favor. Tenemos que celebrar», les dijo. «Claro, claro Padre, nos ponemos donde diga, respondieron.

Tras una breve charla el cura volvió al altar. Había hecho un trato con los futbolistas y lo avisó por el micrófono: «Se van a quedar y al final podrán hacerse fotos con ellos». Runrún en todo el templo, alegría contenida, las sonrisas de oreja a oreja.

No había mejor recuerdo de ese día, una foto con el Pelusa. La concurrencia rebajó la ansiedad y el ruido ante la promesa del retrato.

Se reanudó la misa.

Faltando poco para terminar se presentaron en el templo los guardaespaldas, Bertoni o Fernández debieron revelar la conversación de la noche anterior-.

Al reconocer a los futbolistas al fondo de la iglesia hicieron sonar los silbatos.

Segunda interrupción de la ceremonia. Otro revuelo. El sacerdote oficiante con mal cuerpo y peor humor.

Los buscadores y los buscados hablaron, les dijeron que no podían irse que tenían que esperar a sacarse las fotos tal y como habían acordado.

No iban a faltar a su palabra, y menos con un cura.

A los guardias no les quedó otra, aceptaron y esperaron pacientemente. Prosiguió la celebración.

Al terminar la misa todos se sacaron fotos con los futbolistas.

Aquellas niñas ya podían presumir que además de recibir el cuerpo de Cristo a su Primera Comunión había asistido D10S con un apóstol.

Llevada a buen término la Primera Comunión y el trato, los guardaespaldas les retiraron la llave del vehículo y se los llevaron a la concentración, entre detenidos y custodiados.

Lo del restaurant del matrimonio Ardiles quedó para otro día.

Es posible que esto les pueda parecer una invención o un relato con cierta base que, con el paso del tiempo, los que lo cuentan han ido adornando hasta deformar lo que realmente ocurrió, pues no, aunque sea difícil imaginar sucedió. ¿Siguen sin creerlo? Observen la foto. Los guardaespaldas no quisieron salir en el retrato pero el clero no perdió la oportunidad, aunque el sacerdote oficiante, con sus lentes oscuras, pueda parecer un agente del servicio secreto.