Fernando Rueda y Mikel Lejarza, durante una de sus conversaciones.

El Lobo, en la intimidad

En 'Secretos de confesión', a la venta desde el jueves 24, el infiltrado en ETA Mikel Lejarza habla por primera vez de su vida personal al experto en espionaje Fernando Rueda. Este es un adelanto, en exclusiva, de la explosiva continuación de 'Yo confieso'

MIKEL LEJARZA | FERNANDO RUEDA

Mikel Lejarza, de cuya mítica infiltración en ETA se cumplen ahora 50 años, y el experto en espionaje Fernando Rueda han escrito 'Secretos de confesión', en la que el espía español de mayor prestigio ha aceptado por primera vez hablar de su vida privada y, aún más, pedir a familiares y compañeros del espionaje que cuenten las muy duras experiencias compartidas y sus sentimientos íntimos. Este es un adelanto, en exclusiva, de la explosiva continuación de 'Yo confieso' que Roca Editorial publica el 24 de noviembre.

Capítulo 4

«La pesadilla de ser familia de El Lobo». Introducción

Mikel no quería hablar de su familia, de los amigos, de los años de su infancia, de los buenos y malos momentos. No quería cuando escribimos 'Yo confieso' y ahora ha accedido, por primera vez en su vida, a abrir la ventana de la parte más íntima y personal de su vida. El retrato de un personaje mítico como El Lobo no quedaría completamente dibujado para la historia sin esas pinceladas de las personas que lo han querido siempre, al margen de los sufrimientos que él les ha podido infligir sin desearlo en ningún momento.

Capítulo 4A

«Las hermanas». Introducción

Mari Luz y María Jesús nunca se han reunido con alguien ajeno a la familia más cercana para hablar de sus recuerdos y, lo que es más complicado, no han dejado salir de su corazón los sentimientos almacenados durante tantos años. Por suerte para mí, son muy distintas, las veo como dos gotas, pero no de agua, sino de un vino que ha ido fermentando con el paso de los años y ha dado como resultado a dos mujeres que se adoran y que adoran a su hermano. Pero que están marcadas de una forma distinta por la complicada y conflictiva situación de ser las hermanas de El Lobo, ese agente infiltrado que hizo tanto daño a ETA. Coinciden totalmente en el temor a lo desconocido, la necesidad de guardar silencio, no llamar la atención, el ansia de compartir ratos con su hermano y repetirle machaconamente, siempre que tienen la oportunidad, que se cuide, que no baje la guardia…

En cinco horas de conversación intensa, jamás mencionan la palabra ETA o hacen referencia directa a la infiltración. Tardo un tiempo en descubrir el auténtico significado de una frase que repiten mucho: «Nunca nos ha gustado hablar de política». En realidad, casi siempre, el significado oculto, al menos el que yo veo, es el siguiente: nunca nos ha gustado hablar de lo que hizo mi hermano.

Capítulo 4A

«Mi primer novio me dejó por miedo»

A nosotros mi hermano nos dijo que se iba a Francia a sacarse el título de decoración, no nos contó la verdad, no la sabían ni mis padres. Nos enteramos mucho después de lo que realmente había hecho dentro de ETA. Quizás mis padres pudieron intuir algo porque un tío carnal, un hermano de mi madre, Canuto, que estaba relacionado con la Policía, fue el que le presentó a sus primeros contactos.

Miguel se acercaba en Francia a cabinas telefónicas para llamar a nuestra casa de Basauri y hablaba con mis padres, con nosotras no. Los aitas no sabían exactamente dónde estaba, pero ellos no entraban en temas políticos. Si cuando se va a Francia no sabíamos nada, después tampoco. Regresa a España y seguimos sin saber nada. Es tiempo después cuando empezamos a escuchar cosas en la radio.

Nos enteramos del tema cuando pasó lo de Madrid. Lo supimos al escuchar y ver el anuncio de un montón de detenciones. Y porque unos días después todo Basauri estaba tapizado de carteles con la cara de nuestro hermano. A partir de ese momento y los años posteriores lo pasamos muy mal, los pasamos fatal. Paseábamos por la calle y no podíamos dejar atrás los carteles con el «Se busca».

Cuando empapelaron las calles del País Vasco en 1975, estábamos viviendo con nuestros padres. Sentimos mucha angustia y miedo a que le pasara algo. Pero nosotras también cogimos miedo a la gente. Nuestro padre iba a trabajar pronto por las mañanas y a esa hora no había autobuses ni medios de transporte, así que tenía que ir andando y atravesar en solitario un Galdácano con las vías vacías. Caminaba por la carreta nacional y contaba que a veces le perseguían pasos, lo seguían. Nunca le pasó nada, pero el miedo lo teníamos. En el periódico también publicaron algunas veces la dirección del piso de mis aitas, «Aquí viven los padres de Mikel Lejarza». Nos sentíamos vigilados. Esa angustia por él y por nosotros siempre la hemos padecido. Las dos siempre tenemos que disimular nuestros pensamientos y hacemos que no somos nosotras mismas. Lo que él ha hecho no lo puede hacer cualquiera, a nosotras siempre nos ha impresionado lo que nos contaba sobre que durante la infiltración no dormía delante de ellos por si acaso metía la pata en sueños.

Mari Luz.- Yo me acuerdo de que el primer novio que tuve fue en esa época y me dejó a cuenta de eso. Era peneuvista, pero yo creo que más que nada fue por el miedo que tenía. Luego tuve a mi marido, que sí era político, pero que con mi hermano siempre se llevó muy bien.

Capítulo 8

«Charlas de café: vamos a contar verdades». «Lo mal que se lo he hecho pasar a mi familia por el trabajo»

Fernando Rueda- He aprendido mucho sobre la vida de un infiltrado hablando con tus hermanas. Son vascas, viven en el País Vasco, se apellidan Lejarza, pero la necesidad de un hermano no la han tenido mínimamente cubierta.

Mikel Lejarza- Cuando me fui de casa, empecé a vivir a mi aire, y ellas eran todavía unas crías. Aunque hasta que me infiltré en ETA pasaron años, no teníamos una convivencia intensa, yo era un poco desprendido. Las veía poco, no viví su juventud, cuando empezaron su etapa con novios y sus historias. Lo que realmente compartimos fue su infancia, ellas no lo olvidan y me tienen el cariño que me tienen. Durante esa etapa fui un padre para ellas. Conmigo siempre han tenido una línea especial, muy especial.

F. R.- Es un cariño sentimental, pero no de verse.

M. L.- No es de la constancia de estar juntos, de la convivencia.

F. R.- Es, yo creo, del ansia.

M. L.- La ansiedad…, la ausencia.

F. R.- La falta de ti es lo que ha hecho, según mi opinión, que hayan querido más a su hermano. Pero han vivido asustadas toda su vida por lo que te podía pasar y también por lo que les podía pasar a vuestros padres, incluso a ellas mismas.

M. L.- Vamos a ver, yo nunca lo he pensado, y la verdad es que no sé por qué no lo he pensado.

F. R.- Es que es un tema muy duro.

M. L.- Me he preguntado si he sido egoísta, si me he puesto a hacer un trabajo a sabiendas de que podía perjudicar a mi familia, a la de antes y a la de después. ¿He sido egoísta? ¿Los que nos dedicamos a este trabajo tenemos que ser personas sin familia? Me lo he preguntado muchas veces, Fernando.

F. R.- ¿Y cuál es tu respuesta?

M. L.- No la encuentro.

F. R.- ¿Quizás porque en su momento para poder sobrevivir no te permitías pensar en determinadas cosas?

M. L.- Ni se me ha pasado por la cabeza, no sé explicártelo bien. Ahora que me lo dices, lo pienso y digo: «¡Qué egoísmo por mi parte! ¿Cómo lo habrán vivido?». Lo mal que se lo he hecho pasar a todas las personas que han formado parte de mi vida personal. Esos son mis fantasmas. La influencia que ha tenido esto en toda mi familia, en mis hijos, que no superan que su padre haya sido esto y haya sido lo otro. No sé en qué sentido no lo superan, en el de que mi padre se ha hecho famoso o mi padre ha vivido siempre escondido como una rata, no lo sé. En el fondo, me preocupa si es egoísmo. A estas alturas me lo pregunto, antes no pensaba en ello.

Te voy a aclarar una cosa: sí tenía cuidado en el sentido de que me informaba si mis padres y mis hermanas habían tenido algún problema de convivencia con gente del País Vasco. Una vez recibieron un feo de una persona, no sé si te lo han contado ellas, esa persona luego al cabo de un tiempo no volvió a hacerles ningún feo y fue simpático con ellas, pero un día apareció con la cabeza vendada.

Portada del libro 'Secretos de confesión'.

F. R.- Me quedé con la sensación de que tus hermanas y también tus padres estuvieron muy pero que muy preocupados por el tema de ETA…

M. L.- Mis hermanas estaban preocupadas, pero mis padres no te quiero contar cómo estarían…, me lo imagino, vamos.

F. R.- Deduzco por las palabras de tus hermanas que durante muchos años tuvieron miedo a la gente. Mataban a unos, a otros, a los de más allá. ¿Eso cómo lo vivías tú después de la infiltración?

M. L.- Te voy a decir una cosa, esto es difícil de entender, pero yo desde el principio estaba convencido de que no iban a hacerles nada a mis padres ni a mis hermanas.

F. R.- ¿Con qué argumentos?

M. L.- Era un sentimiento que tenía por dentro. Siempre estuve convencido, el porqué no te lo puedo explicar, pero tuvieron cuidado, no se metieron con ellos para nada, no solo la organización, sino el mismo pueblo en donde vivían. Después de empapelar todo el País Vasco con mis pasquines, ¡madre mía de mi vida!, no los boicotearon ni les hicieron feos. No tuve miedo de que eso ocurriera nunca. Quizás podían ellos pensar que nosotros también nos podíamos meter con sus familias, quizás, no lo sabré nunca. Hombre, yo sabía que mis padres y mis hermanas tenían que vivir allí viendo cosas, eso lo sabía, pero pensaba que no iba a pasar de ahí.

F. R.- Ellas cuentan que una cosa es la organización como tal y otra son los pirados o el fulanito al que han puesto en libertad y les decía algo agresivo y ellas contestaban como podían. En el fondo, y yo las entiendo, pensaban que a son de qué se iban a enfrentar a ese ahora.

M. L.- El que se queda es el que lo sufre. Lo jodido es que yo durante muchos años estuve yendo por el norte y me he cruzado a veces con gente de mi familia y no les he podido decir hola, ni se han enterado, porque yo, claro, intentaba camuflarme lo máximo posible. Ya hemos contado que me crucé con mi tía, pero me crucé también con mis hermanas, he visto a mis padres a distancia, y alguna vez incluso no pude evitar ir a verlos a su casa.

F. R.- ¡No me digas!

M. L.- Una vez entre los años 1979-1980 fui con Eduardo, el chaval que tenía conmigo, y paramos el coche allí, subimos al piso y estuvimos un rato con ellos. Al rato le dije a Eduardo: «Vámonos corriendo», y salimos disparados. El del bar de al lado de casa, por lo visto, ya había comunicado que había llegado un coche de Madrid, es que además íbamos dando el cante. Los míos, a todo el mundo del servicio, menos a mí, les ponían la matrícula reservada, pero si iban a Bilbao se la ponían de Bilbao; si iban a San Sebastián, la de San Sebastián. Nos fuimos corriendo y el chivatazo no sirvió de nada: cuando apareció gente por allí, ya estábamos muy lejos. Aunque no te venga gente de ETA, te aparecen treinta personas del pueblo y ¿qué haces, ponerte a tiro limpio allí?

F. R.- Sectores abertzales afirman que tus padres dijeron en su día que eras de ETA y que luego te vendiste a los espías, contradiciendo la historia que siempre se ha contado.

M. L.- La Operación Lobo es el mayor mazazo que ha recibido ETA en su historia, y nunca han podido asimilarlo. Saben perfectamente que yo no tenía ningún vínculo, es mentira. Es imposible que mis padres dijeran nada, ya están muertos y no querían ni oír hablar de ETA. Como no consiguieron sus metas, intentaron romper la figura de El Lobo. Decretaron una muerte para mí de por vida y empapelaron el País Vasco con carteles con mi foto. Pero no se acaba tan fácil con una persona de un servicio de inteligencia. Empecé en el servicio secreto con un contrato de inspector de Policía, o sea, de un modo contrario al que dicen.