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Inocencia Vega, en la puerta de su casa, en La Matula, se aferra al barandal. Cober
Las Palmas de Gran Canaria

Atrapados sin salida en la calle Felicidad

Inocencia Vega lleva varios meses sin poder salir de su casa porque su calle es una tirijala de escalones y la barandilla a la que necesita aferrarse para superarlos está a punto de sucumbir al óxido

Javier Darriba

Las Palmas de Gran Canaria

Domingo, 12 de mayo 2024, 21:53

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La usanza de Inocencia Vega consiste en un micropaseo. Recorre los pocos metros de su casa, abre la puerta y la cancela, se asoma al barranquillo del Cortijo, tributario del Guiniguada, y respira. «Camino de dentro hacia afuera, miro arriba y abajo, veo las fincas enfrente y, con eso, me recreo». En los últimos nueve meses en que no ha salido de casa, ésta ha sido su rutina. El único sorbo de libertad que disfruta es el que transporta el aire que viene del barranco y que se acelera por la estrechez de la calle en aplicación del efecto Bernoulli. La tirijala de escalones que dan forma a la calle Felicidad, en Las Palmas de Gran Canaria, es la frontera de su movilidad.

Las piernas desacostumbradas acaban temblando y el visitante llega sin resuello. Los 220 escalones que se precipitan desde la trasera de La Favorita hacia el fondo de La Matula son un muro infranqueable para las personas mayores, como Inocencia Vega.

La última vez que salió de casa fue para acudir al médico. Tenía que revisarse las rodillas, desgastadas por tanta escalinata, y ya aprovecharon para realizarle un análisis de sangre que se debía hacer para que no tuviera que enfrentarse dos veces a la cascada de escalones. A punto de cumplir los 94 años, la muleta y la ayuda de alguna de sus hijas resultan imprescindibles para afrontar el desafío de salir de su casa.

Inocencia se asoma a las escaleras.
Inocencia se asoma a las escaleras. Cober

Su hija Chenchi González, que también ha tenido problema en la rodilla, no había podido visitarla desde hace dos meses. Ahora, tras recibir una intervención quirúrgica ha podido hacerlo. «Subí despacito y luego bajaré de espaldas para no forzar la pierna», expone, «teníamos el desconsuelo mutuo porque ni ella podía bajar a verme a mi casa, ni yo podía subir a verla a la suya».

Su relato pone voz a las barreras físicas que impone la calle Felicidad, una dificultad que se ve agravada ahora por el deterioro que sufre la barandilla en la que se apoyan los vecinos para poder cubrir, de subida o de bajada, los 134 metros de Felicidad.

El barandal está tan carcomido en alguno de sus balaustres que apenas un hilo de óxido lo sujeta al suelo. Ello hace que todo el pasamanos tiemble cuando alguien lo utiliza de apoyo. «Imagina cómo subimos la compra cuando tenemos que agarrarnos aquí», explica otra vecina que prefiere no ser identificada, «esto se ha estropeado porque falta de mantenimiento».

Detalle del deterioro del pasamanos.
Detalle del deterioro del pasamanos. Cober

Este muro escalonado que configura la calle Felicidad dificulta la vida hasta extremos inimaginables. Ya hay supermercados que no le suben la compra. «En Lomo Blanco suben hasta cinco pisos pero aquí dicen que no lo hacen porque se les cae la compra» ya que hay escalones tan estrechos que no aceptan más que la mitad de un pie.

«Estamos trancados como conejos, ellos tienen más libertad», se queja Inocencia Vega, «yo tengo la ayuda de mis hijas, ellas me echan una mano, pero aquí, quien no tiene a nadie, pasa más fatigas que un perro chico».

Ella tiene siempre fresco los padeceres que soportó una vecina, Carmita, en sus últimos días. «Bajó arrastrándose por los escalones para que la llevaran al médico porque no venían a buscarla», recuerda, «al final mi marido la bajó y la llevó al hospital, de donde ya no regresó».

«Hemos visto mucho aquí», resume entre suspiros.

De todo aquello hace años y a ella si la asisten ahora los servicios sanitarios, pero siempre con un gran esfuerzo. Cuando la visitan los servicios médicos y de enfermería del centro de salud de Lomo Blanco «llegan sudando y cansaditos». Si, en cambio, Inocencia requiere de traslado, hay que movilizar un refuerzo de personal para poder afrontar el esfuerzo y que los equipos puedan descansar algo.

Otra vecina sube por la calle Felicidad.
Otra vecina sube por la calle Felicidad. C7

En la calle Felicidad, el Ayuntamiento proyectó una escalera mecánica y una carretera que permitiera el acceso por la parte superior, hace ya quince años, pero ambas iniciativas fracasaron: la primera por falta de espacio y la segunda porque tenía que atravesar suelo rústico.

Por eso, Inocencia Vega insiste en que, por lo menos, «que arreglen la escalera». Recalca que pide para todos los vecinos, para que los residentes de la calle Felicidad tengan «una vida mejor que la tenemos». Y que, por lo menos, el rótulo de la calle no suponga una descorazonadora ironía.

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