Canarias7
Paco Montes de Oca

Opinión

Abuelito dime tú

Después de, ya lustros, en los que cada año, se conmemora el día del padre, 19 de marzo, y de la madre, primer domingo de mayo, a la ONU no le quedó más remedio que festejar, también, el día de los abuelos y lo ha hecho coincidir con el 26 de julio en que la Iglesia católica, honra a los santos Joaquín y Ana, según la tradición cristiana, abuelos maternos de Jesús de Nazaret.

En familias y ambientes de las islas, desde el punto de vista psicológico y antropológico, las novelas del escritor Víctor Doreste describen al abuelo canario como un hombre estoico, alejado de la jarana y el jolgorio propio del mujerío. Corresponde a un carácter taciturno, callado y sufrido, observador, parco en palabrerío hueco, no exento de humor socarrón y oportuno, rasgos psicológicos de intraversión que al hombre canario le ha conferido su entorno y la historia. Cumplían la función de ser mantenedores morales de la familia y sus tradiciones.

«...Era una especie de patriarca juvenil, que daba instrucciones para la siembra y consejos para la crianza de niños y animales, y colaboraba con todos, aún en el trabajo físico, para la buena marcha de la comunidad...» Así se expresa García Márquez refiriéndose al papel de los abuelos en una de las obras cumbres de la literatura del siglo XX. Contadores de pasadas dificultades, trabajos en tiempos de penurias, muchos de ellos supervivientes, resilientes ante tantas contrariedades, pero también orgullosos de pasadas glorias, las biografías de los abuelos están repletas de evocaciones casi míticas, empezando por sus retratos de color sepia que presidían las salas y repisas de los principales cuartos de la casa, siguiendo por las continuas referencias a sus enseñanzas y gestas de las que siempre presumieron sus familiares más directos. Jugaban un papel de alto significado en la transmisión de saberes, habilidades y tradiciones. Las abuelas desempeñaban un papel activo en el hogar cuidando de los niños y participando, según sus posibilidades, en las tareas domésticas y asuntos de educación y crianza de los nietos que, ya en tiempos más modernos, llegan a molestar a los hijos porque creen que les quitan protagonismo y autoridad de padres. Inspiraban respeto y cariño y, en muchos casos, fueron el único apoyo para nietos y nietas huérfanos, cuyas madres trabajaban fuera de la casa o padres en trabajos lejos del hogar, en la mar o emigrantes en países del Caribe y Sudamérica.

«El abuelo canario suele ser de carácter taciturno, callado y sufrido, observador, parco en palabrerío hueco, no exento de humor socarrón y oportuno»

A partir de los años sesenta su papel de referencia dentro del hogar pasó a un segundo plano, cuando no desapareció, por la masiva emigración del campo a la ciudad que supuso un cambio sustancial en la estructura y los hábitos de la vida de las familias. El tipo de familia nuclear que habitó y habita en pisos de urbanizaciones masificadas convirtió a los abuelos en un ser medio inútil, sin ningún tipo de consejo o responsabilidad dentro del hogar, como no fuera llevar a los nietos a la parada de la guagua escolar o el colegio y hacer pequeñas compras en la tienda o supermercado del barrio.

El escritor argentino Ernesto Sabato, con la acertada y fina pluma que une comportamientos globales a ambos lados del Atlántico, los describe como... silenciosos y solitarios que a nadie piden nada y con nadie hablan, sentados y pensativos en los bancos de las grades plazas y parques de la ciudad: algunos, viejos... esos viejos con bastones de jubilados que ven pasar el mundo como un recuerdo, esos viejos que meditan y a su manera acaso replantean los grandes problemas que los pensadores poderosos plantearon sobre el sentido general de la existencia... que indefinidamente miran o parecen mirar a las palomas que comen granitos de avena o de maíz, o a los activísimos gorriones, o, en general, a los diferentes tipos de pájaros que descienden sobre la plaza o viven en los árboles de los grandes parques.

Mientras, las abuelas esperan llenar la casa con los nietos y preparan la comida de siempre, de cuchara y refrito, que a sus hijos sabe a gloria y que si son varones jaranean con sus mujeres: «A ver si aprendes». También se entretienen, las abuelas, cosiendo prendas o haciendo trabajos a aguja barbilla que luego regalan a sus hijos y nietos por Navidad o Reyes. Todas, presas de la nostalgia, mientras miran, una y otra vez, viejos retratos y observan como transcurre la vida del barrio o la ciudad a través del visillo de las ventanas. La mayoría añora la vida de antaño y manifiesta que no se les suele pedir opinión sobre asuntos de las economías familiares o educación de los nietos. Verdad que, en los últimos tiempos, los han convertido en imprescindibles mantenedores de tantas familias en crisis por mor de los que, los mismos y desde siglos, sufren los cíclicos vaivenes la crisis.

Me resulta inadecuado, cuando no indignante, contemplar como las televisiones, para apoyar cualquier reportaje sobre la tercera, cuarta edad o la jubilación, muestran, una y otra vez, las imágenes de una abuela que, en una de las visitas que su familia le hace a su residencia, juega con un avión de juguete para que la nieta se coma el puré de frutas de la merienda o a un grupo de jubilados jugando al dominó en un hogar de jubilados. ¿Por qué la dirección de cualquier empresa de medios o ente televisivo no envía a sus reporteros a grabar, por ejemplo, como un grupo de mujeres, casi ancianas, pintan, junto a sus caballetes en un taller de pintura, cantan en una coral polifónica, un docente o profesional jubilado imparte una conferencia sobre el modo de envejecer activo u otro jubilado, octogenario, dirige, con buen tino y oído, una rondalla de pulso y púa? Sería una forma de enaltecer a gente de la tercera edad y acabar con el manido estereotipo de que los jubilados ocupan la mayor parte de su tiempo en darle de comer a las palomas, salir con una bolsa de un supermercado o ver, acodado en un valla como crece, día por día, un edificio o calle en construcción.

Conviene que se retome la figura de los abuelos como transmisores de imborrables valores, conocimientos, habilidades dadores y receptores de necesarios afectos. Tal como resume la popular y pegadiza canción de la no menos popular serie de televisión de los años setenta Heidi, un canto a la niñez, al cariño que se profesan nietos y abuelos, escucha cariñosa, activa, de nuevas generaciones ante lo que significa el conocimiento, la experiencia, la memoria resumida en la sencilla y evocadora frase de: abuelito dime tú.