Ilustración: Óscar del Amo

Consejos desde la clausura

Tres monjas y un novicio brindan algunas recomendaciones para que no nos supere el confinamiento: «Estos días son perfectos para aprender a valorar las pequeñas cosas de la vida que hacen que todo sea grande»

CARLOS BENITO

Hay momentos en los que el confinamiento se nos vuelve insoportable: nos invade el desánimo, nos devora la monotonía y acabamos dando vueltas por la casa como fieras en su jaula o contemplando el vacío sin ganas de hacer nada. Para algunas personas, la repetición de los días se ha convertido en una prueba muy exigente: a la angustia por lo que está sucediendo, al espanto ante el drama que nos rodea y que a veces nos alcanza directamente, se suma la sensación de estar desperdiciando una porción preciosa de nuestra existencia. Y, sin embargo, hay quienes han elegido de manera voluntaria una vida de enclaustramiento todavía más estricta que esta de nuestra cuarentena, sin las mil distracciones que nos hacen más llevadero el encierro: los 9.000 religiosos de clausura que hay en España son, de alguna manera, los grandes expertos en confinamiento. En estas páginas, tres monjas y un novicio nos brindan algunos consejos para que no nos hundamos emocionalmente durante este trance. Hablan, cómo no, desde su fe, pero lo que dicen mantiene plena validez cuando se traslada a otras creencias.

«Se debe ordenar la vida con un horario. En el monasterio, la vida sigue un ritmo cotidiano, cada cosa tiene su momento, y así también debería ser en las casas. Y hay que procurar cumplir el horario fijado: tiempo para estar reunidos con la familia, tiempo para comer, tiempo para estudiar, para ver la tele, para jugar, para leer...», plantean sor Tiyama y sor Marta, del monasterio sevillano de Santa Paula. Sor Tiyama, priora de esta comunidad de jerónimas, procede de la India y lleva 52 de sus 68 años en el convento, mientras que sor Marta nació en la propia capital andaluza, tiene 53 años e ingresó en el monasterio hace 20. En Santa Paula, en el barrio de San Julián, la campana para levantarse suena a las seis menos diez. En nuestras casas, quizá no haga falta tanto rigor matinal, pero el reloj sigue siendo el mejor aliado para mantener a raya el caos.

«Con los trabajos y las prisas, no se tiene tiempo para estar con la familia. Ahora es el momento de fortificar esas relaciones y disfrutar de los hijos y de los matrimonios», añaden las monjas. ¿No se trata, entonces, de tiempo perdido? «La vida se escapa cada día que pasa, no es cosa de ahora. Perder el tiempo depende de lo que cada uno haga: si se hace lo que se tiene que hacer en cada momento, no es tiempo desperdiciado. De cada momento de la vida se puede sacar una enseñanza buena. Los momentos de prueba pueden ser una oportunidad para crecer, para dar lo mejor de nosotros mismos, para mostrar nuestro amor». Las jerónimas evocan un fragmento del evangelio de Mateo, acerca del hombre que construye su casa sobre arena, de manera que la acaba barriendo cualquier tempestad, y el hombre que la construye sobre firme roca. «Cristo es la roca», concluyen, aunque la parábola es un buen ejemplo de esas enseñanzas que pueden servir igualmente para los no cristianos.

También fray Íñigo María, del monasterio benedictino de Leyre, en Navarra, hace hincapié en la necesidad de imponer una estructura estable a nuestro confinamiento. El joven novicio pamplonés, de 23 años y graduado en enfermería, encuentra en la regla de San Benito una guía útil para salir indemnes de este reto. «Un día ordenado es vital para que no nos coma la rutina. La gente de la calle, como el monje nada más llegar al monasterio, no está acostumbrada a parar, a salir de la espiral de ocupaciones y preocupaciones que tiene el día a día. Pasar de la sensación de que el tiempo se escapa de las manos a aquella en que parece que el reloj se ha parado puede ser muy estresante. Es importante levantarse a la misma hora, seguir un patrón fijo con las comidas...», reflexiona. En segundo lugar, resulta imprescindible cuidar la convivencia, y de eso también habló el fundador de la orden: «Ahora la gente tiene más tiempo que antes para pasarlo con la familia y esto puede asustar un poco al principio. Convivir más hace que surjan más discusiones y, como pedir perdón nos cuesta, todo se vuelve más incómodo. La 'Regla' nos recomienda 'reconciliarse antes del anochecer con quien se haya discutido'. Puede ayudarnos a pedir perdón el experimentar cómo, sin ser perfectos y fallando, nos van a seguir queriendo. Aún podríamos añadir dos herramientas más: aprender a ser agradecidos y a tener paciencia con los fallos de los demás».

Ser como niños

Íñigo, desde su monasterio milenario de la Sierra de Leyre, todavía tiene muy cercana la vida extramuros y entiende bien nuestra zozobra, aunque trata de enderezarla: «Nos pasamos la vida soñando con hacer aquello que tanto nos gustaría si tuviésemos tiempo... ¡Ahora lo tenemos! Hay que aprovecharlo para hablar con aita y ama, con los hijos, con la pareja... Puede ser el momento perfecto para recuperar esa intimidad que la rutina ha podido hacer desaparecer. Tenemos que aprender otra vez a divertirnos de verdad, volver a ser como niños –propone–. Estos días son perfectos para aprender a valorar las pequeñas cosas de la vida que hacen que todo sea grande: la familia, el amor, la amistad... Dejemos una parte importante de nuestro tiempo para cuidar a los demás, para preocuparnos por ellos: esto es lo que nos hará redescubrir que no somos hormigas en medio del mundo, sino personas, que somos amadas y podemos amar».

La idea de aprovechar la crisis para replantearnos nuestras prioridades late en las palabras de todos los religiosos. «Estamos viviendo una ocasión privilegiada, en un entorno muy sencillo, para descubrir que la vida es un regalo, que los gestos más pequeños llenan el corazón, que tenemos la vocación de ser felices, que el silencio puede convertirse en la escuela de las emociones, que la familia crece en la escucha y en la entrega, y todo esto y mucho más sin replegarnos en nosotros, en nuestros miedos, en nuestra oscuridad», argumenta la hermana María Ángeles, del monasterio vallisoletano de Jesús María. Esta concepcionista franciscana, de 50 años y natural de la propia capital castellana, se rebela contra las connotaciones negativas de la palabra 'confinamiento' y contra la idea de la vida contemplativa como un empeño estéril. «Hace ya muchos años que descubrí lo fácil que resulta vivir en la superficie. Nos desenvolvemos bien en ella. La moda, la imagen, la tecnología, los medios de comunicación y tantas cosas van imponiendo con fuerza su querer. Si no hago esto o aquello, pierdo tiempo. ¿A qué llamamos perder tiempo? Si vivo en la superficie, no vivo mi tiempo. Este se me ha dado para disfrutar, para crear, para soñar, para construir, para ver, para dar... La vida se escapa cuando no se posee».

«Nuestras rutinas son las mismas, pero ha cambiado la mirada de nuestro corazón»

Pese a que la propia clausura los resguarda del virus, la pandemia también ha afectado al día a día de los conventos. Por un lado, ha desbaratado algunas de sus vías de contacto con el mundo exterior; por otro, aflige a monjas y monjes con noticias constantes de angustia y sufrimiento. «El coronavirus no ha alterado nuestra vida, no nos supone nada el confinamiento, pero hay muchas personas enfermas que están muriendo solas en los hospitales, muchas personas que lo están pasando mal. Hacemos nuestros esos sufrimientos y los llevamos a la oración», explican sor Tiyama y sor Marta. «Nuestras rutinas, si así llamamos a nuestra forma cotidiana de vivir, no han cambiado en su esencia, pero sí ha cambiado la mirada de nuestro corazón. Nos duelen las muertes, los contagios, la inseguridad del mañana. Nos duele el cansancio de tantos sanitarios que están dando su vida. Nos duele la ansiedad de tantos ancianos que afrontan solos el dolor», añade la hermana María Ángeles desde Valladolid.

En Leyre, ha habido que cerrar las hospederías y el centro de recepción de visitantes y la Semana Santa ha sido atípica: «Ahora hacemos el oficio divino y la misa sin fieles. La gente ya no puede acercarse a rezar con nosotros, ni tampoco a visitar nuestra iglesia románica y el monasterio del siglo XI. El Jueves y el Viernes Santo la iglesia se llenaba, algunas personas llevaban décadas viviendo con nosotros los días más importantes del año para un cristiano. Se les ha echado de menos», lamenta fray Íñigo, que, enfermero al fin y al cabo, también tiene un recuerdo para quienes «están al pie del cañón, demostrando que vale la pena luchar para que el bien reine en este mundo».