Ilustración: Daniela Carvalho

Bodas por lo civil, pero funerales por la iglesia

Seguimos acudiendo a la religión para despedirnos de nuestros difuntos: solo el 18% de estas ceremonias son laicas

Carlos Benito
CARLOS BENITO

El vínculo de los españoles con la religión ha cambiado mucho en los últimos cuarenta o cincuenta años, pero esa evolución avanza a una velocidad diferente en distintos ámbitos. El resultado es un puzle complejo, un espejo roto en el que algunos fragmentos siguen mirando hacia el cristianismo mientras otros le vuelven la espalda. Según la edición más reciente del barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas, el 61% de la población se declara católica (frente al 90% de hace cuatro décadas), pero solo el 35% acude con cierta asiduidad a misa. Ese desfase se acentúa si atendemos a los ritos que marcan nuestra biografía: solo el 20% de los matrimonios se celebran por la iglesia (se han cambiado las tornas, porque, hace treinta años, ese era precisamente el porcentaje de las bodas civiles), mientras que el 82% de los funerales siguen siendo confesionales. Nos casamos mayoritariamente en ayuntamientos y juzgados, pero preferimos despedir a nuestros muertos delante de un cura.

«Todos los años hacemos una radiografía del sector y, en las últimas dos o tres, se aprecia un ligero incremento de las ceremonias laicas. Se dan sobre todo en las grandes ciudades: hay áreas rurales en las que su presencia es irrelevante», resume Alfredo Gosálvez, secretario general de Panasef, la asociación nacional de empresas funerarias. Por supuesto, se pueden encontrar algunas explicaciones a la disparidad entre bodas y funerales civiles. Una es demográfica: la media de edad de las personas que fallecen es muy superior a la de quienes se casan, de manera que parece lógico pensar que entre ellos abundarán más los creyentes. Otra es psicológica: una cosa es contraer matrimonio y otra muy distinta encarar la muerte, envuelta en dudas sobre un hipotético más allá, y ese vértigo ante lo desconocido puede avivar la religiosidad de algunas personas, del mismo modo que en las necrológicas se cuelan a menudo referencias a una existencia posterior (como eso de que un músico muerto «estará tocando ahora» con algún otro colega que le precedió). No obstante, los defensores del laicismo consideran que un factor crucial es, simplemente, la costumbre.

En los dólmenes

«La cultura de la muerte que existe aquí, vinculada a la pena y la tristeza y tan distinta de la oriental, lleva a que la rutina tenga un mayor peso y la gente no se plantee otro tipo de ceremonias. Se mantiene esta cultura de mirar hacia arriba, hacia un más allá», analiza Juanjo Picó, portavoz de la asociación Europa Laica. «La boda es un evento lúdico que se acompaña de una ceremonia –añade–, mientras que en el funeral, sin esa parte lúdica, el componente cultural pesa mucho más. Además, una boda se puede celebrar en cualquier sitio, pero, por cuestiones sanitarias, los funerales implican cementerios, la inmensa mayoría con imaginería religiosa. Los municipios andan renqueantes en este asunto: en muchos cementerios no existen salas multidisciplinares, solo están las capillas, e incluso los hay que siguen siendo propiedad de la Iglesia». Picó hace hincapié en que no se debe malinterpretar su planteamiento: «No pretendemos que los ritos civiles sean competencia de los religiosos, ni muchísimo menos, sino poner cada uno en su sitio: por supuesto, las personas que quieran sus ritos religiosos han de tenerlos garantizados, pero las instituciones públicas deberían favorecer lo civil». Ahí también hay que citar los llamados 'bautizos civiles', actos públicos de bienvenida a los nuevos ciudadanos que «contados ayuntamientos» han puesto en marcha.

«No pretendemos que los ritos civiles sean competencia de los religiosos, ni muchísimo menos, sino poner cada uno en su sitio: las instituciones deberían favorecer lo civil»

JUANJO PICÓ

Las empresas que organizan ceremonias laicas de despedida conocen bien ese peso inconmovible de la tradición. «Sigue siendo difícil difundir esta opción, y más aún en ciudades tan 'marianas' como Sevilla, donde el peso de la tradición católica en las generaciones de personas mayores está muy arraigado. Escuchamos mucho eso de 'a mí me habría encantado despedirme de mi padre de otra forma, pero mi madre quiso hacerle una misa y ponerle la cruz al ataúd, aunque él era ateo hasta la médula'», suspira Alejandra Martínez, que hace un par de años fundó en la capital andaluza LaSiempreViva. Su caso, además, es muy particular, porque no trabaja con tanatorios: «No hay nada más frío e impersonal, con un ambiente cargado de tristeza, con lápidas, urnas y coronas de flores, con desconocidos en traje y nombres en pantallas que señalan a qué sala tenemos que entrar», argumenta. De las ceremonias fúnebres que ha celebrado, la que mayor impresión le causó tuvo lugar en los dólmenes de Matarrubilla y La Pastora: «La organizaron cinco compañeros de trabajo de una persona amante de la historia. El guía de los dólmenes nos acompañó en el recorrido y, después, buscamos un espacio entre olivos para leer unos poemas. Los versos citaban las mariposas y, como añadido a la magia del momento, en ese momento empezaron a revolotear a nuestro alrededor pequeñas mariposas amarillas».

El caparazón del dolor

Quienes ofician las ceremonias laicas suelen mostrarse muy orgullosos de la «humanidad» de estos encuentros, y contraponen su cuidadoso repaso de la vida del difunto con las fórmulas rutinarias de muchos funerales católicos. «En algunos podrían ponerle un código QR al féretro y ya está, porque suelen ser muy impersonales. Nosotros tratamos de hacer una despedida más humana, menos estandarizada», comenta Eloy Pastrana, un actor, músico y monologuista que trabaja como orador para la empresa MúsicaXcerimòniA, fundada en Barcelona en 2011. «Tenemos que conectar con la familia para hacer un homenaje póstumo de la mejor manera, un breve viaje por la vida de la persona. Al principio suelen estar muy cerrados, con el caparazón del dolor, y hay que abrirlo para que te den el máximo de información. A veces no saben por dónde empezar. Ahí podemos ayudarles: ¿dónde nació, tenía hermanos...? Normalmente, el caparazón se abre y, a veces, empiezan a afluir los recuerdos y se produce un verdadero bombardeo». ¿Por qué cree que los funerales laicos no se han impuesto al nivel de las bodas? «Parece claro que a una persona, qué sé yo, anticlerical y anarquista no se le debe dar el último adiós en una iglesia, pero a mucha gente le cuesta asumir la idea de la ceremonia laica: por educación, por cultura, por arraigo y también por el qué dirán, que en esto rige mucho. A veces anteponemos nuestras ideas a las del difunto: la familia hace lo que cree más correcto, aunque no sea lo que él deseaba. Se impone la costumbre, el 'siempre se ha hecho así'... ¡Hay tantos clichés en nuestra vida!».

«Escuchamos mucho eso de 'a mí me habría encantado despedirme de mi padre de otra forma, pero mi madre quiso hacerle una misa y ponerle la cruz al ataúd, aunque él era ateo'»

ALEJANDRA MARTÍNEZ

Lo que parece claro es que estos meses de pandemia, con tantas muertes en soledad y tantos funerales sin abrazos, nos han vuelto dolorosamente conscientes de la importancia que tienen en nuestras vidas los ritos, sean laicos o religiosos. «Los rituales son herramientas poderosas y positivas, pueden ayudar a crear hábitos y a fortalecer relaciones, tan debilitadas actualmente por el miedo a contagiarse», asiente Alejandra Martínez. Y Alfredo Gosálvez, el representante de las funerarias, aporta un dato significativo: «El 90% de las personas que han perdido a algún ser querido en la pandemia y no han podido tener el correspondiente rito funerario han querido recuperarlo de alguna manera después, cuando ha vuelto a ser posible. Es nuestra cultura».

Del marido maltratador a los recordatorios que valen por un carajillo
Eloy Pastrana, orador en funerales laicos. / MúsicaXcerimòniA

Una característica de los funerales laicos es su flexibilidad, que permite ajustarlos a la personalidad del difunto. La mayoría de la gente prefiere despedidas tirando a convencionales, pero el orador Eloy Pastrana ya ha vivido unas cuantas ceremonias inolvidables por su singularidad, a veces marcadamente excéntrica: «La idea es respetar al máximo los deseos de la persona. He visto brindar con cava por el difunto, que lo había querido así. Otro pidió que se hiciesen recordatorios en los que, por detrás, decía 'vale por un carajillo en el bar Manolo', y la cosa iba en serio. O está el hombre que murió de cáncer de pulmón y quiso ser incinerado con cartones de Ducados», repasa a bote pronto.

No obstante, en su repertorio de anécdotas siempre acaban imponiéndose dos, más bien amargas. «Una vez, me encontré con una familia cerradísima y, al final, la viuda me dijo de su marido: 'Era un hijo de puta'. Mi cabeza se puso a doscientos por hora. Y, cuando me empezó a relatar por qué lo decía, se me puso a cuatrocientos, porque la mujer tenía toda la razón. No pude evitar preguntarle por qué se gastaba el dinero en una ceremonia para él, y me dieron ganas de aplaudirle cuando respondió: 'Que él haya sido un hijo de puta y nos haya maltratado toda su vida no significa que nosotros también lo seamos'. También me dijo que lo iba a incinerar porque no se fiaba de que no se levantase de la tumba». ¿Y la otra anécdota? «Fue una ceremonia a la que no acudió nadie. Sobre el féretro del señor había unas flores con una banda que decía 'de tu familia que te quiere', pero allí no se presentó ni el tato: estábamos los tres músicos y el orador y se sumaron el gerente del tanatorio, el cura, uno de los mozos y el de la aseguradora. Hicimos la ceremonia, claro. Después lo investigué y había sido el propio hombre quien organizó su funeral, porque estaba solo en la vida», aclara Pastrana.

De todas formas, la mayoría de los funerales laicos se ajustan a los cánones de la emoción compartida. «Uno que recuerdo con mucho cariño fue el de un chico extranjero, un trotamundos que falleció en Barcelona y estuvo en el depósito un mes, hasta que se logró localizar a la familia. Estábamos solos los padres y yo y la madre trajo un cedé de Verdi: nos quedamos allí los tres, escuchando la música junto al féretro, compartiendo ese rato con su hijo».