https://static.lasprovincias.es/www/menu/img/pantallas-desktop.png

VEECTEZY

De cómo le puse los cuernos a mi santo con Don Draper

Los adulterios seriéfilos ya tienen nombre: Netflix cheating, y pueden ser causantes de discusiones de pareja

Rosa Palo
ROSA PALO

Y entonces pasó lo que tenía que pasar. No fue planificado, aunque sí inevitable. Él me dio un beso y se marchó; yo me quedé desayunando mientras veía las noticias. Acabé la tostada, cogí el mando para cambiar de canal durante la publicidad y, aún no sé cómo (sigo sin saberlo, he repasado la escena en mi cabeza cientos de veces, pero no lo sé, no sé qué me llevó a hacerlo), puse 'Mad Men'.

Vi un capítulo. Y luego otro. Y otro. No trabajé, no hice la compra. Cuando llegó la hora de la comida no tenía nada que echar a la olla, así que improvisé unos huevos fritos con patatas. La comida del cabrón, que decía mi tío Pepe. Fue un adulterio de mañana y de jornada laborable. Y justificado: el día anterior había estado esperando a mi santo para ver un capítulo juntos y, cuando al fin nos sentamos en el sofá, se quedó traspuesto a los cinco minutos. Qué digo: no terminó ni los títulos de crédito. Y si él se duerme, yo tengo que parar el episodio hasta que los dos podemos retomar la serie. Así que me quedé compuesta y sin Draper.

Don Draper, en 'Mad Men'. / RC

Por eso sucumbí a la tentación. Una tentación hermosa y doméstica, al alcance de la mano, como el bizcocho de manzana que guardas en la alacena. Y me pilló, claro. Se dio cuenta cuando, al retomar el capítulo esa noche, en lugar de prestar atención a la pantalla yo estaba mirando el móvil todo el rato. «Tú lo has visto ya», me dijo. «No, qué va», negué. Seguí negándolo, pero no coló. Y se enfadó. Mucho. Me preguntó varias veces el porqué, y no supe qué contestar. Finalmente, lo único que acerté a alegar en mi defensa fue que yo había prometido serle fiel en la pobreza y en la riqueza, en la salud y en la enfermedad, pero que de series el cura no había dicho nada de nada. «¡Ahora va a tener la culpa el padre Florencio!», me dijo cabreado. Apagó la televisión y se acostó.

Desafortunadamente, no somos los únicos que han vivido una situación tan triste y dolorosa como esta, que los adulterios seriéfilos ya tienen nombre: Netflix cheating. Lo que viene siendo poner los cuernos en Netflix, vamos, aunque el nombre de la plataforma es lo de menos. Puedes ponerlos con HBO, Amazon Prime Video, Disney Plus, Movistar Plus+, Filmin o Apple TV+. Puedes ponerlos hasta con alguna serie de La 1, si te pilla con la guardia baja y el cuerpo tonto. Y eso demuestra que ver series en pareja es más difícil que remar coordinadamente en un kayak de dos plazas.

Primero tienes que cuadrar los horarios: hay más posibilidades de organizar un encuentro entre presidentes de comunidades autónomas que de poner de acuerdo las agendas. Después, habréis de encontrar una serie que os guste a los dos: si tú quieres ver un dramón, a él no le apetece; si él está más por una comedia ligera para no calentarse la cabeza, tú dirás que la crítica la ha puesto fatal. Total, que acabas dando una putivuelta por todas las plataformas hasta que hallas la serie de consenso. Y eso es lo peor: la serie de consenso no es ni chicha ni limoná y, en realidad, no os termina de gustar a ninguno. Pero ahí estáis, aguantando. Sosteniendo vuestra relación a través de una ficción.

Puede que, además, entre en juego el tema de los subtítulos. Otra discusión. Y, por último, los parones: que si vas al baño, que si se levanta a coger una magdalena, que si tienes que contestar un wasap, que si te pregunta «Pero ¿este no se había muerto?» En fin. Todo lo que siempre quisiste saber sobre las relaciones, pero nunca te atreviste a preguntar.

Viendo que nuestra armonía conyugal pendía de un hilo digital, fuimos a terapia de pareja. La psicóloga nos aconsejó que nos convirtiéramos en un matrimonio abierto, liberal, pero que mantuviéramos una serie común que fuera nuestro lugar de encuentro, nuestro momento de disfrute, nuestra particular comunión catódica, nuestro tálamo pantallil. Ahora, cada uno ve las series que quiere cuando puede, pero tenemos una que compartimos. Y esa es intocable, sagrada, inviolable. Ninguno de los dos puede ver un episodio por separado, y tampoco se puede abandonar si no existe acuerdo previo de ambas partes. Pero sigue vigente la cláusula más difícil de cumplir: si uno se queda dormido, el otro renuncia a ver el capítulo hasta que haya oportunidad de hacerlo juntos.

Esta noche empezamos serie nueva. Como se quede traspuesto, me divorcio.