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Hotel Magnolia.
Cosas de Texas. Dallas

Coma y... punto

Cosas de Texas. Dallas

Crónicas gastronómicas y viajeras de Mario Hernández Bueno, Premio Nacional de Gastronomía

Mario Hernández Bueno

Las Palmas de Gran Canaria

Sábado, 25 de mayo 2024, 23:03

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Algún amigo no entendía el porqué de mi próximo destino en América. Tenía mis motivos. Unos emotivos; otros, pura mitomanía. Nadie es perfecto. Tras 14 horas viajando llegué con Tania a Dallas. Y un día durmiendo.

El hotel Magnolia Dallas Downtown avisa de esa épica norteamericana: el salto del vacuno al petróleo, del caballo al jet privado; y me recordó a 'Gigante', aquella magnífica película que recoge esa parte de la Historia norteamericana. Y una muestra de esa mitomanía sería visitar el pueblo de Marfa.

El Magnolia es un rascacielos de 129 pisos y fue el más alto del Estado. Se diseñó para albergar las oficinas de la cia Mobil Oil. Levantado en 1922 fue reconvertido en hotel en 1999 y constituye una muestra de esa ostentación que se generó tras el inacabable chorro de oro negro. Enfrente se sitúa otro rascacielos: las oficinas AT&T., y a su lado una plaza en donde, al día siguiente, se conmemoraría el nacimiento de Selena y la proyección de un vídeo alusivo en una pantalla de unos 100 m2.

Réplica del fusil de Oswald.
Réplica del fusil de Oswald.

La guapa texana, de orígenes mejicanos, fue asesinada a los 23 años por la jefa de su club de fans. Todavía en Gando, una joven dependienta, tras oír que viajaba a Texas, manifestó que la ilusión de su vida era ir a Corpus Christi y visitar el museo de la cantante. Yo tenía planeado llegar a esa ciudad; por lo que esas dos manifestaciones en favor de un ídolo de los hispanos añadió una curiosidad: visitar el museo. Y allí se daría una anécdota que, seguro, sorprendería a aquella joven grancanaria.

A las afueras de la ciudad se filmó la serie que durante años nos tuvo embelesados frente al televisor: 'Dallas'; y en pleno centro se encuentra el escenario de la primera abolladura, un signo de vulnerabilidad del Imperio: el asesinato de Kennedy, y comería el famoso horneado texano: la BBQ. Así que, tras aquel sueño eterno, tenía por delante algunas de las motivaciones del viaje, y comencé por deambular en la zona donde se produjo el magnicidio.

Después fui al edificio de ladrillo rojo desde donde disparó Lee H. Oswald. Hoy, un museo muy visitado.

El servicio de mesa que nunca pudo usar Kennedy.
El servicio de mesa que nunca pudo usar Kennedy.

En verdad que el lugar fue bien elegido. La curva cerrada, justo delante del edificio, obligó a la lenta comitiva a que se condujera más despacio. Además, en los laterales de la calle hay unos setos plantados de césped y unos matorrales, perfectos para ocultarse un francotirador. Ver en la calzada los dos puntos señalados con pintura, que indican donde hicieron blanco los disparos, sobrecoge.

Era por la mañana. Había algunas personas y subí con ellas a la planta 6ª, que fue un almacén de libros. El espacio, unos 500 m2, aparece repleto de recuerdos. Hay fotos de la vida cotidiana en Norteamérica por aquellos prósperos, irrepetibles, años sesenta; fotos de los Kennedy… Incluso la vestimenta de Jack Rubi… O la réplica del fusil de Oswald, el auténtico permanece en el almacén de pruebas forenses. O el mantel, la vajilla y los cubiertos que iba a utilizar el presidente en un almuerzo, organizado en su honor, para después del paseo. Fue interesante, como, asimismo, la inexcusable tienda de merchandising donde se pueden adquirir desde la réplica de las gafas de sol de John (yo piqué. Cosas de mitómano) a los fulares de Jackie (aquí picó Tania).

«El pequeño restaurante» obra de Eduard Vuillard. Una de las obras expuestas.
«El pequeño restaurante» obra de Eduard Vuillard. Una de las obras expuestas.

Pero a la nostalgia y la mitomanía se añadierían casualidades. Bajo el título The Impresioist Revolution. From Monet to Matisse, se exponía en el Museo de Arte noventa obras de celebrados impresionistas galos. Fue una gran ocasión para contemplar pinturas del movimiento pictórico que abjuró del clasicismo y dio al artista rienda suelta para que explorara otras técnicas y se expresara libremente. Algo que siempre me ha recordado a otra revolución: la culinaria Nouvelle Cuisine. Surgida un siglo después, dejó atrás el clasicismo de la Alta Cocina, perfeccionada por cocineros tratadistas como Gouffé, Careme o Marin, y dio a los jóvenes cocineros, con talento, vía libre para confirmarse como artistas.

Revoluciones que aun hoy gozamos, y padecemos tanto con la plástica por unas discutibles abstracciones en las que valen hasta las de los chimpancés; como con la culinaria, que ha especulado en un vanguardismo con el que algunos estúpidos han querido sobresalir hasta con «deconstrucciones» de platos.

Hornos-ahumadores de la Terry Black; El menú para dos del Terry Black; y Barbacoa Terry Black.
Imagen principal - Hornos-ahumadores de la Terry Black; El menú para dos del Terry Black; y Barbacoa Terry Black.
Imagen secundaria 1 - Hornos-ahumadores de la Terry Black; El menú para dos del Terry Black; y Barbacoa Terry Black.
Imagen secundaria 2 - Hornos-ahumadores de la Terry Black; El menú para dos del Terry Black; y Barbacoa Terry Black.

Tras no pocas referencias decidí comer la auténtica BBQ texana en el restaurante Terry Black. Lo primero que se ve es una gran terraza llena de comensales y antes de entrar se admira un enorme habitáculo donde hay decenas de hornos ahumadores. Dentro ya, en un inmenso y abigarrado comedor que me recordó al de la mili, comencé una larga cola que me llevó al mostrador de las ensaladas y las guarniciones: guisantes y habichuelas, amén de tomar, desde una gran cubeta con mucho hielo, las bebidas: gaseosas y cervezas. Finalmente, desde un largo mostrador, varios operarios tomaron nota del pedido. Yo opté por costilla de vacuno (200 gramos de carne limpia) y Tania por dos lonchas de brisket, 200 gramos de pecho de vaca y una salchicha. Las ensaladas fueron papas con mayonesa y la Coleslaw que las sirvieron en «cuencos» de un burdo cartón marrón y, del mismo color, un trozo de papel a modo de plato. Cubiertos de plástico. Cubos para los desperdicios.

No me gustó: la carne pierde su genuino sabor en favor del mejunje con el que las pincelan y el fuerte aroma del humo, que lleva horas. Con una cerveza y un agua, 95 euros. No vi un solo camarero y está siempre lleno. Se da de comer cada día a cientos, quizás miles, de personas con una plantilla de no más de quince empleados. Y visto el producto: el más barato, pensé: «Este es el mejor negocio de Dallas». ¡¡Al carajo el oro negro!!

El último paseo.
El último paseo.

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