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Obra: 'Tsunami', Vesnapopart
¡Yo acuso…! (J'accuse…!)
¿Te lo imaginas?

¡Yo acuso…! (J'accuse…!)

Miguel Ángel Rodríguez Sosa

Las Palmas de Gran Canaria

Domingo, 23 de junio 2024, 22:55

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Mi deber es hablar, no quiero ser cómplice, mis noches serían atormentadas...», escribía Émile Zola hace ya 126 años en el diario republicano francés L'Aurore, en un articulo dirigido expresamente al presidente de la República Francesa para denunciar a los culpables de uno de los juicios más famosos de la historia, el caso Dreyfus.

El tiempo es una de las pocas certezas que tenemos en la vida. Nacemos, crecemos, aprendemos, amamos, sufrimos, y, al final, nos marchamos. Para mí, por la edad que tengo, ese momento cada vez esta más cerca y me doy cuenta de la importancia de despedirme con la conciencia tranquila. La tranquilidad de saber que he vivido de acuerdo con mis principios, que he amado y he sido amado, y que, en la medida de mis posibilidades, he contribuido a mejorar la humanidad. No se trata de haber sido perfecto, sino de haber sido auténtico. Todos cometemos errores, y yo no soy la excepción. Pero es fundamental reconocer esos errores, aprender de ellos y esforzarse por ser mejor. Mirando hacia atrás, veo los momentos en que tomé decisiones difíciles, a veces costosas y dolorosas, pero siempre con la intención de hacer lo correcto. Esa es la paz que busco llevarme, la certeza de haber actuado con integridad.

Cada uno de nosotros tiene el poder de influir positivamente en el mundo, sin importar cuánto de pequeño o grande sea nuestro círculo de influencia. Con este articulo, dirigido a toda la ciudadanía y en especial a las personas que participan activamente en política, pretendo denunciar los graves errores que los partidos políticos democráticos están cometiendo y cuánto nos están afectando. Estoy convencido de que si seguimos como hasta ahora, la humanidad va a colapsar. Mi propósito es ayudar a identificar estos errores, para que se puedan corregir. Pretendo también remover conciencias sobre problemas que podrían no ser evidentes para todos, educarnos y poder movilizarnos para actuar y apoyar cambios positivos en la sociedad. Siento que denunciar estas situaciones es esencial para construir una sociedad más justa, equitativa y democrática.

Y es que lo que parecía imposible, ahora parece inevitable. En pleno siglo XXI no tenemos garantizados los derechos humanos y las democracias están en peligro o han fracasado directamente en muchos países. Estamos viviendo un momento histórico, la amenaza del crecimiento de los populismos y autoritarismos es real y el hecho de que este avance sea lento, pero inexorable, no debería ser menos preocupante, al contrario, con el paso del tiempo aumentan sus apoyos. Si a esto le sumamos que la nueva situación mundial parece estar llevándonos a un escenario en el que los patriotismos y proteccionismos ganan mayor protagonismo, las opciones políticas llamadas de extrema derecha aumentarán todavía más, en el mundo y también en España y Canarias.

Ante este escenario, como Émile Zola, yo acuso a los partidos políticos, grandes y pequeños, de derecha y de izquierda, nacionalistas y estatales, de estar más pendientes de sus intereses particulares que de atender el interés general. Los que gobiernan quieren mantenerse en el poder a cualquier precio. Los que están en la oposición conseguirlo, también a cualquier precio. Cooperar, colaborar, pactar o trabajar juntos, es en este momento tan impensable como urgente y necesario. Han convertido la política en una industria, en un circo y cada día nos dan un espectáculo grotesco, con sus insultos y descalificaciones. Se han olvidado de que su única obligación es representar a la ciudadanía, resolver nuestros problemas, atender nuestras demandas, gestionar bien nuestro dinero. Esto no va de tener la razón, de conseguir el poder o garantizarse un sueldo a final de mes. Esto va de mejorar la convivencia, de garantizar la igualdad de derechos, de facilitar que cada persona pueda desarrollar su proyecto de vida, esto va de justicia social y humanidad, de ganar todos.

Son responsables, por acción u omisión, de la corrupción en todas sus formas, de la ignorancia política de la mayoría de la ciudadanía, de la crispación y la polarización, de utilizar recursos públicos para obtener apoyo político, de la gran deuda que tenemos, de la inflación, de que paguemos cada vez más impuestos y que los servicios públicos funcionen mal, de que haya mucha e innecesaria burocracia, de no ejecutar los presupuestos, de no atender a lo importante, de la falta y el encarecimiento de la vivienda, de la pobreza infantil, del desempleo juvenil, de la desatención de nuestros dependientes y los espacios naturales, de permitir que se suban indecentemente el sueldo muchos cargos públicos, de enchufar como asesores y cargos de confianza a compañeros y compañeras del partido sin ninguna formación para el puesto que van a ocupar, de premiar la mediocridad, de la deriva peligrosa que estamos contemplando, donde el partido es el líder, ellos o ellas deciden y todos los demás obedecen o son expulsados. Son responsables de que la clase media esté desapareciendo, de que la mayoría lleguemos a duras penas a final de mes y de que cada vez más personas necesiten ayudas públicas para sobrevivir, de que la desigualdad esté aumentando.

Son responsables, por tanto, de que cada vez más personas hayamos perdido la esperanza y la confianza en sus partidos, de que muchas se abstengan de ir a votar o voten a partidos populistas. Y no es que estos votantes sean malas personas o ignorantes (bueno un poco/mucho si que la mayoría lo somos, políticamente hablando), es que el hartazgo de la gente aumenta cada día. La percepción es, casi generalizada, de que los partidos tradicionales no son capaces de adaptarse a los cambios sociales y económicos. Los partidos populistas están aprovechando este descontento ciudadano ofreciendo soluciones simples a problemas complejos y presentándose como la alternativa a la 'vieja política'.

Se nos avecina un Tsunami, ya se ha creado ese vacío que nos está arrastrando hacía atrás, luego llegará la gran ola que nos aplastará a todos, porque nadie saldrá ganando si esto sucede. Para evitarlo, tenemos mucho que cambiar. El antídoto a los populismos es mejorar la democracia y la gestión de los problemas que nos afectan. Para conseguirlo se requiere una reforma profunda del sistema político para poder restaurar la confianza y asegurar que las instituciones democráticas funcionen de manera efectiva y representativa. Hace falta contar con el mejor talento de la sociedad para adelantarse a los populistas y poder prevenir o solucionar los problemas que preocupan a una parte importante de la ciudadanía como, por ejemplo, el de la inmigración. La consejera de Bienestar Social del Gobierno de Canarias ha llegado a declarar que «estamos en situación de guerra: esperamos 11.000 menores más y ya planeamos montar carpas». Si esta situación no se resuelve bien, generará conflictos y rechazos importantes. Nos jugamos mucho. Para ganar elecciones hay que tener un programa que dé respuesta, también, a la inseguridad económica que sufrimos los ciudadanos, no valdrá solo con volver a plantear el miedo a que gobierne la extrema derecha.

Y la ciudadanía, qué podemos hacer, pues debemos exigir más participación ciudadana, referéndum vinculantes donde decidir las políticas a seguir. Rebajar la crispación, educarnos social y políticamente para proteger la democracia, porque hacerlo es proteger el futuro. Aunque pueda parecer una tarea imposible, tenemos que contribuir a mejorar la humanidad. No todos estamos destinados a ser héroes o personajes públicos, pero estoy convencido de que nuestras pequeñas acciones cotidianas tienen un impacto muy significativo. La mejora de la humanidad no se mide solo en grandes logros científicos o en gestas heroicas, se mide también en esos pequeños detalles, en el respeto por los demás, en la solidaridad con los más vulnerables, en el esfuerzo por ser una persona honesta, en actuar en consecuencia, en denunciar las injusticias, en poner nuestro granito de arena. ¿Te lo imaginas?

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