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Bardinia

Mudanzas, tribulaciones e imbéciles

Emilio González Déniz

Las Palmas de Gran Canaria

Martes, 18 de junio 2024, 10:32

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Escribió San Ignacio de Loyola que en tiempos de desolación no hay que hacer mudanza, aunque luego alguien cambió la palabra desolación por tribulación, cuando es obvio que no es lo mismo la devastación y la ruina que equivale a la primera que la angustia o la desdicha que es la segunda. El caso es que el fundador de los jesuitas aconsejaba no hacer cambios cuando las cosas no están claras. Es obvio que, creyente o no en sus ideas religiosas, hemos de convenir que el de Loyola fue un hombre inteligentísimo y con unas habilidades sociales que aún hoy se proyectan en sus sucesores, razón por la cual no han gozado de muchas simpatías en el Vaticano de los últimos 500 años.

Para empezar, si cuando hay problemas (sean desolaciones o tribulaciones), nos aferramos a dejar las cosas como están, nunca se producirían cambios y por lo tanto habría sido como ponerle pausa a la evolución de la Humanidad. Se me podría decir que los cambios han de hacerse en tiempos de bonanza, pero en estos, si es que alguna vez alguien pensó que lo eran, no iban a hacer cambios, porque lo que funciona no se toca. Ya diría Einstein más tarde que si queremos obtener resultados diferentes no podemos hacer siempre lo mismo. Es decir, los grandes cambios se producen y nunca se acaba de saber muy bien por qué. La gracia es que, después de muchas tiranteces y que incluso durante la Ilustración el Papa disolviera la Compañía de Jesús, ahora mismo es un jesuita el que se calza las sandalias del pescador. Lo que es evidente es que los conflictos de los jesuitas con los estados y con la Iglesia Romana tienen casi siempre su base en que a sus componentes les daba por pensar, y se metían a hacer cambios. Es decir, que se pasaron una y otra vez las normas del de Loyola por el arco del triunfo, y muchas veces fueron vistos como los nuevos Templarios, porque han llegado a alcanzar en algunas épocas enormes cotas de poder, y eso al Vaticano y a las coronas europeas (salvo a la zarina Catalina de Rusia, que los protegió).

Vivimos tiempos de desolación y por consiguiente de tribulación, de eso no hay duda. Y empezamos a no entender la lógica que se aplica aquí, en Madrid y en todo el planeta. De manera que nos asaetean con conspiraciones que ya habrían querido dirigir los jesuitas expulsados de España por Carlos III, organizaciones secretas y revoluciones cósmica por todas partes. Los adivinadores e intérpretes de la realidad y el futuro están forrándose a costa de la ignorancia y la desesperación. Hoy se lee todo, desde las mancias tradicionales como la lectura de las manos, las cartas o los posos del café, a otras más peregrinas o exóticas, como la suelta de cangrejos en una cesta o cualquier otra manera. Hay quien hasta lee las nalgas. No es raro que tengan nutrida clientela en un mundo en el que los y las llamados «influencers» tienen legiones de abonados, que siguen sus consejos sobre asuntos médicos, económicos o psicológicos sin haber pisado nunca siquiera el vestíbulo de una universidad. Estamos en la era de la ciencia infusa. Las consecuencias suelen ser catastróficas.

¡Ah, y los extraterrestres y seres de otras dimensiones! No es una novedad la teoría de que los alienígenas anduvieron por aquí en tiempos remotos, o que incluso continúan infiltrados entre nosotros quitando y poniendo reyes y llevando a la Humanidad a donde ellos quieren. Libros, películas y documentales de canales supuestamente serios se nutren de renombrados investigadores que aseguran que las pirámides eran generadores eléctricos o que los mayas o los sumerios hablaron directamente con astronautas de otros mundos, que confundieron con dioses por sus extraordinarios poderes. No solo refutan toda la ciencia histórica y los trabajos arqueológicos, sino que directamente los desprecian y los tienen

como parte de una gran conspiración de silencio en el que han estado y están todos los gobiernos del mundo (pronto nos enteraremos de todo, seguro que Milei acabará largando). Es más, los hay que aseguran que hombres singulares como Leonardo Da Vinci o Nicola Tesla tenían contactos estelares (incluso hay quien afirma que estas figuras eran extraterrestres o híbridos).

Lo paranormal manda, y a veces me sumo a lo de las conspiraciones porque tratan de explicar hechos históricos con insinuaciones esotéricas que podrían exonerar a los culpables en las conclusiones que saquen los desprevenidos. Se especula, por ejemplo, con Federico García Lorca, al que convierten en cinco minutos en una especie de chamán adivinador y casi en un ángel exterminador, porque toman unos versos en los que habla de su propia muerte. El misterio del asesinato de Lorca nada tiene de paranormal; todo el silencio cómplice o miedoso que rodea su muerte es el fruto deseado por los asesinos, no otra cosa. Se dijo, como gran ejemplo del misterio, que, aunque Lorca habló muchas veces para las cámaras de cine y para los fonógrafos, no se conserva ni un solo registro de su voz. Eso no es un misterio, se trata de la concienzuda limpieza que trató de hacer el franquismo de una voz que sonaba muy fuerte y en contra. Lo raro es que aún haya películas mudas y fotografías, tanto era el odio que atrajo el gran Federico. Por eso me parece indignante que se trate de convertir en un hecho esotérico algo que fue, ni más ni menos, que un vil asesinato, meditado con saña porque temían que Federico, incluso después de muerto, fuese un catalizador de la rebelión.

Y así andamos, como en una de las variadas versiones del viejo proverbio, dicen que judío: «No te acerques a una cabra por delante, a una mula por detrás y a un imbécil por ninguna parte». Y eso es lo que quieren, que nos volvamos imbéciles, porque como tales nos tratan

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