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Cocinera en la calle principal de Nuevo Laredo vendiendo sus productos. Mario Hernández Bueno
Cosas de Texas: Eagle Pass-Laredo (V)
Coma y... punto

Cosas de Texas: Eagle Pass-Laredo (V)

Y antes de abandonar Eagle Pass -otrora zona caliente de la inmigración ilegal- sin dejar el motel, pero sí el desayuno para desdichados astronautas, salimos a por el english breakfast en el restorán Skillet's, que nos recomendó la honesta recepcionista.

Mario Hernández Bueno

Las Palmas de Gran Canaria

Sábado, 22 de junio 2024, 22:58

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Cruzamos la carretera; nos adjudicaron mesa y vino una señora activa y nervuda. La dueña. Ordenamos dos chocolates calientes y yo opté por un par de huevos fritos con bacón y Hash brown potatoes. Y a pesar de que el extenso comedor estaba prácticamente lleno, el pedido llegó con el tiempo justo para que no comenzara el malhumor que propicia el hambre mañanera. Los huevos los pasaron por ambos lados; se lo hice ver a la dueña: ¡Ah! a usted le gusta cara al sol. Me estremecí un poquito. Lo reconozco. Y le dije: Si eso lo dice usted en mi tierra la ponen bonita. No lo entendió.

Otra controversia se dio con las Hash brown potatoes: «virutas» de papas doradas; en realidad vino un Rostí (se ve en la foto), el sencillo y estupendo invento suizo. Se sancochan papas con la piel y se sacan pizco antes de que estén hechas; se dejan en la nevera hasta el día siguiente; se pelan y se pasan por el hueco más grande del rallador; se toma una sartén pequeñita con mantequilla, generosamente; se coloca un puñado de «virutas» y se aplastan suavemente con la espumadera hasta que queden doradas por ambos lados.

British breakfast con un rostí en lugar de las Hash brown. Mario Hernández Bueno

Es guarnición para platos de carne, en especial con salsas con nata; los suizos la sirven con la Blanqueta de ternera a la moda de Zúrich. Plato bandera del Kronenhallen de Zurich. Solemne comedor público con una fantástica pinacoteca y cien años ya en la primera línea. Para las Hash brown potatoes se toma un puñado de «virutas»; se disponen en una plancha caliente y sobre un pedazo de mantequilla fundida y se van moviendo, salteando, hasta que casi todas estén doradas.

Con un «cara al sol», frito en la grasa que libera el bacón y lonchas crujientes de éste, es bocatto di levántate y anda. Leche fresca o café; y, si se está de antojo, una tostada untada con mermelada (naranja) o confitura de melocotón. Los momentos exactos para darle un bocado a cada cosa es un asunto privado. Sin embargo, el purista sentenciará que esos productos, tan grasosos (bacón, huevos y, a veces, salchichas), han de casarse con un tinto, pero yo siempre veo a esos paladines de la ortodoxia gastronómica acompañándolos con tazas de café americano. Y tan felices.

Y nos pusimos en marcha camino de Laredo. Veíamos algo más de vegetación y, luego, muchísimos árboles bien alineados; pregunté en una gasolinera y me dijeron que eran plantaciones de nogales pecanos. Y ya en Laredo fuimos a comer a un recomendado restorán mejicano: Palenque, de lustroso comedor.

Cortesía de el Palenque. Mario Hernández Bueno

Pedí Mar y montaña para dos: lomo alto; Pollo poblano relleno de puré de frejoles rojos y cubierto de queso fundido; jalapeños, cuatro langostinos del número uno alabardados con bacón y emparrillados y, aparte, Arroz con verduras, Pico de gallo, par de porciones de Guacamole y un tazón con un rebogado o potaje de judías. Y antes, de cortesía, puré de judías, tortillas, nachos y salsas. Con un Flan, un pudding y un par de cervezas 77€. Un inacabable festín, un totum revolutum servido magníficamente por una joven camarera. Obviamente mexicana: Cory. Un encanto.

Mar y montaña de el Palenque

Y a la salida el grueso de los camareros nos esperaba en la puerta y, como niños, nos preguntó por qué habíamos venido a Laredo. Para conocer a Cory, les dije. Y todos se rieron mucho. Y yo me reconcilié con la comida mejicana (a pesar del batiburrillo) y reafirmé mi amor a Méjico y su gente.

Arroz con verduras y rebogado de judías de el Palenque. Mario Hernández Bueno

Laredo no llega los 300 mil habitantes y podría ser otra ciudad binacional pues al otro lado del Río Grande, que por allí lo vi chiquitito, esta Nueva Laredo. Ambas villas surgieron en Nuevo Santander, provincia de la Nueva España, a mediados del XVIII. Y volví a vislumbrar la posibilidad de pasar a Méjico; y, de tanto preguntar, en la recepción del hotel se formó un pequeño comité de estudio entre los empleados, todos de origen mejicano, y acordó que podíamos cruzar el puente y pasear solamente por la calle principal, que es continuación de aquel.

Y además, una limpiadora, cepillo en mano, soltó una información motivadora; dijo que había un mercado al poco de entrar en esa calle y desviarse un poquito hacia la derecha. Y tras la promesa de no callejear, salimos, no sin cierta mosca, a visitar Nuevo Laredo.

Cocinera en la calle principal de Nuevo Laredo vendiendo sus productos. Mario Hernández Bueno

El hotel, un Marriott, tiene servicio gratuito de microbús para llevar y traer a los huéspedes hasta y desde la cabecera del puente. Y lo cruzamos en minutos bajo las penetrantes miradas y los requerimientos de los pasaportes por parte de adustas policías de frontera. Me recordó a cuando, en 1973, pasé de Berlín Oeste al Este y tuve que detenerme ante aquellos oscuros controles, capitalista y comunista. Avanzamos por la susodicha calle y alcanzamos el mercado, que en realidad es un desvencijado centro comercial en sus horas más bajas y, además, estaba cerrado.

Me llamaron la atención los tantos dispensarios de dentistas, los pequeños y modestísimos restoranes y las tienditas de suvenires. Era todo distinto: la modernidad, el orden… y el ritmo de vida norteamericanos habían dado paso, en unos metros, al Tercer mundo; aparte de que, tras la pandemia de la Covid, el turismo había desaparecido y la pobreza y tristeza comercial se habían agravado. Estaríamos allí no más de dos horas y no sentí miedo alguno. La gente fue amabilísima.

El puente que une las dos Laredo. Mario Hernández Bueno

Y regresamos al punto de salida; nos esperaba la chófer con el microbús. Y entonces recordé aquel artículo que explicaba el origen de las enormes diferencias entre los EEUU e Hispanoamérica. Pero es éste un asunto delicado. Y me abstengo, pues generaría mayores controversias que lo del «cara al sol». Además, deseaba estimularme con que, al día siguiente, llegaríamos a una ciudad costera del Golfo de Méjico y, entre otras cosas, comería pescado y marisco frescos.

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