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Pocos saben que en 1941 es la fecha en la que se funda Tirma y se ubica en el barrio de Guanarteme. Una fábrica que había encontrado su razón de ser en la unión de un grupo de empresarios de la época con actividades parecidas y un mismo propósito.
Poco se habla de la primera semilla de aquella sinergia, tras un viaje a Cuba de uno de sus fundadores quien se trajo de equipaje de vuelta la energía necesaria para convencer e impulsar una fábrica que hoy, más de ocho décadas después, sigue siendo bandera de un territorio, sinónimo de orgullo y pertenencia.
Ya en los años 60 Tirma se traslada y erige la fábrica que hoy en día todos conocemos en la Avenida de Escaleritas y el aroma que se desprende cada día de su actividad marca el paso de vecinos y viandantes desde entonces.
Visitar hoy sus instalaciones, con más de 18.000 metros cuadrados, donde una incesante y deliciosa actividad arranca desde bien temprano y hasta bien entrada la noche, debió ser concebida por un visionario que, sin necesidad de artilugios supo acertar de pleno con el desarrollo posterior y el crecimiento en la demanda de cada uno de sus productos.
Hoy, maquinaria sofisticada y precisa, avances tecnológicos que no permiten ningún margen de error y un equipo humano formado por más de 200 personas, controlan una producción que traspasa las siempre difíciles fronteras isleñas, estando presente en cuatro de los continentes.
Tanto Ana como Laura, responsables del marketing de los productos elaborados en Tirma, coinciden en que una de las claves del éxito es que en Tirma han sido capaces de adaptarse a las tendencias, a los gustos que varían y evolucionan y porque siempre han hecho sentir al consumidor que el producto es suyo y no de la marca.
Una constante que ellos han sabido convertir en una cadena de valor y si bien cada producto ha tenido su propia transformación, si es verdad que, las ambrosías, como ellas las denominan, son las joyas de la corona y a día de hoy siguen manteniendo su receta intacta y sigue siendo absolutamente secreta.
En su fábrica, tal y como ya sucedía desde los inicios, aún se recibe el café en grano verde, desde distintas partes del mundo, todas pertenecientes a ese exclusivo anillo planetario donde se cultivan los mejores granos del mundo. Colombia, Brasil o Vietnam, son parte de las etiquetas que marcan los sacos de toneladas de granos de café.
Tras su elección, selección e importación toca tostar y moler o dejar en grano, bajo exhaustivos controles tanto automatizados como humanos para pasar al posterior empaquetado, donde un meticuloso proceso en carrusel no permite apenas maculatura y donde la temperatura se controla en cada parte del proceso.
Hoy, el café sigue dejando huella en el paladar y, no conformes con eso, evolucionan también no solamente en el producto sino en su tratamiento posterior, dotando a la fábrica de un espacio donde forman a profesionales hasta convertirlos en baristas especializados, porque tan importante es para ellos la calidad de lo que el consumidor se toma, como el cómo ha sido preparado.
Si las ambrosías son parte imprescindible en la vida de todos los canarios, los caramelos «blandos» de Tirma no lo son menos. El proceso, tan riguroso como el del resto de productos, resulta hipnótico y tras vivirlo, se llega a entender el porqué de que unos caramelos roben el corazón y se guarden el recuerdo para siempre.
Planchas de caramelo que caen en cascada, mezcladores, tubos, enfriadores, cortadores, entre otros eslabones de una meticulosa cadena hasta llegar a su clásico envoltorio, tan reconocible y familiar, desde siempre.
Comparten espacio, que no proceso, otro de los clásicos de Tirma, sus carmelos duros de cristal y ahí siguen dos de sus sabores perdurables y característicos como la menta y el anís, entre otros, endulzando a bocaditos tanto los momentos cotidianos como los más extraordinarios.
Probablemente pocos sepan también que la primera marca con la que se comercializaron los chocolates Tirma se denominaba El Boxeador, para luego recibir otros nombres que perduran en la memoria de todos así como aspectos tan entrañables como «la vaquita» que adornaba el envoltorio.
Hoy, chocolate negro, con leche y blanco, se reparten en depósitos de toneladas de deliciosos chocolates, de textura brillante y sedosa tras un exhaustivo y repetitivo proceso de refinamiento, otra de las señas de Tirma que cualquier canario podría identificar con los ojos cerrados. Y sus almendras que, tras una cuidada selección y certificada calidad, rellenan los chocolates desde siempre.
Ana no necesita de ningún esfuerzo para recordar el enorme éxito y la acogida que tuvieron las «Choco Galletas» cuando llegaron al mercado, de hecho, aun siendo de los productos más modernos, por llamarlos de alguna manera, entraron a competir en el mercado con la seguridad y la garantía que solo dan los clásicos y hoy por hoy, no hay generación nacida en los 90 y en adelante que no recuerde dentro de su talega de merienda escolar, un paquete de «Choco Galletas».
De forma más tímida pero igualmente presentes desde siempre, las conservas de Tirma, de membrillo y de guayaba, un producto que compite en exquisitez con otros parecidos en el mercado y al que Tirma no ha renunciado jamás. De hecho, al igual que ocurre con el resto de los productos, sería difícil encontrar a alguien que no los haya probado, al menos, una vez en la vida.
Pero si por algo Tirma es reconocida en el mundo entero, precisamente es por las ambrosías. Cinco capas de oblea, cuatro capas de crema y una cobertura brillante forman la receta secreta desde los inicios de la actividad y hasta hoy en día, en donde no encontraremos a nadie que haya dicho nunca que le saben diferente, porque su fórmula no se ha variado jamás.
Y si ya decíamos que las «Choco Galletas» formaban parte de las meriendas o desayunos de toda una generación, la transversalidad y el alcance de las ambrosías de Tirma se podría denominar auténtico fenómeno social.
Incontables veces este extraordinario bocado ha formado parte del equipaje de los canarios cuando viajan a cualquier parte del mundo porque no hay presente que se aprecie más y que nos defina como parte de un territorio. De hecho, nos apunta Ana, que hace ya mucho tiempo que los embajadores excepcionales del producto no son ellos, sino todos los canarios.
Solo el pasado año se distribuyeron en el mercado miles de ambrosías alrededor del mundo, dejando así constancia, año tras año desde sus inicios, del valor de lo de siempre, haciendo perdurar en algo más de 20 gramos, recuerdos entrañables, emoción y felicidad.
La adaptación y el compromiso con el entorno ha sido siempre hoja de ruta de esta histórica empresa, prueba de ello han sido las diferentes inversiones en distintas partes del proceso de producción, lo que les ha permitido reducir emisiones y huella de carbono. Y hoy, también, toda la superficie de vuelo de la fábrica alberga una considerable planta solar.
Una empresa de siempre que ha estado presente como un elemento de lo más cotidiano, pasando a ser en incontables ocasiones parte imprescindible de las despensas de todos los canarios y de otras tantas más allá del océano que nos separa, acercando Gran Canaria a cualquier parte del mundo.
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Cristina Cándido y Álex Sánchez
Lucía Palacios | Madrid
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