Hacía tiempo que no asistía a una sesión de cuentacuentos y confieso que lo extrañaba. Me quedé con ganas de más después de asistir la ... semana pasada a una sesión de 'Cuentos con sabor', cocinados deliciosamente por el Taller de Juglares en la Biblioteca Insular y basados en unas narraciones del escritor José H. Chela. Sin pretenderlo los cuentistas, el acto fue un pequeño y emotivo homenaje al periodista tinerfeño (1945-2008) que se significó, en la última etapa de su vida, por su pasión por el mundo de la gastronomía. Narrar cuentos en público no es tarea fácil, no se trata de hacer monólogos al estilo del Club de la Comedia ni de leer cuentos. Se teatraliza y se dramatiza, sí, pero la palabra es la protagonista absoluta en el arte de contar. Contar historias para entretener el tiempo, para dormir, para espantar los males, para divertirse, para enamorar, para amar. Contar cuentos para la memoria y el olvido, para la vida y la muerte. Contar y compartir experiencias para hacer famila, amigos, comunidad sin olvidar que todos somos narradores en la intimidad y en la necesidad. En algún momento necesitamos ser Sherezade para evadir la realidad y crear pequeños oasis en los que coger fuerzas para creer que es posible la alegría de vivir. Al salir de la biblioteca, convertida esa noche en restaurante por la magia del Taller de Juglares, las luces navideñas y el retrogusto de las narraciones degustadas me trajeron una historia que se la escuché al escritor Emilio González Déniz que a su vez se la había escuchado a Alicia Febles, una maestra rural, quien le había dicho que se la había oído contar a la bibliotecaria Ana Padrón, que afirmaba habérsela escuchado por primera vez a su padre. Ahora que los ayuntamientos compiten por ostentar la mejor ornamentación navideña, viene a cuento este cuento que más o menos sonaba así:
«Te lo voy a dejar claro ahorita mismo ya. Aquí no se pone árbol de navidad, simplón, que sos un simplón. Con este jeito le soltó esta bofetada Atilio Armas a Juan José Justo una víspera de nochebuena, ahíto de tanta insistencia por parte de su mejor cliente que llevaba varios días con la perreta del dichoso arbolito. Que sí Atilio, lo que yo te diga, que un bochinche como este adquiere relevancia con los adornos navideños y un árbol con cuatro bombillos encarnados es muy europeo... Que no se puede ir por la vida de sonso. Atilio Armas estaba harto de la pejiguera un día sí y otro también. Así que reventó cuando Juan José Justo lo amenazó con cambiar de chiringuito. Si te quieres ir te vas y se acabó. Pero en esta casa no entra un arbolito de esos, que no estoy para dispendios, que eso son costumbres de fuera, y los que importan esas barbaridades son una manada de toletes. La cosa se iba poniendo estupenda y más cuando entró por la puerta Eugenia Clotilde del Rosario, la vecina de enfrente que traía a Atilio Armas por la calle de la amargura, más que nada por generosa; ella rebosaba generosidad de cintura para arriba con esa gracia tan suya que desarmaba a cualquiera, aunque fuera un poste de uno noventa: Que sí bobito, que un arbolito quedaría bien aquí, en este rinconcito, yo misma te lo arreglo en un santiamén. Y sin que te cueste nada, un regalito de buena vecina. Esto decía mientras saboreaba un Marie Brizad a la espera de que Atilio le despachara el queso tierno recién traído de La Vega. Cuando salió, no sin antes enviarle un guiño que nada significaba, pero que a Atilio Armas ya no lo iba a dejar dormir en toda la noche; a carcajada limpia con movimiento de caderas incluido, se despidió con un buenas tardes tengan. Eso, y el olor embriagador de flores silvestres que dejaba a su paso, obligaba a la parroquia a tragar más agua de la necesaria para el cuerpo humano.
No le quedó más remedio a Atilio Armas, que tiempo atrás había sido guardameta, que recurrir a un discurso libresco aprendido en la biblioteca y, contra su costumbre, hablar más de un minuto seguido con ese vozarrón encurtido de Krüger: Vamos a ver, —y abrió los brazos como si quisiera estrangular al jodelón de Juan José— desde tiempos remotos el árbol tiene un significado religioso. Hizo una larga pausa para rematarla con una parada imaginaria de un posible gol por la escuadra: Y yo con los curas no me llevo y a la iglesia no le aguanto ni las campanadas. Continuó con los puños cerrados como despejando a córner: El pino, bobilín, estaba consagrado a Cibeles; el olivo, simplón, a Minerva; el laurel a Apolo, el loto a Venus, la viña a Baco y así podríamos seguir hasta mañana, pero aquí no damos servicio de 24 horas; que no hay tanto ron para ese envite. Mientras esto decía irrumpió en la estancia la voz encabritada pero mimosa de Eugenia Clotilde del Rosario: Este queso que me diste está agrio. Atilio, o a ti te engañan o tú te despistaste. Claro que se despistó, cómo no. Ante aquella mujer rebosante de salud cualquiera perdía el tino, bueno, cualquiera que tuviera un mínimo de sesera y fuera capaz de mirar de frente a una mujer de verdad, y no había duda de que Eugenia Clotilde era mujer y portaba un frente marítimo que invitaba a perderse en los celajes. Marchó con el queso bueno, pero al rato volvió con dos macetas acompañada de su hija y si aquel chiringuito fuera una pecera y los que allí estaban pescaditos de colores, en el momento se hubieran ahogado pues se habían bebido todo el líquido de golpe. La parroquia era gente seria, se pusieron de pié al instante, firmes, con gesto de legionario cuidador de cabras, lo que causó en la madre un ¡uy!, qué respeto, si parece una gala del rey. La parroquia se mantuvo erguida como buenamente podía. Mira, Atilio, —concluyó— ni árbol de navidad ni zarandajas, dos flores de pascua y ya está. Y se fue no sin antes guiñarle a Atilio un bobito, que parecía la contraseña del inicio de una revolución, al tiempo que se dirigía a la congregación con voz risquera: Aire, mis niños, aire. Y no se confundan, caballeros.
La calima provocada por el humo de los cigarros se despejó y ante la claridad y el convencimiento de que ya no dormiría para el resto de las fiestas, Atilio todavía intentó una perorata que Juan José atajó socarrón: Lo que hace falta aquí es plantar un garoé a ver si nos despeja con la lluvia, o una tunera que es tricontinental y nos indentifica con nuestro ser. Entonces, sorpresivamente, sentenció con la lengua dormida el compadre Pedro Luis Espino: Atilio, ya te hicieron la pascua. Yo mandaba a paseo a la Cibeles, a la Venus y a la Minerva, que esas me dan en el hocico que no son de fiar. Yo me quedaba con esta, bobito».
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