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Alicia Guerra López posa junto a su primera obra en miniatura. Foto y vídeo: Juan Carlos Alonso

Las maravillas en miniatura de Alicia

La niña que sigue dentro de Alicia Guerra López, de 80 años y natural de Las Palmas de Gran Canaria, la llevó a practicar este 'hobby'. Ha elaborado más de 20 casas de muñecas con sus respectivos elementos

Dánae Pérez

Las Palmas de Gran Canaria

Sábado, 8 de junio 2024, 23:03

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Algo guardan en común Alicia Guerra López y el personaje de Lewis Carroll con quien comparte nombre. Es adentrarse en su museo privado y descubrir un auténtico país de las maravillas; las crea ella misma con sus propias manos. La pasión de esta mujer de Las Palmas de Gran Canaria y 80 primaveras por las miniaturas se desató con un anhelo y, ya luego, el azar jugó sus cartas: «Vi una casa y, lo típico, no la tuve de pequeña y la quise tener».

El padre del mejor amigo de su hijo fue quien, al cabo de unos años, le abrió la puerta a este pasatiempo: «Me habló de la escala 1:12 y de este pequeño gran mundo, para mí maravilloso y terapéutico».

Sobre su primera creación, una casa de estilo victoriano, pesan más de 30 años. Tardó en erigirla cerca de tres. Compaginaba la obra con las aulas, pues Guerra es catedrática de Inglés. «Yo pensé que sería la primera y la última», recuerda, pero no podía estar más equivocada.

Un problema de salud le valió un ingreso hospitalario y una reflexión de su cardiólogo, que le hizo replantearse la inversión de su tiempo: «Con un corazón sano te puedes ir al otro barrio del estrés que tienes. Estás en la pizarra dando clases y pensando: 'Tengo que ir al supermercado, me falta jamón, tengo que comprar tomate...'». Decidió entonces regalar parte de las horas del reloj a su niña interior, dedicándose en cuerpo y alma a las miniaturas justo con el arranque del telediario de las 20.00 horas: «Me dije, a partir de las ocho de la noche, pa' mí». Ya lleva más de 20 casas a sus espaldas.

Las miniaturas como medicina

La autodidacta artista padeció hace alrededor de once años un cáncer de mama: «Ya estoy dada de alta», aclara. Durante la enfermedad vivió un momento especialmente creativo e inspirador en lo que a las manualidades se refiere. «Para mí fue mejor que la quimioterapia, que me daba dolor y malestar. Esto me ayudaba a olvidarme de lo que me estaba pasando y para mí ha sido... Lo recomiendo. Siempre digo que los médicos deberían recomendarlo en lugar de tanta medicina», ahonda.

Y es que su afición por esta técnica la mantenía —y sigue manteniendo— activa y con la mente ocupada. Asegura que se iba a dormir y le daba vueltas a sus creaciones, del tipo: «Esa puerta no la puedo poner ahí porque, si no, no pasa el personaje y se tropieza con esto, tengo que quitarla».

El cáncer también la llevó a algo que parecía impensable: a reconciliarse con el color rosa y presumir de ello. Sus uñas no solo visten de este pigmento, sino que cuenta con toda una escena donde es el absoluto protagonista. Se trata de una 'pequeña' habitación ocupada solamente por niñas.

Culto al detalle

El trabajo de la miniatura es, en resumidas cuentas, un culto al detalle, con el tiempo como piedra filosofal. «En esto no puedes decir: 'Lo hago en un mes'. Tienes que tener paciencia», matiza, mientras sostiene una alfombra cosida a mano, que dio por terminada tras 300 horas de puntada y puntada.

«En esto no puedes decir: 'Lo hago en un mes'. Tienes que tener paciencia», matiza, mientras sostiene una mini alfombra cosida a mano que le llevó 300 horas

Ahí radica el valor de las piezas a las que da vida la catedrática. «Un amigo me pidió, en uno de mis viajes, que le trajera una planta en miniatura. Le dije que no se la traje porque iba a pensar que le estaba estafando: costaba 120 dólares. Pero es que, claro, una planta así puede costar mucho, mucho trabajo. Las horas de trabajo se cobran», puntualiza, para enseñar el nivel de detalle de una elaborada por ella. Existe el reto añadido de que, además, debe resultar realista.

«A mí me divierte hacerlo, pero fíjate las hojitas estas cómo son de chiquititas, tienes que recortarlas una a una, pintarlas...», abunda. Por ello, no suele comercializar con las miniaturas: «La gente no está por la labor, y yo tampoco. Si alguien me encarga algo, se lo hago, pero le cobro las horas de trabajo. Si no, yo le regalo el papel y que lo haga él».

Salvo algunas estructuras de las casas, fachadas y figuras, Alicia elabora todos los elementos que conforman su 'País de las Maravillas' particular. Una condición que implica conocimientos de arquitectura, pintura, costura, diseño o decoración.

Ahora, se encuentra inmersa en su último proyecto: una pinacoteca a pequeña escala. «También me gusta pintar», agrega divertida, para seguidamente apostillar: «Necesito un par de vidas más para todas las ideas que tengo». Al formularle una de esas preguntas que suelen incomodar, sobre todo a los padres y docentes, que es si cuenta con alguna creación favorita, la catedrática no rehúye: «Siempre la favorita es la última que estás haciendo».

«Si alguien me encarga algo, se lo hago, pero le cobro las horas de trabajo. Si no, yo le regalo el papel y que lo haga él»

La afición de Guerra puede parecer, 'a priori', exclusiva y por ende cara. «Si tú quieres, te puedes gastar millones, pasa como con todo. Tú te puedes comprar un bolso en los chinos que es precioso, maravilloso, o puedes irte a Chanel. En la miniatura pasa lo mismo. También se paga el nombre del artista, pues, al fin y al cabo, es una industria», especifica.

Ella opta por la cultura del aprovechamiento y, en lugar de comprar ciertos elementos, los crea. «En mi casa no se tira nada sin que yo le dé el visto bueno», pues todo puede ser de utilidad para dar forma a una pequeña realidad, desde unos palillos hasta ropa pasada, cajas de cereales o los márgenes de las cartas.

Un homenaje a su propia vida

Los deseos marcan el pulso de su 'hobby'. «Yo siempre quise una casita en la playa y aquí la tengo», dice, señalando una de sus elaboraciones. Ha creado diferentes despachos para su marido —su «mayor fan»—, ingeniero de caminos de profesión, con algunos planos reales con los que tuvo que lidiar incluidos, o la cocina de los sueños de su hijo. Se inspira, a su vez, en su propia caja de recuerdos y ha llegado a recrear su boda o la casa de su abuela en Artenara, eso sí, con la cocina mejorada. «No le iba a poner la de caca que tenía ella, ella merece lo mejor», apostilla, de nuevo, divertida.

Su destreza con las miniaturas, a base del aprendizaje por su cuenta, de cursos y de preguntar a expertos, ha llevado a diferentes revistas internacionales, como 'Dollhouse Miniatures' o 'Miniature Collector', a publicar su obra, las que muestra con orgullo. «Esta disciplina también ayuda a la autoestima, a la salud mental, cuando terminas y ves que eres capaz de algo así», dice, tras retirar con mimo la gran fachada de la primera casa a escala 1:12 que edificó, hace ya más de 30 años.

Hija Adoptiva de Santa Brígida

Pese a que Alicia Guerra López nació y desarrolló la mayor parte de su carrera profesional como catedrática en la capital grancanaria, guarda un especial cariño al municipio de Santa Brígida. Tiene una casa en La Atalaya, donde se encuentra «verdaderamente a gusto» y trabaja, especialmente desde que se jubiló, en sus miniaturas. Allí llegó a impulsar una especie de club, en el que ofrecía nociones sobre esta técnica. El grupo era variopinto, pues figuraban personas con edades comprendidas entre los 8 y 80 años, de las que todavía hoy guarda con mimo algunas de sus elaboraciones. Muestra, como ejemplo, un retal de punto de cruz —huelga decir que el punto de cruz es el sello o firma de la artista, y en todas sus obras se puede observar algún detalle con este tipo de bordado—. Recientemente fue nombrada, junto con otras personalidades vinculadas al municipio, Hija Adoptiva de la también conocida como villa de las flores.

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