¿Has visto las piernas de esa chica?

La autora catalana Bel Olid reaviva con un nuevo libro el debate sobre la depilación y la «obligación de intentar gustar»

Carlos Benito
CARLOS BENITO

Bel Olid decidió dejar de depilarse cuando ya estaba cerca de cumplir los 40. Y uno podría suponer que, para una mujer con su perfil, aquello no debió de suponer mayores quebraderos de cabeza: hablamos, al fin y al cabo, de una de las personas que sacuden con más ganas el debate sobre género, identidad y sexualidad en este país, autora de libros como '¿Follamos?' o 'Feminismo de bolsillo' y privilegiada en el sentido de habitar «una burbuja» de progresismo, de respeto, de activismo contra los estereotipos y las imposiciones. Pero, como tantas otras veces, nuestro prejuicio se estaría equivocando: «Es ingenuo pensar que, simplemente porque a nivel intelectual profesamos ciertas ideas, eso cambiará automáticamente nuestra parte emocional más arraigada», argumenta la escritora y traductora catalana, que en un nuevo título editado por Capitán Swing, 'A contrapelo', reflexiona sobre las implicaciones y las contradicciones de la depilación.

A Bel –que describe el vello de sus piernas como «rebelde, abundante, negro»– no se le ha olvidado ni se le va a olvidar nunca aquella primera salida en pantalones cortos por Barcelona, ni la señora que se le sentó delante en el metro y se dedicó a contemplar «hipnotizada» sus pelos. «Eché las piernas hacia atrás bajo el asiento para esconderlas todo lo que pude –admite–. En vez de eufórica y feliz, me sentía fea y avergonzada». Todavía tardó mucho en animarse a ponerse un vestido, su prenda favorita de los veranos, porque la suma de falda y pelos le producía una especie de cortocircuito mental, y aún hoy asume su decisión como algo primordialmente político, una transgresión que puede contribuir a que las cosas vayan cambiando: «No estoy segura de llegar a tiempo de verme sexi con las piernas peludas, pero lucirlas puede contribuir a que otras, en el futuro, se encuentren sexis así. Y, en el fondo, en los momentos en que quiero sentirme sexi, encuentro formas de conseguirlo a pesar de los pelos. Ojalá algún día sea también gracias a ellos», plantea. Repasemos algunos de esos puntos de debate que explora 'A contrapelo', con solo 90 páginas pero bien cargado de temas de conversación.

Cada vez más, cada vez antes

A principios del siglo XX ya se había extendido la idea de que la piel femenina resultaba más atractiva sin pelo. Hace algo más de cien años, las revistas estadounidenses ya publicaban anuncios de depilación y Gillette lanzó su primera cuchilla para mujeres, acompañada de una campaña contra el pelo en las axilas. Más tarde llegaron la minifalda o el bikini, con una exposición creciente que iba dejando menos espacio al vello. Pero, pese a toda esa evolución previa, los últimos 20 o 30 años han supuesto una intensificación de los hábitos depilatorios: «Actualmente, el único lugar donde es aceptable que una mujer tenga pelo es en la cabeza, en las cejas y en las pestañas. En esas zonas no solamente está permitido, sino que es obligatorio tenerlos», resume la autora, que señala cómo las pelis porno de los 70 y los 80, con sus pubis bien poblados, se destinarían hoy al nicho especializado de los fetichistas del pelo. A la vez, la edad en que las niñas empiezan a depilarse no deja de bajar: la empresa de depilación Wax Candy afirma que el 10% de sus clientas tiene menos de 13 años, y ya hay niñas de 8 que piden que las liberen de ese vello que provoca burlas en el colegio. «Es más fácil llevar a la niña a depilarse que luchar contra la maquinaria social que la empuja a hacerlo».

¿Y el sobaco de Julia?

De manera paralela a ese proceso, somos testigos de frecuentes muestras de rebeldía por parte de las famosas: resulta emblemático, en ese sentido, el sobaco –moderadamente– hirsuto que Julia Roberts mostró en el estreno de 'Notting Hill', hace ya veintiún años. Bel Olid hace una puntualización a esta tendencia: «El grado de aceptación de esas transgresiones tiene mucho que ver con hasta qué punto cumplen todo lo demás: puedes salir con las axilas peludas si eres convencionalmente atractiva, sin lugar a dudas». Existe un curioso paralelismo con la melena y el pelo corto: «La idea de que solo las mujeres convencionalmente atractivas pueden llevar el pelo corto sin ser catalogadas inmediatamente como machorras se basa exactamente en la misma creencia». Para el resto de las mujeres, dejar de depilarse implica una inmediata y despiadada penalización social: tanta, que en 2013 surgieron en China unas medias que simulaban unas piernas peludas, porque se daba por hecho que provocarían repulsión a los hipotéticos agresores sexuales.

Pero... ¡si ellos también lo hacen!

Cada vez hay más hombres que se depilan, pero Bel Olid subraya una vertiente curiosa de esta práctica: «Los hombres que se depilan tienen que ser 'muy machos' en todo lo demás y no dejar lugar a dudas sobre su heterosexualidad», afirma, y ahí recuerda cómo las definiciones del adjetivo 'metrosexual', que tan de moda se puso hace unos años, hacían hincapié en que se trataba de un hombre heterosexual que se cuidaba mucho. «Se daba por sentado que cuidar tu imagen, ponerte cremas hidratantes o depilarte algunas partes del cuerpo eran actividades femeninas que se vinculaban directamente con la homosexualidad». A las mujeres se las considera obligadas a cuidar su aspecto –es el 'tercer turno' de trabajo del que hablaba Naomi Wolf, tras el empleo asalariado y las tareas domésticas– hasta tal punto que los resultados de ese esfuerzo acaban entendiéndose como 'naturales', como una condición para declararse mujer de pleno derecho: «La idea falsa de que las mujeres no tienen vello corporal llega, en el máximo de paradoja, a los anuncios de depilación, en los que las modelos se depilan piernas sin pelo», se asombra la autora.

Todo depende de la pareja

Bel Olid defiende que, más allá del entendimiento con el compañero o la compañera, lo verdaderamente decisivo es la presión social. Por un lado, no basta con tener una pareja abierta de miras para sacudirse una obligación interiorizada durante toda la vida y ser capaz de afrontar las miradas, los comentarios e incluso, en algunos casos, la violencia. Por otro lado, en el marco heterosexual, hay muchos hombres a los que, más que espantarles el vello de su pareja, les preocupa lo que puedan pensar los demás al verlos con una mujer peluda. «Dejar de depilarse durante el invierno, cuando no se muestra el cuerpo, es habitual entre las mujeres y no tiene ningún impacto en su vida sexual, sobre todo cuando están en relaciones estables», destaca.

Yo me depilo porque quiero

Ahí se esconde el núcleo del asunto: a juicio de Bel Olid, la pregunta más relevante no sería 'por qué me depilo', sino 'por qué quiero depilarme', ya que esa voluntad está relacionada directamente con «la obligación de intentar gustar», una carga que se reparte de manera muy desigual entre los sexos. «El nivel de artificio exigido a hombres y mujeres para considerar que están presentables para salir a la calle es totalmente asimétrico: ellos tienen que ir aseados, peinados y con la ropa limpia, así que con una ducha y una muda van que se matan». ¡Incluso se pregona que las canas pueden volver a los varones más interesantes! La escritora catalana cuestiona que la aprobación social compense tanto esfuerzo: «¿Por qué quiero gustarle a todo el mundo constantemente? –pregunta–. ¿Quiero gustarle a alguien a quien le parezco asquerosa tal y como soy recién levantada?». La necesidad de romper este peliagudo círculo vicioso nos devuelve al principio, a la señora del metro fascinada por el espectáculo insospechado de unos pelos de mujer y a la vergüenza que, pese a sus convicciones, sintió Bel Olid: «Las que tenemos la suerte de poder romper las normas de expresión de género sin sufrir mucha violencia –concluye– haríamos bien en aprovechar nuestra posición para intentar abrir una grieta en el imaginario colectivo».

«Nadie te pone una pistola en la sien, pero hay una maquinaria social potentísima»
Bel Olid.

Bel Olid (Mataró, 1977) se preocupa mucho por dejar claro que 'A contrapelo', publicado simultáneamente en castellano, catalán y gallego, «no es un libro contra la depilación ni contra la gente que se depila, sino contra el control del cuerpo de la mujer». Y propone una comparación: las reacciones no son las mismas si una mujer no se pinta un día los labios que si muestra el vello 'indebido'. «No es decisión personal, sino presión colectiva: nadie te pone una pistola en la sien, pero hay una maquinaria social potentísima que nos dice que lo importante para las mujeres es gustar». En ese sentido, le sorprenden particularmente quienes achacan su decisión de depilarse a que es más higiénico o saludable: «Todos los estudios indican lo contrario –desmiente–. Para mí, dejar de arrancarme los pelos con cera ardiendo es cuidarme, mimarme».

Ella ha experimentado ese control social en primera persona: «Ha habido gente que no conozco y que ha tenido a bien hacerme comentarios por la calle sobre mis pelos: ¡a menos que te los restriegue por la cara, no tienes por qué decir nada! La idea del asco me hace mucha gracia cuando viene de hombres: ¿tú te has visto los sobacos? ¿Cómo puede darte asco algo que tú tienes?», cuestiona. «Tenemos a unos hombres convencidos de que su opinión sobre los cuerpos de las mujeres es superimportante y de que pueden expresarla impunemente en la calle, en las redes... Hay que convencer a las nuevas generaciones de que no tienen derecho a controlar los cuerpos ajenos. Evitaremos mucha violencia innecesaria».