Así trabajan los psicólogos de emergencias

El trabajo de este grupo de sanitarios es fundamental para ayudar a los afectados a sobrellevar una catástrofe como la de La Palma. «Unas veces servimos como paño de lágrimas y otras, simplemente, estamos»

Carmen Barreiro
CARMEN BARREIRO

«Fue girar la vista al volcán y ver cómo la lava avanzaba hacia mi casa. Salimos corriendo: sin ropa, sin muebles, sin ni siquiera tiempo de llevarme un álbum de fotos. Con las prisas, mis hijos se olvidaron hasta de coger las 'perrillas' que guardaban en la hucha». La vida de Remedios Armas, como la de sus vecinos, dio un giro inesperado el pasado 19 de septiembre. La apacible localidad palmera de Todoque se convirtió de la noche a la mañana en la 'zona cero' de una catástrofe natural que pese a no haber dejado víctimas mortales se vive como un duelo. La lava no solo se ha tragado sus casas, sino que ha enterrado el futuro de muchos de sus habitantes.

El trance por el que están pasando los vecinos afectados por la repentina erupción del volcán Cumbre Vieja no es fácil de gestionar. Por eso, cada pequeño gesto, cada mensaje de ánimo que les haga sentirse acompañados en su dolor y desesperanza cuenta. «Y mucho». Esto lo saben muy bien los psicólogos de emergencias, un grupo de profesionales sanitarios especializados en el manejo de situaciones «potencialmente traumáticas», desde un desastre natural como el ocurrido en La Palma a los atentados terroristas del 11-M, pero también el suicidio de un familiar o un asesinato. «A grandes rasgos, nuestro trabajo consiste en ayudar a las personas a entender desde un primer momento que las reacciones que puedan tener ante una situación extraordinaria como perder la casa o a un ser querido son absolutamente normales. Siempre. Son tragedias que afortunadamente están fuera de nuestra vida diaria y, por lo tanto, no estamos acostumbrados a gestionarlas. Muchas veces las personas afectadas por una catástrofe solo necesitan sentir que no están solas», explica Mónica Pereira, coordinadora del Grupo de Urgencias y Emergencias del Colegio Oficial de Psicología de Madrid.

A diferencia de los psicólogos clínicos, los profesionales en primeros auxilios no hacen terapia de diván con los afectados por una tragedia. No preguntan, no analizan. Su tarea es otra, puede que no tan vistosa como la de los equipos de rescate, pero igual de importante en muchos casos. Una mano en el hombro, un abrazo en el momento justo, una mirada de complicidad, un café caliente... «A menudo es tan útil quien te ayuda a ver que puedes levantarte que quien te saca en brazos del peligro. Esa es la razón por la que los primeros auxilios psicológicos son extraordinariamente efectivos en la prevención de eventuales trastornos psicosociales a medio y largo plazo. En emergencias con muy poco se puede conseguir mucho. Una mano apretando una herida puede salvar una vida. Una mano apoyada en un hombro puede evitar un trastorno», resume gráficamente Miguel Ángel Estévez, profesor de la facultad de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid.

En este sentido, los psicólogos de primeros auxilios trabajan siempre sobre el terreno y su labor consiste, básicamente, en «observar, escuchar y conectar con las emociones de las personas que tenemos delante de nosotros», cuenta Cristina García, coordinadora provincial del Grupo de Intervención Psicológica en Emergencias y Catástrofes (GIPEC) del Colegio de Psicología de Santa Cruz de Tenerife, que en estos momentos se encuentra trabajando en La Palma con los afectados por la erupción del volcán.

Cuidar al cuidador

Lo primero que hacen estos profesionales cuando llegan al escenario de una catástrofe como la que estamos viendo estos días en La Palma es algo «tan sencillo y natural» como presentarse ante los afectados. «Les contamos quiénes somos y les hacemos ver que estamos disponibles para lo que necesiten. Unas veces servimos como paño de lágrimas y otras, simplemente, estamos». Porque también ocurre que no todo el mundo necesita la ayuda de un psicólogo de emergencias.

De hecho, los expertos insisten en que «no existe una conducta perfecta» ante una catástrofe y las reacciones suelen ser impredecibles. A juicio de Estévez, «no hay respuesta a una tragedia que no sea comprensible. Todas son extrañas y a la vez todas son normales». Una afirmación que también comparte la psicóloga Cristina García. «Cada persona es un mundo y nunca sabes cómo vas a reaccionar ante una situación tan extrema. En La Palma, por ejemplo, vemos a gente que no puede dormir y otra que es incapaz de salir de la cama; unos que no paran de comer y otros que no prueban bocado. Los hay que no pueden estarse quietos y otras personas a las que la incertidumbre les paraliza... Nada nos llama la atención porque normalizamos las reacciones de todas las personas. Lo fundamental es que sientan que estamos con ellos y que pueden recurrir a nosotros cuando lo necesiten».

«Decirles 'todo va a salir bien' no sirve de nada»

«Decirle a una persona 'no te preocupes' o 'todo va a salir bien' cuando acaba de perder su casa, su trabajo o se le ha muerto un familiar en un atentado no solo no sirve de nada, sino que les hace mucho daño. Lo que ellos perciben es que no les entendemos. Cómo no se van a preocupar si un volcán les acaba de llevar todo lo que tienen», argumenta la psicóloga Mónica Pereira. Cuando una persona desconoce los códigos de actuación en una situación como la que se vive en La Palma ahora mismo, «lo mejor que puede hacer es simplemente estar. Basta con decir, 'estoy aquí para lo que necesites y si puedo hacer algo por ti lo haré encantada'», explica la coordinadora del Grupo de Urgencias y Emergencias del Colegio Oficial de la Psicología de Madrid. Y, sobre todo, «no tener miedo a los silencios, porque los silencios también sanan. No hace falta hablar todo el rato», coinciden los expertos. «Estar al lado de alguien durante una hora sin decir nada o simplemente ofreciéndole un apoyo práctico como un vaso de agua o algo de comida también puede resultar de mucha ayuda. Esa persona siente la compañía y ese gesto ya le consuela».

Contaba una de las psicólogas que atendió a los familiares de las víctimas de los atentados del 11-M que su trabajo durante esos días consistió, sobre todo, en escuchar mucho, darles la mano y ayudarles a sacar lo que tenían dentro. «Tenías que respetar sus silencios, pero otros necesitaban hablar y casi te lo estaban pidiendo con la mirada». Recuerda que uno de los casos que más le impactó fue el de la madre de una chica de 26 años fallecida en el andén, que se llevó a más de 30 familiares para el reconocimiento judicial del cuerpo porque quería estar acompañada por todos ellos. «Estaba muy serena y parecía muy dura, sin mostrar sentimientos. Me pidió que la acompañase al baño y, una vez allí, se derrumbó y rompió a llorar, explicándome que asumía en la casa el papel de más fuerte, porque su marido estaba enfermo y el hijo muy afectado».

La psicóloga Cristina García insiste en que en estos casos «cada afectado tiene su propia mochila y lo que para uno es importante puede que para otro sea una tontería. En momentos así no se puede juzgar la reacción de las personas». Y pone como ejemplo el caso de un niño al que se le murió la madre al venirse abajo un edificio en la localidad tinerfeña de Los Cristianos hace cinco años. «Cuando le comunicamos la mala noticia, el niño ni se inmutó. Lo único que le preocupaba era haber perdido sus juguetes. Así que tuvimos que trabajar sobre los juguetes, no sobre la pérdida de su madre, porque en ese momento sus peluches y sus coches eran lo más importante para él».

Ahora bien, los expertos también aconsejan «adiestar al profesional de la emergencia en el cuidado de sí mismo». En los primeros días de la erupción del Monte Viejo se hizo viral el vídeo de un miembro de los equipos de rescate que decía a sus compañeros que todavía les daba tiempo comer mientras veían como la cumbre del volcán escupía lava. «Pensando en el día que les quedaba por delante, no es una reacción descabellada. Cuando uno vive una crisis así se olvida de dormir, de ir al baño... Así que si no come en ese momento que todavía le da tiempo igual no vuelve a tener la oportunidad de hacerlo en todo el día».

Lo que nos enseñó la catástrofe del cámping de Biescas

La riada de agua, tierra, rocas y árboles que se llevó por delante el camping de 'Las Nieves' de Biescas hace un cuarto de siglo no solo fue una de las tragedias recientes más terribles que se recuerdan –murieron 87 personas y 200 resultaron heridas–, sino que marcó el nacimiento de la psicología de emergencias en nuestro país.

«Fue a partir de entonces cuando se empezó a tomar conciencia de la necesidad de ayudar a los afectados a sobrellevar la catástrofe sobre el terreno, porque la psicología de urgencias es una especialidad que no solo interviene en los momentos más críticos, sino que también previene situaciones traumáticas en un futuro y, en ese sentido, la tragedia de Biescas nos enseñó a hacer las cosas de otra manera», explica Mónica Pereira, coordinadora del Grupo de Urgencias y Emergencias del Colegio Oficial de Psicología de Madrid y una de las mayores especialistas en este campo.

«Es un aprendizaje continuo», señala la psicóloga, y pone como ejemplo la diferencia entre el 11-M y el accidente de Spanair en un acto tan simbólico como la entrega de los enseres personales a los familiares de las víctimas.

«En los atentados de Madrid, por ejemplo, con toda la buena intención del mundo los objetos se expusieron en una sala y los allegados tenían que desfilar entre ellos hasta que identificaban los de su ser querido. Era una situación muy incómoda para todos y además generaba muchísima tensión», recuerda Pereira. Una vez localizados, se metían en una bolsa de basura y se entregaban a los familiares. «Imagínate que te dan los objetos personales de tu hijo, tu hermana o tu padre en una bolsa de basura. ¿Cómo te sentirías? Probablemente, la sensación que tienes es que no le importas a nadie», sostiene la experta.

Conscientes de esta «falta de tacto» en un momento tan delicado, los psicólogos de emergencias decidieron cambiar el protocolo cuando ocurrió el accidente de Spanair.

«Ya no se enseñaron todos los objetos, sino solo aquellos que la gente echaba de menos. Por ejemplo, un familiar te decía: 'Mi nieto tenía un osito de peluche y queremos recuperarlo'. Lo que se hacía entonces era buscarlo, se enseñaba a los allegados para que lo identificasen y después se les entregaba en una bolsa de papel con el logotipo de la Guardia Civil. Con los objetos que estaban en muy mal estado, se daba la oportunidad de verlos solo si querían. Fíjate la diferencia entre ambos casos. Desde fuera puede parecer una tontería, pero para las personas que están viviendo la tragedia es la diferencia entre sentir que no le importas a nadie o que te tienen en cuenta», precisa la experta.