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Así se supera al miedo al agua: que te lancen a la piscina no funciona

No tiene por qué haber detrás una experiencia traumática, a veces la persona lo ha visto o le han transmitido ese temor desde niño

Yolanda Veiga
YOLANDA VEIGA

Que te tiren a la piscina para quitarle el miedo al agua no hará más que agravar la fobia. La terapia de choque, en esto, no funciona. «El shock de que te lancen al agua puede hacerte entrar en pánico. Si eso ocurre, el tono muscular aumenta y se produce un agarrotamiento, sobre todo en el caso de los adultos. Por eso, yo soy partidario de las terapias agradables. Que la persona con miedo se meta en aguas poco profundas, que haga pie y que vea que no es un elemento traumático, sino todo lo contrario, que encuentra confort. Y en este confort es determinante la temperatura. Un agua fría hace que tengamos espasmos, lo ideal es sumergirse a 29 o a 30 grados», recomienda Mario Lloret Riera, profesor del Instituto Nacional de Educación Física de Cataluña, licenciado en Educación Física, en Medicina y Cirugía, y doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación. También nadador empedernido. «En invierno voy dos o tres veces a la semana a la piscina, pero con buen tiempo salgo a la mar a diario con el grupo. Hacemos entre dos y seis kilómetros para preparar la travesía de diez kilómetros y medio que hacemos cada septiembre».

Tal vez alguno de esos nadadores que salen a mar abierta tuvo miedo en su día. Pero es este un temor, aseguran los especialistas, que en la mayoría de los casos se supera. «En el desarrollo de esta fobia tiene mucho que ver la vulnerabilidad personal», advierte Sergio García Soriano, psicólogo clínico y experto en intervención social. Cuenta que durante un tiempo trabajó como socorrista, así que los miedos que ahora trata en la consulta los vio muchas veces en la piscina. «Recuerdo que un verano un hombre sufrió un mareo en el agua y le tuvieron que sacar. El hijo estaba en el césped y lo vio todo. En lugar de interpretar: '¡Le han rescatado!' y ver en esa acción un elemento de seguridad, lo analizó al revés: 'Mi padre siempre puede con todo y, sin embargo, le han tenido que sacar del agua'. En ese caso, el niño no había sufrido ninguna experiencia traumática, pero la había visto. Porque no solo desarrolla fobia el afectado, a veces también lo hace el observador. Hubo que trabajar con aquel chaval la reinterpretación de ese episodio y, al cabo del verano, pudo volver a meterse al agua».

«Ten cuidado»

Cuando hablamos de miedo al agua, el psicólogo hace una precisión: 'A veces decimos miedo a lo que solo es prudencia. Es normal que una persona que no sabe nadar no se quiera meter en aguas profundas. Eso es un miedo funcional porque le protege, pero no es patológico. Cosa muy diferente del que no se quiere meter aunque sepa nadar. Eso sí que hay que abordarlo previamente en la consulta».

Aunque, a veces, advierte García Soriano, ese miedo empieza por la precaución o, más bien, por «el exceso de precaución». «Hay ocasiones en los que el miedo es heredado. Que los padres digan a los niños 'ten cuidado' es normal, pero cuando la advertencia es desmesurada se le transmite ese temor, también desmesurado y que ha dejado de ser, por tanto, productivo. De forma que el chaval puede acabar desarrollando una fobia al agua que no tenía».

En estos casos más severos, antes de regresar a la piscina o a la playa, hay que trabajar en la consulta. «Hay que ir venciendo prejuicios. Y, después, ir metiéndose en el agua hasta que se encuentren cómodos. Elementos de flotabilidad como 'churritos' o aletas cortas que ayudan a propulsarse son muy útiles porque la persona ve que se desplaza con fluidez y eso da tranquilidad», explica Mario Lloret. Y una vez que le hayan quitado el miedo o aprendido a nadar... «ya no se olvida».

¿Se puede aprender a cualquier edad?

No solo se puede, sino que «desde el punto de vista morfológico, la flotabilidad es más fácil en personas cuanto más mayores, ya que con el paso de los años perdemos músculo y ganamos grasa», explica Mario Lloret. No ve problemas tampoco en iniciar a los bebés, aunque él trabaja con niños de 3 años en adelante. «En sesiones diarias de 45 minutos, al cabo de dos o tres semanas el 90% de los críos aprenden a nadar y son capaces de recorrer de diez a quince metros seguidos, algunos incluso la piscina entera», asegura. ¿Y si en lugar de un niño de 3 años es un señor de 70? «Los adultos que no saben nadar, probablemente tenga muchos prejuicios, tal vez traumas... Necesitarían más de dos semanas, pero también aprenderían. Yo doy rehabilitación en el agua y hay mayores que no saben nadar y al cabo de uno o dos meses empiezan a hacerlo de manera natural».