Así se prepara la periodista Solange Vázquez para una semana sin móvil

Hace una semana asumí el reto de pasar siete días sin teléfono y contar la experiencia. Antes del 'apagón' aviso a mis seres queridos, me guardo sus números... y me echo a temblar

Solange Vázquez
SOLANGE VÁZQUEZ

«¿¡Una semana sin qué!?», pregunté sin acabar de creérmelo. Sin móvil. Pero bueno, a quién se le ocurre dejarme una semana incomunicada para que vaya contando mi experiencia. Que tengo una vida muy achuchada. Que tengo mucho trabajo. Que tengo dos hijas pequeñas. Que tengo una madre octogenaria que vive sola. Que tengo... ¡miedo, qué diablos! Se llama miedo. Sí, sobre todo es esto. Un terror atroz a ir por ahí a lo silvestre, como si solo llevase un taparrabos, sin que me pueda localizar gente que me necesita y sin poder recurrir a todas las apps y herramientas de mi celular. Sin mi teléfono me voy a sentir desnuda, desprovista de cosas imprescindibles para la existencia humana: como mi agenda, las noticias o la aplicación que me apunta mis ciclos menstruales (vale, esto quizá no se pueda calificar de esencial). Madre mía, sin móvil... Eso es la muerte social para cualquiera. ¿Por qué no me proponen, no sé, una semana en un resort del Caribe sin pegar sello? ¿O siete días con mis amigas aprendiendo a bailar hip hop? ¿Un encierro en un castillo escocés con la cuadrilla para catar el whisky local, contar historias de miedo y aprender gaélico con highlanders majos? Nooooo. Solange se queda sin móvil, nada más y nada menos, y a sufrir en silencio. Así que, tras unos minutos de pánico (y ya sin la esperanza de que todo sea una broma), me digo a mí misma lo que me digo siempre cuando se me plantea un desafío (o un desastre). Quién dijo miedo. Acepto el reto y me pongo manos a la obra. Si lo voy a hacer, me voy a preparar a conciencia para que me haga el menor trastorno posible.

Vídeo.

Para quienes no me conozcan...

  • Hola, soy Solange Vázquez. Hace casi 24 años que trabajo en EL CORREO. He pasado por un montón de secciones (Reportajes, Internacional, Local, Política, Televisión) y ahora trabajo en Vivir.

La semana anterior al 'experimento', solo por curiosidad, me 'monitorizo' para hacerme a una idea de cuánto tiempo semanal uso el móvil. Esto se hace instalando unas apps que te dicen exactamente cuántas horas has estado pendiente del aparatito, qué servicios has usado más y cuántas veces desbloqueas el móvil. Os las recomiendo. Me sonrío para mis adentros. Yo no soy una de esas personas que están todo el día pegadas al móvil, para nada. Yo controlo. Tengo una vida y no malgasto mi tiempo a lo tonto; además, últimamente lo uso bastante menos que antes. Todo esto me lo repito mientras abro la aplicación para ver el examen de mi actividad 'movilística' de la última semana, convencida de que será algo moderado... ¡21 horas, 15 minutos y 34 segundos en una semana! ¿Estamos locos? Se me cae el alma a los pies. Eso es casi un día entero de mi semana. Y lo que es peor, de la semana de la gente que me quiere y que, seguramente, me ha visto en los últimos días (con desesperación) wasapeando frenéticamente, mirando qué tiempo va a hacer, leyendo noticias, contestando emails... Para justificarme, me digo que será por el trabajo: el móvil es una herramienta fundamental para un periodista. Pero una segunda mirada a los datos me hace ver que, bueno, una buena proporción del tiempo se me ha ido en pájaros y flores, en redes sociales, en picotear noticias de aquí y de allá, en mirar qué crema lleva más retinol o qué cascos inalámbricos me quiero comprar... Cosas que no son como para salvar al mundo o ganarme un Pulitzer.

Y ahora sí que estoy asustada de verdad. Estoy tirando tiempo a espuertas, como si me sobrase (¡hay días que dosbloqueo el móvil 75 veces!, muchas de ellas solo para mirar la hora o atender a una notificación), así que mis reticencias iniciales se quedan en agua de borrajas y ahora verdaderamente quiero saber hasta qué punto estoy enganchada al aparatejo. Hoy es domingo y a las doce en punto tengo que apagar el teléfono durante una semana. Antes, copio de mi agenda algunas cosas, anoto una docena de contactos y aviso por WhatsApp a mis seres queridos –cuyas bromitas sobre el tema me hacen pensar en cambiarles a la categoría de seres odiados– de que solo estaré localizable en los fijos de casa y del trabajo. No quiero que se asusten y llamen a la Ertzaintza porque no doy señales de vida. Se ve que soy más compasiva con ellos que ellos conmigo, porque qué risa les da que me vaya a 'desmovilizar'. Uff, todos estos preparativos y despedidas me llevan un buen rato. Igual estoy yendo un poco lejos en mi afán de querer controlarlo todo de antemano, ¿no? «Bah, mujer, tú tranquila –me dice mi marido–. Es solo una semana sin móvil, ¿qué puede pasar?». Ay, y de repente tengo el pálpito de que esta pregunta me va a perseguir en los próximos siete días con sus noches. «¿Qué puede pasar?».