Soy un poco nomofóbica y no lo sabía, como casi todos

Termina la semana 'desmovilizada'. No lo he pasado bien, pero ha merecido la pena: mis hijas me han leído la cartilla (con razón) y he descubierto que ¡oh, sorpresa!, el mundo no se ha ido al garete

Solange Vázquez
SOLANGE VÁZQUEZ

Hoy es el día, se cumple una semana del inicio de este experimento que me ha hecho darme cuenta de muchas cosas. Para mi sorpresa, porque creía que lo sabía todo de mí y de mi autocontrol. Qué risa/pena me da ahora ese pensamiento, esa seguridad en mí misma, esa soberbia. De verdad que os invito a todos a hacer lo mismo, aunque sea solo un par de días, para que reflexionéis, lo mismo que he hecho yo. Os vais a asustar. Ahora mismo tengo el ego menos subidito y puedo ponerme delante de una cámara (tranquilos, es un decir, no quiero castigaros más con más vídeos) para afirmar, con toda convicción, algo así: «Hola. Me llamo Solange Vázquez y soy un poquito nomofóbica». Sí, como en las terapias de Alcohólicos Anónimos, lo primero es admitirlo. Hace una semana, antes de empezar con todo esto, yo no sabía ni qué era la nomofobia. De hecho, si me lo llegan a preguntar, habría contestado que debía ser el terror a ver gnomos dando saltitos a mi alrededor, cosa que ya solo me pasa cuando me fumo un puro en una boda, algo que no recomiendo a los no fumadores como yo (ni a nadie).

Vídeo.

Para quienes no me conozcan...

  • Hola, soy Solange Vázquez. Hace casi 24 años que trabajo en EL CORREO. He pasado por un montón de secciones (Reportajes, Internacional, Local, Política, Televisión) y ahora trabajo en Vivir

Pues bien, resulta que el nombrecito de la nomofobia proviene de 'non-mobile-phone-phobia', ya que es un miedo o ansiedad de carácter irracional que se origina cuando una persona permanece durante un período de tiempo sin poder usar su teléfono móvil por la razón que sea: no tenerlo a su alcance, haber agotado la batería o los datos, imposibilidad de conectarse a una red... O porque eres una periodista 'experimental', como ha sido mi caso. En un artículo de 'The Conversation' –firmado por Antonio-Manuel Rodríguez-García, de la Universidad de Granada– se sitúa el origen de esta fobia en cuatro pilares: «Imposibilidad para comunicarse con otros, pérdida de conexión, incapacidad de acceder a la información y renuncia a la comodidad». Vale, en mi caso, he experimentado todas esas ramas del miedo. Aunque creo que, pese a presentar rasgos de nomofobia, no la sufro, ya que no me ha impedido hacer mi vida ni me ha paralizado, que es lo que les ocurre a los verdaderos nomofóbicos. Lo mío sería cierto grado de dependencia –y, siento decirlo, creo que muchos de vosotros tendréis el mismo o más– que el profesor de la Universidad de Granada diferencia de la nomofobia pura y dura.

Yo ni siquiera la he sufrido de forma exagerada, porque hasta he podido bromear con ello, aunque sospecho que reírme de mis recién descubiertas debilidades y agobios ha sido una coraza para sobrellevar mi 'desmovilización'. Como siempre, el humor es un buen compañero de viaje. Aunque lo que voy a contar a continuación me parece que no es como para que me ría. Es lo que prometí ayer: la valoración de mis dos hijas de mi semana sin móvil. Sólo avanzaré que me han roto un poquito el corazón. La mayor tiene 10 años y la chiquitina, 5. Esta es la entrevista:

-¿Qué os ha parecido mi semana sin móvil?

-La mayor: Muy, muy agradable, de las mejores de mi vida.

(¿En serio? ¿Más que los días en Port Aventura o en el aquapark? Quiero pensar que ha salido a mí en lo de exagerada, pero sé que no, que es muy comedida).

-La peque: Ahora tú eres mejor.

-¿Habéis notado algún cambio?

-La mayor: Sí, esta semana hasta has terminado las frases.

-¿Cómo?

-La mayor: Sí, cuando nos estás diciendo algo y de repente coges el móvil, te quedas zombi, ya no nos miras y dejas la frase así: 'De cena vamos a hacer...'. Y ya no sigues.

-La peque: Se te queda la cabeza en 'modo chorizo', sí. No te enteras.

-Bien. ¿Qué es lo que más os ha gustado de esta semana?

-La mayor: ¡Que nos has hecho más caso!

-La peque: Que ahora estás más contenta y no tendrás que ir al 'psicológico', que es uno que ayuda a la gente con problemas. Tú móvil es un problema.

-A ver, la mayoría de las veces que cojo el móvil es por trabajo.

-La mayor: A nosotras el motivo nos da igual.

Termina la entrevista. Ellas, muy contentas de haberla hecho, porque ha sido como un juego, el colofón a un domingo plácido en el que hemos vuelto a pedir comida a domicilio (ha vuelto a pagar el marido, je, je, que sigo sin app), hemos visto una peli y hemos leído. Aunque ha sido un día feliz, ya se me han quitado hasta las ganas de encender mi móvil a medianoche, un momento que he acariciado toda la semana. Pero lo hago, claro. Cuando se ilumina, el corazón salta en mi pecho. A las doce en punto ya está activo y procedo a hacer un balance de daños. Una veintena de llamadas perdidas (una de ellas para notificarme que he ganado un premio de periodismo, manda narices, y yo ilocalizable, es como para dárselo a otro). Y pocas sorpresas más: sobre todo, fuentes de mis reportajes que luego me localizaron por otros medios. Y wasaps... ejem. Muchos vaciles de mis compañeros, mi introducción en dos grupos nuevos de los que inmediatamente me voy a salir (los odio) y nada reseñable. Redes sociales, lo mismo. Nada con chicha. Y en este momento pienso en la letra de un tango que me encanta y suena la voz de Carlos Gardel: «Sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando...». Si cambio lo de los ojos por el móvil, así ha sido. La vida ha seguido, claro. Moraleja: quien me ha necesitado de verdad me ha buscado, quien me ha echado de menos me ha encontrado. ¿El resto? Todo filfa.