Cómo intento hacer yoga sin la app del móvil y acabo desquiciada

En mi tercer día de desconexión opto por relajarme para controlar el síndrome de abstinencia, pero las cosas no salen como esperaba

Solange Vázquez
SOLANGE VÁZQUEZ

Basta. Me estoy comportando como una niña y no, soy una adulta (o algo parecido). Así que intento encauzar la situación, respirar hondo, tener pensamientos positivos y no dejarme caer en lo que una gran amiga llama «mis problemitas del Primer Mundo», que son minidramas de segunda B, lo sé. Así que empiezo a pensar... ¿qué me puede ayudar? ¡Ostras, el yoga, claro! Durante el confinamiento yo fui una de esas personas que quisieron seguir en casa con sus rutinas físicas y, a falta de mis clases presenciales, me puse disciplinada y me ejercité con una app muy maja. Creo que fue una de las razones por las que he llevado bastante bien la pandemia. Echaba de menos practicar con más gente, claro. Pero, sobre todo, los consejos del profesor, que conmigo se ha ganado el cielo o el nirvana o lo que sea, porque sus invitaciones (en yoga no hay órdenes, todo es así como educado y respetuoso) a que vacíe la mente y me concentre son como pedirme que me convierta en un koala y haga cacas con olor a eucalipto. Vamos, una utopía. Pero no tiro la toalla, yo lo sigo intentando. 'Solange, tienes muchos monos en la cabeza', me han dicho muchas veces quienes entienden de yoga. Yo suelo asentir con una sonrisa leve y amable (como de santón hindú), aunque en realidad me estoy muriendo de risa por dentro. Muchos monos, dicen... qué graciosos. Estos no saben (bueno, ahora sí) que tengo a todas las especies de la jungla puestas de anfetas y en pleno festival dando tumbos en mi cerebro todo el santo día. Si solo fuesen unos macacos de nada, todo sería más fácil.

Vídeo.

Para quienes no me conozcan...

  • Hola, soy Solange Vázquez. Hace casi 24 años que trabajo en EL CORREO. He pasado por un montón de secciones (Reportajes, Internacional, Local, Política, Televisión) y ahora trabajo en Vivir

Pues bien, al tema. Decido que voy a hacer una buena sesión de yoga casero para relajar mi mono de móvil (condenados monos, aquí salen otra vez, son muy entrometidos). Me pongo ropa cómoda, saco la esterilla y... ups. Vaya. Yo hago yoga con el móvil. Ahora los gritos de la fauna selvática de mi cabeza se han convertido en auténticas carcajadas. Suelto un par de juramentos muy poco yóguicos antes de encontrar la solución: voy a tirar de Youtube y ponerme ante la tele del salóns. Esta operación se salda con algún exabrupto más, porque la tecnología y yo no estamos hechas la una para la otra. Pero bueno, soy todo voluntad, me perdono a mí misma estos arranques verbales tan poco modositos (eso de ser clemente con uno mismo también es muy de yoga), logro habilitar la tele y me pongo manos a la obra. Pero... ¡todo se va al carajo!

Lo explico: yo normalmente hago yoga con el móvil y encerrada en mi habitación, sin niñas ni marido que me distraigan. Encajada entre la cama y la estantería, sí, pero en soledad. Lo que ocurre cuando intento practicar con la tele es que, de repente, a todos los habitantes de la casa que estaban haciendo sus cosas por ahí (niñas con sus deberes en su cuarto, marido preparando cena) les entra un súbito interés por entrar en el salón. Parece que les hace mucha gracia ver mis asanas (posturas) e imitarme. Eso las peques. Su padre prefiere ponerse graciosillo y adornar mi práctica con carcajadas cuando oye que la voz de la tele me indica 'vaaaca... peeerro... vaaaca... peeerro', en referencia a esas populares posturas. En resumen, estoy yo intentando concentrarme y olvidar que no tengo móvil y hay tres personas vacilándome al más alto nivel. Y ya no sé si enfadarme, reírme o llorar. Así que tiro la toalla. O la esterilla. O todo. Va a hacer el perro boca abajo y el lagarto su tía la coja. De mí no se ríen más. ¿Seguro? Los monos y el resto de animales de mi cabeza se están tronchando.

Pero como soy una tía de recursos, me lanzo a un plan B: busco el teléfono fijo de casa, de esos inalámbricos que nunca están en su sitio, y me dispongo a llamar a alguien para matar el gusanillo. Con el fijo. Se me hace extraño hasta cogerlo: tiene otra forma, otro peso, otras teclas... no es como mi añorado móvil. Pero sirve para comunicarse, oye. Y ¿a quién llama una cuando pierde los estribos y quiere paz interior y cariñito? (no, no es al profe de yoga). ¡A su mamá, claro! Al otro lado del teléfono oigo su voz. Cantarina, alegre, con ese acento gallego tan marcado y tan bonito que no ha perdido después de más de 50 años viviendo en Euskadi. Me pregunta cómo estoy. «Pues sin móvil, ya sabes. Sufriendo un poquillo», le digo. Y, con infinita paciencia y con toda la dulzura del mundo, me contesta: «Pero, hija, tampoco es para tanto, ¿no?». Hala, lo que me faltaba, nula comprensión materna. Ahora sí que los monos de mi cabeza revientan de la risa.