El 'mono' me ataca y lanzo un S.O.S a un colega psicólogo

Hace una semana asumí el reto de pasar siete días sin teléfono y contar la experiencia. La tentación de encender el móvil me asalta cada dos por tres porque me siento desvalida... pero encuentro algún sustitutivo que me aplaca (un poco)

Solange Vázquez
SOLANGE VÁZQUEZ

El experimento de mi semana sin móvil no comenzó bien: muchos preparativos para pasarlo lo menos mal posible y, como ocurre siempre, el día a día se encarga de estropear todos los planes con una eficacia demoledora. Así que este martes he mirado mi teléfono muerto, que llevo de un sitio a otro como si fuese un amuleto de protección o algo así –sí, su sola presencia me tranquiliza un poco, mágicamente-, y me ha dado por pensar en el montón de wasaps sin contestar y llamadas perdidas que se habrán acumulado ya en su interior. Quizá alguno sea importante. Interesante. ¡Vital! La tentación de encenderlo y echar un vistacito rápido está ahí y es muy fuerte. De hecho, algún amigo especialmente desconfiado cree que voy a hacer trampas en algún momento. Pues mira, no, aunque solo sea por llevar la contraria a todos los escépticos. Todavía quedamos personas con palabra. Además, una es una profesional y, si hay que sufrir una semana sin móvil, se sufre, y si no hago dos es porque no quiero... (jefatura del periódico, por favor, olvide esto último, ha sido una bravuconada debido al síndrome de abstinencia).

Vídeo.

Para quienes no me conozcan...

  • Hola, soy Solange Vázquez. Hace casi 24 años que trabajo en EL CORREO. He pasado por un montón de secciones (Reportajes, Internacional, Local, Política, Televisión) y ahora trabajo en Vivir

Qué ansiedad. Si me lo llegan a decir, no me lo creo. Me doy cuenta de que hago todo tipo de gestos en busca del móvil. Si lo tengo encima de una mesa, lo cojo como para hacer algo (no sé qué) y lo vuelvo a dejar al darme cuenta de que está off. Y, si me encuentro en la calle o en el metro rebusco constantemente en mi bolso, como una yonqui, para coger algo..., algo llamado móvil. Pero ya no tengo ese comodín. En los trayectos de casa al trabajo, cuando espero que mi hija mayor salga del colegio -recordemos que la peque está confinada por un caso de coronavirus en su aula-, cuando estoy en el parque, en la cola del súper... En esos raros momentos de no hacer nada, la mano se va sola al bolso. ¿Qué buscas, Solange? El móvil, claro. Nos acostumbrado a estar todo el rato haciendo algo. Nos pone nerviosos estarnos quietecitos. ¿Qué hacíamos antes de tener móvil? A ver, que el invento este es de antes de ayer. Pero yo no logro recordar qué hacía antes. ¿Ver pasar la vida? Ni idea.

Lo de los gestos mecánicos y la constante búsqueda del móvil de forma inconsciente me inquieta. También el no saber qué hacer en determinados momentos. Me parece una señal de que mi cerebro (sí, parece que tengo uno) está más enganchado al teléfono de lo que creía. Es un comodín. ¿Ves que se acerca a ti una conocida pesada? Lo sacas y haces una llamada muy importante o finges hacerla, pero con cara de gran concentración y gravedad, como si estuvieses dando directrices a los inversores de Wall Street o indicando a un piloto novato cómo amerizar en la ría. Casi siempre cuela este truco, de verdad. ¿A que no soy la única que lo ha hecho? Pues esta semana voy a tener que prescindir de este recurso tan socorrido.

Se lo digo a Sergio Bero, un gran psicólogo -y escritor- con el que me entiendo muy bien. Vía email, claro. Bromeo con que las manos buscan el móvil y con que quizá debería comprarme una petaca con algo fuerte para cubrir su hueco y echar un lingotazo cuando me agobie. Dice que nada de eso, ni en broma. «Cambia esos momentos de móvil por otros», me dice. Me deja pensando... y eso voy a hacer. Qué bien vienen los profesionales. Así que meto en mi bolso un libro de relatos sobrenaturales, finito, de una de mis escritoras favoritas, la gallega Emilia Pardo Bazán. Justo este año se cumple el centenario de su muerte. La describen como una mujer opulenta, adelantada a su tiempo, con buen gusto para el vino, la buena mesa y los hombres y, ante todo, como una autora brillante y extraordinarimente prolífica. ¿Cómo le dio tiempo de hacer tantas cosas y de pasárselo tan bien? ¡Eso es porque cuando ella vivió no había móviles! Ahí queda esa reflexión, totalmente rebatible, y una certeza: llevar encima un librito me ha salvado la parte final del día. Cuando buscaba el móvil y me entraba el mono... un cuentito, sobre todo en eso que yo llamo 'la hora tonta' de la noche, cuando te dedicas a mandar y recibir chistes por el móvil y a comentar las mejores jugadas del día con los colegas. Claro, ahora, cuando ha terminado la jornada, el librito ya se me ha acabado. A este paso termino con toda la producción de Emilia esta semana.

Pero me ha ayudado un montón el truco del librito. Gracias, Sergio Bero, para mañana me he preparado uno de poesía de Karmelo Iribarren. Leer me hace sentir mejor, me obliga a concentrarme, también ahuyenta a los pesados (y de qué manera, casi les aterroriza a algunos), mantiene mis manos ocupadas y, qué demonios, también da una apariencia muy 'cool'. Este segundo día que he iniciado con muy mal pie se ha ido enderezando. Termino con menos nervios y algo más culta. A lo mejor lo de dejar el móvil va a tener su parte buena.