Llaman del cole de mis niñas por un positivo en el aula y yo, ilocalizable

Hace una semana asumí el reto de pasar siete días sin teléfono y contar la experiencia. Arranco con el 'experimento' asustada... y pronto me doy cuenta de que con toda la razón del mundo

Solange Vázquez
SOLANGE VÁZQUEZ

Amanezco este lunes, que es más lunes que nunca. Porque no es solo que arranque la semana y oiga cómo se quejan todos los engranajes de mi cuerpo, que se resiste a ponerse a toda marcha. También es que noto cómo se ríen de mí todos los objetos con eslóganes de esos de filosofía positiva que hay repartidos por la casa. Sí, tazas de 'hoy puede ser un gran día' e imanes de nevera que te aseguran cosas como 'te vas a comer el mundo'. Eso será para los que tienen móvil, no para mí, que empiezo mi semana de desconexión con unas ojeras como panes.

Vídeo.

Para quienes no me conozcan...

  • Hola, soy Solange Vázquez. Hace casi 24 años que trabajo en EL CORREO. He pasado por un montón de secciones (Reportajes, Internacional, Local, Política, Televisión) y ahora trabajo en Vivir

Lo explico: de noche, ya con el teléfono apagado, me he despertado un montón de veces para mirar la hora y, vaya por Dios, al despertador que he rescatado del baúl de los recuerdos no le funciona la luz (normalmente miraba el móvil, ay, cómo han empezado mis añoranzas). Así que me he dedicado a encender la lámpara de la mesilla de noche. Varias veces. Mi marido gruñe en cada una de las ocasiones, '¡qué haaaaaces!'. Chico, qué voy a hacer, ¿mirar si respiras?, ¿comprarme un perrito de porcelana en las teletiendas? Ufff, qué noche. Eso sí, el despertador viejuno, que no tiene ni luz, ni es bonito ni tiene gracia, suena puntual a las 7.35 con un buen pi-pi-pi. ¿Para eso sí vales, eh, puñetero? Así que le doy un meneo (no me acuerdo muy bien cómo se apagaba, llevo años sin usarlo) y se calla. No sabe qué cerca ha estado de ser estampado contra la pared.

Y aquí comienza el festival de ruptura con todas mis rutinas mañaneras de móvil que ya no puedo hacer. Lo que más me cuesta es no realizar el repaso rápido a noticias y redes sociales en los retazos de tiempo que tengo antes de salir de casa. Por ejemplo, mirar esta web mientras azuzo a mis hijas como un capataz para que se terminen los desayunos y oír a mi marido quejarse porque todos los calcetines de las nenas están desparejados, a la vez que felicito a los amigos de Facebook que cumplen años. Ni notificaciones, ni mensajes de WhatsApp, ni webs meteorológicas... Salgo a esa jungla que es la calle sin tener ni idea de nada, como una ameba. Tengo una terrible sensación de que no me entero de la fiesta y de que igual ha pasado algo importante que me he perdido me invade (eso los periodistas lo llevamos muy mal, nunca nos gusta que nos pillen fuera de juego). Estoy deseando llegar al trabajo (sin móvil ya me empiezan a pasar cosas raras) para encender mi ordenador, 'conectarme' al mundo y relajarme. Y eso hago. Repaso todo lo que quería. Es como si me hubiesen dado morfina, siento un tremendo alivio.

Tremendo... y corto. A los pocos minutos de empezar a trabajar –venga a mandar emails explicando mi 'desmovilización' a los contactos para mis reportajes semanales, que flipan–, suena insistentemente el móvil de mi marido, que, además de tener el privilegio de estar casado conmigo, también disfruta del de trabajar a mi lado (sí, nuestra vida es una fiesta). Y una luz de alarma se enciende en mi cabeza. A mi marido rara vez le llaman al móvil. Algo fuera de lo común pasa. Y acierto. Es del cole de mis niñas. En clase de la pequeña se ha detectado un positivo por Covid y tiene que estar confinada 10 días, hacerse varias pruebas...

Él coge la llamada porque yo, claro, estoy ilocalizable. No me lo puedo creer, en diez años solo me habrán llamado tres o cuatro veces y justo hoy... Sí, la Ley de Murphy. Respiro hondo. ¿Va a ser toda la semana así? ¿De susto en susto y tiro porque me toca? Y vuelve a mi mente la pregunta tranquilizadora (ja, ja, ja...) del marido hecha antes de mi 'apagón': «¿Qué puede pasar?». Pues mira, cosas como esta pasan. Y ni siquiera puedo descargar mis penas wasapeando como una loca con mi familia y mis amigas. Mis dedos se ponen nerviosos, así que voy a escribir este diario para evitar que cobren vida propia y empiecen a tirar pellizcos, estrangular o lanzar cosas a gente inocente. Al fin y al cabo, yo sola me he metido en este fregado. Aunque he tardado muy pocas horas en arrepentirme.