Ilustración: Alina Antares

¿Podemos aprender algo de los psicópatas?

Un libro recopila múltiples estudios que demuestran que sus rasgos contribuyen al éxito en algunas profesiones muy competitivas o de alto riesgo

CARLOS BENITO

Tenemos una relación muy rara con los psicópatas: no los conocemos mucho y los conocemos demasiado. El concepto de psicopatía suele activar en nuestra cabeza una proyección mental de horrores que, por fortuna, a la mayoría nos pillan un poco lejos. Pensamos en camioneros asesinos que van desperdigando cadáveres por los arcenes, en sótanos siniestros reconvertidos en mazmorras, en ese repertorio tópico de espantos que resulta de combinar a los criminales psicópatas más conocidos de la historia con sus reflejos depurados en la ficción. Ese es el estereotipo del psicópata, que nos da mucho miedo y, a la vez, nos inspira cierta sensación de seguridad, porque damos por hecho que no es tan probable que nos crucemos con uno. Pero, en realidad, todos nos codeamos de vez en cuando con psicópatas: no con la variante que chorrea sangre, sino con lo que se podría llamar 'psicópatas de éxito', personas que han aplicado las características más sobresalientes de su perfil a tareas en las que les resultan particularmente ventajosas. Algunos expertos llegan a sostener que los necesitamos, porque hay empleos tan competitivos o arriesgados que nadie estaría dispuesto a asumirlos sin un buen ramalazo psicopático.

Nuestra idea de una persona con rasgos psicopáticos (algo mucho más habitual en hombres que en mujeres) no suele parecerse mucho al astronauta Neil Armstrong ni a San Pablo, pero los dos aparecen citados en 'La sabiduría de los psicópatas', un libro del psicólogo británico Kevin Dutton que acaba de reeditar Ariel en versión actualizada. Su tesis es que los psicópatas que no siguen la senda del crimen tienen una personalidad idónea para triunfar en esta sociedad que hemos creado: son tipos atrevidos, carismáticos, implacables, centrados, fríos y seguros de sí mismos. Es más, parece que a muchos nos iría mejor si fuésemos capaces de activar cierto grado de psicopatía, al menos ocasionalmente, en nuestra actividad cotidiana. La constatación de que hay sectores en los que prospera esta mentalidad predadora cuenta con una importante tradición: ya a principios de los 70, el escritor Alan Harrington propuso que el psicópata era el siguiente escalón en nuestro proceso evolutivo, un «hombre nuevo» libre de ansiedades y remordimientos, perfectamente adaptado a las exigencias de nuestro mundo. Hace veinte años, un estudio comprobó que varios presidentes de Estados Unidos mostraban nítidos rasgos psicopáticos, con el popularísimo JFK en un lugar destacado de la tabla.

«Los psicópatas que nos encontramos con más frecuencia en la vida cotidiana no son desalmados hasta la médula. El mayor porcentaje de ellos quiere riquezas fáciles, poder por los medios que haya lugar, atraer sensuales compañeros a sus camas, reír a mandíbula batiente o quedarse de hielo ante situaciones que a otros les causarían amargos remordimientos», resume el psicólogo César Landaeta. Otro estudioso de este asunto, el profesor Iñaki Piñuel, ha estimado que en España hay más de un millón de «psicópatas puros» y entre cuatro y cinco millones de «psicópatas normalizados o integrados», entre los que quizá se cuenten esos jefes o compañeros nuestros a los que se ve tan voraces de éxito. «La mayoría de los psicópatas no están cumpliendo una condena en prisión, sino que ocupan importantes puestos de trabajo en diferentes profesiones», afirma la jurista Paz Velasco de la Fuente, que prologa el volumen de Dutton.

La investigación del experto británico se compone de tres vertientes. Por un lado, está su propio estudio sobre la prevalencia del perfil psicopático en las distintas profesiones, que ha dado lugar a una especie de 'hit parade' de este perfil: abunda especialmente entre los ejecutivos, los abogados, los profesionales de los medios audiovisuales, los comerciales y los cirujanos, por este orden, mientras que en los puestos de cola se encuentran cuidadores, enfermeros, terapeutas, artesanos y esteticistas. «Si algo tienen en común los psicópatas, es una habilidad consumada para hacerse pasar por gente normal y corriente», nos recuerda Dutton.

Una máquina fría

El segundo apoyo de su argumentación recopila abundante evidencia científica sobre la presencia de psicópatas en distintos ámbitos y también sobre las propias características de estas personas, que no siempre entendemos de manera clara. Las personas con una puntuación alta en los tests de psicopatía muestran, por ejemplo, una percepción especialmente aguda de la vulnerabilidad ajena, que va en la línea de aquella afirmación estremecedora del asesino en serie Ted Bundy, que dijo distinguir a una buena víctima por su manera de andar. Los psicópatas tienen también gran capacidad de persuasión, que les permite 'venderse' a sí mismos como seres encantadores pero también se puede aplicar a otras mercancías. Y, sobre todo, centran toda su atención en un objetivo y se entregan a él, sin que el riesgo o la posibilidad de fracaso les paralicen: esa es una característica que puntúa alto en esos oficios que hacen 'operaciones', sean quirúrgicas, financieras o militares. Finalmente, contra lo que solemos pensar, no es exacto que carezcan de empatía (¿qué placer les causaría torturar si no sintiesen cómo sufre la víctima?), sino que relegan ese sentimiento a un rincón irrelevante en caso de que se interponga en su camino.

En tercer lugar, Dutton emprende una investigación de campo que le lleva a entrevistarse con personajes dispares. «No siento compasión por aquellos a los que opero –le dice un prestigioso neurocirujano–. En el quirófano me transformo: soy como una máquina fría y sin corazón». La suya es una especie de 'supercordura', imprescindible para sacar la faena adelante. «Un coche deportivo muy potente, de la mejor calidad, no es ni bueno ni malo en sí mismo», compara un psicópata internado en un módulo de máxima seguridad. Y Robert Hare, uno de los expertos más importantes en este campo, le manifiesta su convicción de que «la sociedad se está volviendo más psicopática».

Precisamente, un estudio de Hare mostró que los rasgos psicopáticos no solo tenían mayor prevalencia entre los ejecutivos que en la población en general, sino que, además, quienes 'cotizaban' alto en esta escala estaban mejor valorados. Los últimos años de convulsión económica no han supuesto un problema para estos tiburones, que «no tienen problema a la hora de enfrentarse a las consecuencias del cambio rápido». La idea de que avanzamos hacia una sociedad más marcada por este perfil cuenta con partidarios decididos (hay quien culpa al 'pensamiento psicópata' de la crisis de 2008) y se apoya en indicadores preocupantes: un estudio ha comprobado que el nivel de empatía de los universitarios ha ido declinando desde 1979.

En tanto la sociedad no cambie, Kevin Dutton defiende que nos resultaría beneficioso desarrollar siete principios básicos de la psicopatía: la impasibilidad, el encanto, la concentración, la fortaleza mental, la intrepidez, la atención plena y la capacidad de acción. «El secreto, incuestionablemente, es el contexto –puntualiza–. No se trata de ser un psicópata. La cosa va más bien de ser un psicópata 'metódico'. Ser capaz de interpretar a un personaje cuando la situación lo exige. Pero, cuando la exigencia ha pasado, también volver a su personaje habitual». En el momento en que empecemos a pensar en reformar nuestro sótano para instalar unos grilletes, a lo mejor deberían saltar ya las alarmas.

Siete rasgos ventajosos
Detalle de la portada del libro.

Estos son, según Kevin Dutton, los siete rasgos de la personalidad psicopática que, «con buen criterio y aplicados con el debido cuidado y atención», pueden convertirse en un impulso hacia el éxito profesional.

1. Impasibilidad. No se dejan influir por la popularidad de una decisión a la hora de tomarla.

2. Encanto. Tienen habilidad para dar en cada situación la imagen más conveniente.

3. Concentración. Una vez fijado el objetivo, nada les distrae.

4. Fortaleza mental. Muestran una gran capacidad de esfuerzo para alcanzar su meta.

5. Intrepidez. Mantienen la compostura en presencia de amenazas o adversidades.

6. Atención plena. Se centran más en el presente que en planteamientos hipotéticos.

7. Capacidad de acción. «Los psicópatas no procrastinan nunca», afirma el psicólogo británico. Necesitan actuar.