Ilustración: Iván Mata

El peor trago de ser abstemio: las preguntas y los comentarios

Según las estadísticas, el 31% de los españoles adultos no ha probado el alcohol en el último año y el 13% no lo ha tomado nunca. Todos sabemos que beber es malo, pero a menudo seguimos acosando con impertinencias a quienes no lo hacen

Carlos Benito
CARLOS BENITO

No falla: en este país, en cuanto una persona informa a otras de que no bebe alcohol, se desencadena una serie de comentarios y preguntas que parece atenerse siempre al mismo guion, impertinente y obsesivo. La escena suele desarrollarse junto a la barra de un bar, o en torno a la mesa de un restaurante, con el grupo entero contemplando al abstemio como si fuese una curiosidad antropológica, una rareza, un alien disparatado que de pronto se ha materializado allí, en mitad del corro de vinos y cañas. Y, luego, están las conclusiones que los aludidos no llegan a escuchar, que pueden oscilar desde el clásico «estará embarazada» (bueno, esa sí suele escucharse) hasta suponerles algún viejo problema con el alcohol, o algún progenitor borracho, o váyase a saber que oscura motivación para no someterse a la castiza costumbre de pimplar. Si no supusiese un contrasentido, estas desesperantes reacciones serían como para darse a la bebida.

«Con lo que recibo más presión es con el vino. Prácticamente en cualquier comida que comparto con personas a las que acabo de conocer surge la sorpresa ante mi abstinencia y me 'invitan' a iniciarme en ese mundo. Luego, los amigos van un poco más allá, con bromas del tipo 'jamás te fíes de alguien que no bebe'», se resigna el periodista canario César Sar, que ha dado dos vueltas al mundo al frente del programa televisivo 'El turista' (Canal Viajar) y ha tenido que rechazar todo tipo de alcoholes. «A mí lo que más rabia me da, y ocurre muchas veces, es cuando me preguntan por qué. Tener que justificar por qué no bebo alcohol mientras nadie pide explicaciones a gente que es alcohólica o a los que se emborrachan cada fin de semana es un buen síntoma de cómo es la relación entre esta sociedad y el alcohol», plantea el guipuzcoano Andoni Munduate, un gestor de proyectos que sigue sin beber pese a su implicación en varias iniciativas gastronómicas. «Me han dicho de todo, pero creo que la reacción más recurrente es la que te califica automáticamente de aguafiestas. Lo increíble, lo más pesado, es tener que justificarse», coincide desde León la tecnóloga de los alimentos y divulgadora Beatriz Robles.

«Te califican automáticamente de aguafiestas, pero lo increíble, lo más pesado, es tener que justificarse»

beatriz robles

Si nos atenemos a las estadísticas, César, Andoni y Beatriz tampoco son tan raros. Ocurre, eso sí, que las estadísticas en estos asuntos no siempre son muy fiables: no solo hay gente que miente al encuestador, sino también muchas personas que se engañan a sí mismas acerca de su propio consumo de alcohol. En cualquier caso, según el Observatorio Global de la Salud de la OMS, con cifras de 2016, el 31% de los españoles de más de 15 años no habían probado el alcohol en el último año. Más en concreto, se trataba del 19% de los hombres y el 43% de las mujeres, una proporción en la que, lógicamente, está incluida gente que antes bebía y que lo ha dejado de manera temporal o definitiva por alguna razón (incluidos casos tan evidentes como el de las mujeres embarazadas o lactantes). Otra tabla recoge el porcentaje de abstemios totales, es decir, la gente que jamás ha bebido alcohol: en España rondan el 13% de la población adulta, aunque esa cifra es un promedio entre el 6,6% de los hombres y el 20% de las mujeres. Hay países con muchos menos abstemios 'puros', como Luxemburgo (el 3,4%), Uruguay (6%) o Singapur (6,7%). También hay que decir que, si consideramos la población mundial en su conjunto, lo mayoritario es no beber alcohol.

Más allá de las cifras, parece obvio que el entorno español complica especialmente la abstinencia. Aquí el consumo de alcohol tiene una dimensión social de la que carece en las naciones del norte, donde abundan más los bebedores domésticos: vivimos en el país europeo que destina una parte mayor del presupuesto familiar a bares y restaurantes (el 14,8%, frente a un mínimo del 2,5% en Polonia), mientras que la porción invertida en alcohol para tomar en casa ronda el 1% (en Estonia es el 5%). Esa vertiente social suele llevar aparejada la correspondiente presión sobre el abstemio. «A mí me resulta graciosa la expresión 'bebedor social', porque uno es bebedor o no lo es: nadie habla de cocainómanos sociales. España es un país, no el único, donde el alcoholismo es aceptado como 'lo normal'. Eso implica, por ejemplo, que apenas haya oferta en hostelería para la gente que no bebe alcohol: salir de fiesta es 'marca España' y beber alcohol es salir de fiesta. Tampoco solemos caer bien a los restaurantes, ya que obtienen gran parte de sus beneficios de las bebidas alcohólicas», lamenta Andoni Munduate, que, no obstante, añade una nota de optimismo: «En los últimos años, los restaurantes de alta cocina están prestando atención, ¡por fin!, al maridaje de sus menús con bebidas no alcohólicas: es una experiencia fabulosa ir al Nerua, el restaurante del Guggenheim, y maridar su menú con bebidas creadas por ellos».

Quinientas promesas

Es curioso comprobar cómo las sociedades de temperancia, que tanto peso tuvieron en el mundo anglosajón en el siglo XIX, no llegaron a prender en España. El historiador Juan Carlos Usó ha recuperado intentos como la primera asociación de este tipo creada en nuestro país (en 1888 en Valladolid), los doscientos médicos españoles que firmaron el Manifiesto Médico Internacional contra el Alcohol de 1903, los más de quinientos compromisos personales de abstinencia que promovieron unos activistas británicos desde Castellón (hubo provincias, como Álava o Ávila, donde no consiguieron ninguno), el lanzamiento del periódico 'El Abstemio' y la fundación, en 1911, de la Liga Antialcohólica Española, pero en general quedaron como intentos más pintorescos que influyentes o efectivos. No obstante, sería un error pensar que estamos solos en esto: César Sar, nuestro 'turista' abstemio, ha vivido algún momento delicado en sus andanzas por el mundo: «Cuando hice el recorrido en Transiberiano, tras una amigable charla con una familia rusa en su compartimento, el padre me ofreció vodka y amablemente rehusé, pero insistió porque entendía que era una ofensa por mi parte. En China me ocurrió algo parecido con baijiu, una bebida típica, y con unos empresarios, algunos bastante pasados de alcohol. Alguno se puso en pie y me espetó unas palabras en mandarín, que no entendí pero, intuyo, no fueron precisamente piropos».

«Tampoco solemos caer bien a los restaurantes, ya que obtienen buena parte de sus beneficios de las bebidas alcohólicas»

andoni munduate

¿Qué haría falta para 'normalizar' por fin la opción de no beber? Beatriz Robles identifica unos cuantos factores que complican este avance: «El personal sanitario no ha dado información clara sobre los riesgos, aunque según la OMS todo consumo de alcohol los implica, y algunas sociedades científicas han avalado mensajes como 'una copa de vino es buena para la salud cardiovascular' o han publicado guías en las que contemplan las bebidas fermentadas como aceptables en una dieta saludable. Además, las administraciones aceptan que se haga publicidad de bebidas alcohólicas y depositan la responsabilidad en el consumidor con frases como 'disfruta de un consumo moderado', cuando la libertad de elección está determinada por mil factores. Se siguen publicando titulares sobre estudios en los que supuestamente se encuentran efectos positivos derivados de la ingesta de vino o cerveza, sin mencionar, por ejemplo, que la investigación se ha hecho en ratones o que se ha dado una dosis elevadísima de un compuesto que puede aparecer en el vino o en la cerveza en proporciones mínimas. Un cambio real solo será posible con la implicación de todos los actores: la administración, la educación, los medios de comunicación...». Brindemos por ello... cada uno con lo que quiera.

Jóvenes de botellón. / Avelino Gómez

«Se mantiene la presión social sobre los adolescentes»

En los últimos años, se han publicado estadísticas sobre la relación entre los jóvenes y el alcohol que invitan al optimismo, pero esa vertiente del asunto sigue combinando una de cal y otra de arena: «Es cierto que aumenta el porcentaje de jóvenes que beben poco o no beben y el de los que salen poco o no salen, y que ha descendido un 20% el consumo juvenil de alcohol en 20 años, según estudios de la FAS, pero también parece aumentar el porcentaje de grandes bebedores y el fenómeno del atracón de alcohol o 'binge drinking'», analiza Luis Ruiz Aja, técnico de juventud del Ayuntamiento de Santander y autor del libro 'Noches y jóvenes'.

El incremento de jóvenes abstemios constituye una tendencia global: «Se apuntan varias razones: la creciente importancia que otorgan a la salud, la aparición de otras adicciones sin sustancia, tecnológicas, y la pérdida de valor instrumental del alcohol: antes lo usábamos para envalentonarnos y poder ligar o decir aquello a lo que no nos atrevíamos, ahora lo hacen a través del móvil y las 'apps' para ligar», apunta el experto, responsable de un veterano programa de ocio alternativo en la capital cántabra.

«Dicho lo anterior –añade–, en España se mantiene la presión social sobre los adolescentes para que se inicien en el consumo de alcohol. Funciona el fenómeno de la profecía autocumplida, el de 'lo hago porque todos lo van a hacer', y quienes salen a divertirse sin beber acaban sintiéndose fuera de lugar llegada cierta hora de la noche. La juventud ha mamado, nunca mejor dicho, esa cultura alcohólica». Ruiz Aja señala, no obstante, que al menos aquí existe cierto «control del descontrol», en comparación con otros países europeos donde el consumo es más compulsivo. «Lo que se advierte en las últimas generaciones es un cierto cansancio respecto al modelo clásico basado en salir de copas y una búsqueda de nuevas formas más participativas, autogestionadas y baratas de diversión. Esta tendencia se está acentuando con la pandemia y el cierre de los locales de ocio».