ADRIà VOLTà

¿En qué momentos de la vida sentimos soledad?

Este sentimiento deja marca en distintas edades, no solo en la vejez

Solange Vázquez
SOLANGE VÁZQUEZ

En nuestra cabeza, la soledad es 'algo' que pasa en la recta final de la vida. Hablamos de la soledad indeseada, la 'mala', la que pesa. Pero no es así, esta sensación puede surgir en todas las etapas de nuestra biografía. De hecho, la vida podría entenderse como una montaña rusa formada por fases de mucho ajetreo y compañía y periodos de lo contrario: de falta de ilusiones compartidas, asideros sociales y seres queridos. «La soledad no es privativa de ningún grupo de edad», sostienenMelania Moscoso y Txetxu Ausín, científicos del CSIC y autores de 'Soledades. Una cartografía para nuestro tiempo' (editorial Plaza y Valdés). ¿Por qué ninguna franja de edad se libra de ella? Primero, porque tiene una variante subjetiva –podemos sentirnos solos aunque estemos rodeados de personas– y, segundo, porque hay acontecimientos «como la pérdida de un ser querido, la salida del mercado laboral, rupturas de pareja y migraciones» que marcan picos altos de soledad en cualquier momento de nuestra existencia. Paradójicamente, también la llegada de un hijo –debido al cambio de vida que requiere y al abandono de las conexiones sociales habituales– suele desencadenar sentimientos de soledad muy fuertes (y difíciles de explicar). Así que no, la soledad no es una situación o sentimiento reservado a los últimos compases de la vida. Veamos qué formas adopta en las distintas etapas.

Niñez y adolescencia

«Durante la niñez y la adolescencia se puede experimentar soledad por falta de arraigo familiar, choque cultural o discapacidad», indican Moscoso y Ausín. Los peques que no encuentran referentes de seguridad y aquellos que deben cambiar su entorno habitual por el motivo que sea pueden notar una profunda sensación de soledad.

Además, en la infancia, la soledad tiene mucho que ver con la necesidad de pertenencia a un grupo social, una de las principales del ser humano. Y en la niñez es muy evidente: formar parte de un grupo de iguales se convierte en una prioridad ya a edades muy tempranas. Si no la ven cubierta, los peques perciben que ocurre 'algo malo'. Según un estudio realizado por investigadores de las universidades de Harvard, Stanford, Curtin y Western Australia, la autorreflexión es una de las armas más efectivas para paliar la soledad. El inconveniente es que en la niñez y adolescencia no disponemos de este recurso.

Juventud

«El sociólogo Robert Castel alude a los jóvenes que 'sudan la gota gorda' en situación de precariedad, que encadenan un contrato precario tras otro y para quienes su vida social se reduce a breves encuentros que no se insertan en un proyecto vital», destacan los autores de 'Soledades'. Así que, sí, siendo jóvenes y muy activos podemos sentirnos tremendamente solos. «Existen investigaciones que señalan que el suicidio era, ya antes de la pandemia, la tercera causa de muerte entre los menores de 30 años en nuestro país. Según los últimos datos de la asociación española de Pediatría, es ya la segunda, y de hecho se calcula que el porcentaje de población que ha tenido ideas suicidas en el último año en la franja de edad de 15 a 29 años es del 25,7%, más de 10 puntos por encima de la población en general», desvelan los investigadores. En esta etapa vital, la soledad se expresa como la incapacidad de compartir nuestras inquietudes o temores con alguien. «Por ejemplo, el colectivo de personas migrantes, compuesto en su mayoría por jóvenes, está con frecuencia aquejado de soledad», añaden.

Madurez

Llegamos al ecuador de la vida con todo más o menos asentado, ¿no deberíamos recoger los frutos de nuestros desvelos en años anteriores y disfrutar de una etapa de mucha compañía y lazos sociales? Hay obstáculos propios de esta etapa que dinamitan esta pretensión. ¿Cuáles son las causas de nuestra soledad? «Variaciones en la estructura familiar, el síndrome del nido vacío, los cambios de residencia y la dedicación intensiva al cuidado», enumeran los científicos del CSIC. ¿Hay algo que frene los estragos de este ramillete de factores? «Sí, la inserción en el mercado laboral», añaden. Pero cuando esta etapa se acaba...

Vejez

No estamos preparados para frenar en seco nuestra actividad. Después de la vida laboral y de criar hijos, llega una etapa que se ha vaciado tradicionalmente de contenido. Nos sentimos improductivos y solos. A esto tenemos que añadir que a menudo se producen «fenómenos como la pérdida de seres queridos, la enfermedad y la vida en contextos institucionalizados» que disparan la sensación de soledad. Aunque, paradójicamente, a partir de los 60 la sensación de felicidad es mayor que en los años previos a los 50, según un estudio de la Oficina de Estadísticas Nacionales del Reino Unido.

CÓMO NO AFRONTARLA

  • 1 Obsesionarse con un pensamiento nos hace entrar en bucle.

  • 2 Culpar a otras personas de la situación empeora nuestro estado.

  • 3 Pensar en situaciones catastróficas, como que podemos enfermar, sufrir un accidente o ser víctimas de un robo en casa estando solos..., aumenta el agobio.

  • 4 Evitar contactos deliberadamente es un gran error.

Hipervigilancia, epidemia en expansión... La cara más negativa

La neurobiología ha abordado el tema de la soledad. Los investigadores Hawkley y Caccioppo explican que la percepción subjetiva de aislamiento social, que es como ellos describen la soledad, conduce a un estado de hipervigilancia que hace percibir el entorno como amenazante. Esto, claro, genera ansiedad.

Según los investigadores del Centro de Impacto Social, la soledad indeseada «es una forma de sufrimiento» sobre la que pesa lo que llaman «estigma del fracaso». «La soledad tiene un enorme impacto negativo sobre la salud física y psíquica y la calidad de vida (problemas cardiovasculares, descenso del sistema inmune, trastornos psicológicos, suicidio…). Sufrir de soledad es mal vivir», destacan Melania Moscoso y Txetxu Ausín. Así lo avalan numerosos estudios. Dhruv Khullar, médico e investigador de Weill Cornell Medicine en Nueva York, destaca que la soledad está relacionada con interrupciones en el sueño, respuestas inmunes anormales y un empeoramiento cognitivo acelerado entre individuos aislados socialmente. Él llamó a todo esto «una epidemia en expansión».