Sergio García

Plantando batalla en tierras del Cid

Burgos deslumbra aunque las nubes se adueñen del cielo y en Atapuerca el viento susurra que cualquier tiempo pasado fue peor

SERGIO GARCÍA

Giovanni tiene apenas 20 años, pero ese rasgo en absoluto le define. Mientras los demás se refugian del inclemente sol y dan buena cuenta de unas carrilleras regadas con vino, él estudia la rampa que sale de Villafranca de Montes de Oca con la consideración que merece tu peor enemigo. Trabajó un año en un refugio de los Alpes franceses y sabe lo que es tener que bajar a diario una cuesta endiablada para ir a por el pan... y luego subirla. Lleva en la mochila una tienda de campaña y un infiernillo, aparte de toda la parafernalia propia del peregrino. Le calculo no menos de 14 kilos, aunque los teóricos de esto aconsejan no cargar con más del 10% de tu peso. Y eso sin contar la botella de 2 litros de agua, porque entre este pueblo y el siguiente hay 12 kilómetros de repechos y bajadas abruptas, donde abundan pinos, robles y enebros, pero no hay rastro de fuentes o colmados donde avituallarse. Le dicen la Sierra de la Demanda y por Dios que demanda de cada uno lo mejor de sí mismo.

Giovanni, decía, es de Bérgamo y cuando anda parece que sus pasos los marca un diapasón. Tiene larga melena y una barba de ermitaño, y aunque yo mataría por un gotero de solución salina, él ni siquiera suda. Ni una gota, es desesperante. Cuando hacemos cumbre en el alto de La Pedraja pasamos junto al monolito que señala el lugar donde 300 republicanos fueron fusilados en los primeros compases de la Guerra Civil. La mayoría de sus restos desaparecieron cuando se construyó la pista por la que ahora transitamos, un paraje de matorral y monte bajo batido por el viento. Una tumba sin nombres.

Después de una caminata de más de dos horas, surge de la nada San Juan de Ortega, un antiguo cenobio rodeado por apenas media docena de casas, la mitad albergues. Un remanso de paz donde lo primero que hago es atacar un plato de morcilla con el ansia de un náufrago antes de acostarme unas horas bajo techo para recuperar fuerzas. Eso yo, porque Giovanni ha levantado el tenderete en el corazón del bosque, como un partisano emboscado. Antes de despedirnos me dice que él lo deja en Burgos, pero no por cansancio, no. Es que en agosto empieza un trekking de dos semanas por Islandia y aún lo tiene todo manga por hombro. Definitivamente, los hay que no escarmientan.

El amanecer nos sorprende en compañía de Natalie y Gwennaelle –la una de Lille, la otra de París– atravesando un pinar silvestre camino de Agés y Atapuerca, meca de los paleoantropólogos, que tienen aquí un laboratorio de excepción para estudiar la evolución humana a partir de sus registros fósiles. Aprovecho que el pueblo está aún desperezándose para atacar la que será hoy la única ascensión –breve– y una vez arriba contemplo Burgos en la distancia, deslumbrante, con la catedral emergiendo de su centro como un poema tallado en piedra.

«A Giovanni el Camino le sirve de calentamiento mientras organiza un trekking en Islandia»

Pues bien, tres horas me lleva llegar hasta allí, entre planicies de cereal, pueblos como Cardeñuela y Orbaneja fundiéndose al sol y un polígono industrial que arranca del aeródromo de Villafría y no se diluye hasta las mismas puertas de la ciudad. Es domingo, todo está cerrado y esa larga recta se antoja tan achicharrante como un western salido de las novelas de Estefanía. Cuando llego a Burgos, la catedral acaba de cumplir 800 años, las terrazas están de bote en bote y los niños me miran como las vacas al tren. Mala señal. Con la barba de 11 días, la braga en la cabeza para no sufrir una lipotimia y mi moreno 'agromán' debo parecer un homínido de esos de Atapuerca, que tienen revolucionada a la comunidad científica.

Transgresiones

El grupo se vuelve a reunir en Burgos al cabo de unas horas el tiempo justo para lamentar nuevas bajas. Esta vez le toca a Daniel, que ya avisó en Saint Jean de que su compromiso con el santo duraría doce días exactos. No ha escatimado esfuerzos, porque los pies le han dado guerra. Profesor de Infantil y Primaria en Pamplona y dueño de un carácter afable donde los haya, es capaz de quedarse frito hasta en la punta de un paraguas. Mariano, siempre al quite, le ha colgado el apodo de 'Dormilón'. «No sé, será que tiene narcolepsia», le vacila. El interpelado niega la mayor y le manda amablemente a tomar por saco.

Marie ha llegado a acumular siete ampollas en un solo pie, unas encima de las otras

Para el resto sigue el 'long way home', que cantaba Supertramp, aunque se hayan producido ya algunas transgresiones en forma de autobús o taxi. Eso sí, siempre por prescripción facultativa. Marie ha llegado a acumular siete ampollas en un solo pie, unas encima de las otras. Parecía un ecce homo (según la definición del Centro Cervantes, «persona lacerada, rota, de lastimoso aspecto») y su andar se había vuelto cauteloso hasta el extremo, sabedora de que cualquier tropiezo le haría ver las estrellas. Como ella estaban Manuel y las francesas Pauline y Fave, aunque es de suponer que en su caso los excesos de la noche también se han debido cobrar un peaje.

Allí cerca, en el número 18 de la calle Fernán González, junto a la plaza de la Flora y al pie de las murallas, puedo adivinar a un crío peinado a raya aprendiendo a andar en bicicleta en su propia casa –«de lo largo que era el pasillo, figúrate»–, absorto las noches de tormenta en que los pararrayos de la catedral atraían sobre sí todas las iras del cielo, y fumando a escondidas picadura con las colillas que recogía de la calle. Me lo imagino muy bien porque ese chaval es mi padre. Y hay cosas que no se olvidan de tanto oírlas ni se acaban de pagar nunca.