Ilustración: Felip Ariza

Doce cosas de crecer en los 70 y los 80 que sorprenden a los jóvenes de hoy

En las infancias y las adolescencias de entonces había descampados, máquinas de escribir, rombos en la tele, salones recreativos y muchos ratos muertos: «Hoy nos hemos acostumbrado a que todo sea instantáneo»

Carlos Benito
CARLOS BENITO

La sociedad ha cambiado tanto en treinta o cuarenta años que, si pudiésemos retroceder por un día a nuestra infancia o nuestra juventud, muchos adultos de hoy nos sentiríamos extraños en aquel pasado nuestro. A veces creemos que la España de los 70 y los 80, la del último franquismo y la transición democrática, no era en realidad tan diferente a la actual, pero después nos topamos con una vieja foto de nuestro barrio o nuestro pueblo y nos parece estar contemplando otro país, no muy alejado del subdesarrollo. Y, si bajamos al terreno de las costumbres, la transformación se vuelve todavía más radical: ser niño o ser joven en aquellos años se ceñía al mismo esquema básico de quienes están creciendo hoy en día (al fin y al cabo, las aspiraciones vienen a ser siempre las mismas, pura condición humana), pero difería en un montón de detalles que suelen provocar sorpresa y desconcierto a los chavales de hoy.

¿Cómo se sentirían un quinceañero o una quinceañera actuales si los transportáramos a nuestros quince años? «Creo que sentirían ansiedad ante los ritmos cotidianos, habituados como están hoy a entradas de información constantes. La chica de 15 que yo fui en los años 70 vivía sometida a una repetición de hábitos en los que la información se obtenía solo en momentos predecibles: en la charla entre amigos los fines de semana o los momentos entre clases, o en la media hora en que se escuchaban las noticias televisadas durante la cena. Se sorprenderían también de la escasez de objetos personales que teníamos en nuestros cuartos y armarios. Ropa, la justa; casi ningún cosmético, ni productos de belleza hoy imprescindibles a los 15 años. Por no tener, muchas chicas no usaban secador de pelo, ¡sacaban la melena a la ventana a que le diera el sol!», evoca Montserrat Huguet, doctora en Historia Contemporánea y catedrática de la Universidad Carlos III, que recopiló los recuerdos de su niñez sesentera en el libro 'La España del seiscientos' y acaba de reflejar su adolescencia setentera en 'España en un dos caballos' (editorial Catarata).

El cambio de ritmo afecta a todas las facetas de la vida. «Les extrañaría que antes había que esperar por todo: los capítulos de las series, uno por semana; los dibujos, los fines de semana después de comer; ibas mil veces al videoclub hasta que conseguías la única copia que había de la película que querías ver y ni te cuento lo que te costaba ahorrar para comprarte tu disco favorito... Hoy nos hemos acostumbrado a que todo sea instantáneo y creo que a los adolescentes de hoy les costaría mucho acostumbrarse a que cada cosa requiere un esfuerzo», reflexiona Jorge Díaz, nacido en 1971 y 50% de esa prodigiosa 'máquina de nostalgias' que es Yo Fui a EGB. Su compañero Javier Ikaz, del 78, asiente con cierta malignidad: «No tendrían ni móvil ni redes, ¡sería traumático, je, je...!». Repasemos doce detalles chocantes para los jóvenes que jamás se han puesto un supositorio ni se han operado de anginas.

Muchos estudiábamos francés

Oui, durante muchos años el francés fue la lengua extranjera más impartida en nuestro sistema educativo, con una larga decadencia que terminó a mediados de los 80 con la victoria definitiva e irreversible del inglés. Otra cosa era que muchos de aquellos profesores dominaran realmente la lengua de Molière: «Los dos idiomas se enseñaban francamente mal. Al bilingüismo, clases medias-altas al margen, todavía no se le otorgaba la importancia merecida», comenta Montserrat Huguet.

Los trabajos, a máquina

En unos pocos años, la máquina de escribir pasó de ser una herramienta imprescindible y omnipresente a quedar arrumbada por la historia como una patética antigualla. A partir de cierta edad, cada vez que había que presentar un trabajo importante, tocaba pelearse con ella y guarrear con el Tipp-Ex para corregir errores. «Te tirabas más tiempo pasándolo a máquina que haciéndolo. Y ojito con no equivocarte o que la cinta te emborronara todo y tener que empezar de nuevo», se agobia todavía hoy Jorge Díaz. En su libro, Montserrat Huguet cuenta que su primer título oficial fue el de mecanógrafa, pero también se recuerda afanándose con la máquina antes de alcanzar aquel virtuosismo de las cuatrocientas pulsaciones por minuto: «El proceso era lento, largo, y requería de mucho esfuerzo y atención. Tener una mala ortografía era nefasto si se escribía a máquina, ¡razón de más para intentar pulirla!».

Jugábamos en descampados

Los planos de aquellas ciudades, que habían crecido de golpe para acoger la avalancha del éxodo rural, estaban aún repletos de huecos, tierras de nadie en las que se confundían la naturaleza y los residuos urbanos: siempre había por allí algún neumático o algún hierro herrumbroso que obligara a ponerse la inyección del tétanos, esa enfermedad que parecía existir solo en las amenazas de los adultos. Eran espacios intermedios entre el campo y el vertedero y se convirtieron en los dominios de los críos. «Ni siquiera las ciudades grandes tenían zonas verdes o de juego en las áreas apartadas de los grandes parques. Tampoco había instalaciones deportivas fuera de algún colegio privilegiado. En los descampados se improvisaban campos de futbol, escondites y pistas de chapas, truques… Las niñas íbamos siempre provistas con goma y cuerda», rememora Huguet.

Mazinger Z y Afrodita A, en una tele en blanco y negro.

Todos veíamos lo mismo en la tele

En los 70 había dos cadenas, o más bien cadena y media, porque el UHF tenía una oferta muy limitada, y en los 80 se fueron sumando las autonómicas. Para gran parte de aquella generación, el impacto emocional de algunos programas televisivos fue mucho mayor que el de la agitada historia del momento: dibujos como 'Marco' o 'Mazinger Z' (en 1977 y 1978) o momentos como la muerte de Chanquete o la revelación de los lagartos de 'V' (en 1982 y 1985) dejaron una huella imborrable. «Veíamos lo mismo y a la misma hora. ¡Aquellos programas sí que eran 'trending topics' sin necesidad de 'hashtags'!», resume Javier Ikaz.

Los niños bajábamos solos a comprar vino y cerveza

Y llevábamos los cascos, claro, en un ejemplo de reutilización que más nos valdría recuperar. En aquella época no se veía mayor problema en venderle a un menor la botella de vino, las cervezas o el paquete de cigarrillos. «Yo recuerdo a un profesor que, en medio de clase, mandaba a algún alumno al bar a comprarle tabaco. Y, claro, no paraba de fumar en el aula», aporta Jorge Díaz. Hoy todo suena un poco salvaje: el crío que bajaba solo a hacer los recados, la venta libre de alcohol y, en fin, el hecho de que muchos de nosotros catásemos después el producto, convenientemente 'cortado': «Que yo sepa, los niños que tomábamos vino rebajado con sifón o gaseosa no desarrollamos alcoholismo o dependencia reseñable», ironiza la historiadora.

Éramos hasta 40 en cada clase

«Si no recuerdo mal, en alguna de mis clases llegamos a ser 44», corrige Huguet. «¡Y aún nos sabemos el apellido de todos!», añade Díaz. En España, el 'baby boom' llegó con retraso, como tantas otras cosas, y entre 1958 y 1977 nacieron casi catorce millones de niños, cuatro y medio más que en las dos décadas siguientes. Se tardaba un rato en pasar lista.

La hora de los lentos en la disco

«En los 70 hubo una transición entre guateques, salas de fiesta, discotecas y locales de música. Los 'baby boomers' hicimos todo el recorrido, desde el guateque en un garaje a los 10 años hasta la visita al Rock-Ola a los 18. Con los temas lentos, más que bailar, era un agarrarse al otro para tomar contacto directo con la pubertad ajena», repasa la profesora de la Carlos III. El inicio de los lentos (a algunos, hay canciones que les siguen retrotrayendo automáticamente a aquel momento) suponía el trance decisivo, una especie de juicio final de sábado noche que dividía el mundo en triunfadores y perdedores: «Llevabas ensayado cómo pedirle baile a la chica que te gustaba, pero siempre se te adelantaba alguien, ¡otra vez será!», se resigna retrospectivamente Jorge Díaz.

Celebrábamos los cumpleaños en casa

No había presupuesto para más. De hecho, en las ciudades pequeñas o los pueblos, tampoco solía existir ningún local adecuado para un convite infantil. «Parientes y amigos entraban y salían picando lo que hubiera servido en la mesa del comedor: mucha patata frita, panchitos, refrescos, algún bocadillo y platos del estilo de la tortilla española, las croquetas o los huevos rellenos», repasa el menú Montserrat Huguet. La botella grande de refresco ya era en sí una fiesta.

Los dos rombos te mandaban a la cama

Ahí aparecían, en la parte superior derecha de la pantalla: hasta 1984, fueron la advertencia de que el programa era para mayores de 18. Cada familia se los tomaba a su manera: había padres que rechazaban esa injerencia del Estado en su organización doméstica y otros que, en fin, te mandaban a la cama zumbando. En realidad, lo que venía después no solía ser para tanto, porque la tele no se había sacudido la mojigatería de la dictadura: «Los programas con rombos solían ser películas o series policiacas, dramas y alguna producción española de teatro clásico televisado –aclara Huguet–. En mi casa, como en tantas, se veían toros, y combates de boxeo a la hora de la cena. Tal vez porque la televisión era en blanco y negro, la sangre no se apreciaba en toda la magnitud de su significado, pero no puedo olvidar el espectáculo de los ojos a la virulé y las bocas infladas de los boxeadores. Tampoco el estertor final de los animales apuntillados. Eso no llevaba rombos».

Los padres arreaban bofetadas... y algunos maestros también

Había auténticos maltratadores, cómo no, pero el bofetón a tiempo se consideraba una legítima herramienta pedagógica. «Las madres eran más de amagar pero no dar. El 'te voy a dar' lo tenían siempre en la boca, pero, más allá de un cachetillo en el culo, por lo general no pegaban. El caso de los padres era distinto. Estaban menos en contacto con los niños y en casa perdían la paciencia. Algunos consideraban un derecho paternal enderezar a los hijos», analiza la historiadora. A los chavales de hoy todavía les asombra más que algunos profesores tuviesen la mano muy suelta, sin que las familias protestasen.

Los videojuegos, en los salones recreativos

El sector de los recreativos era muy variado, ya que abarcaba desde salones de aire moderno, casi americano, hasta tugurios oscuros y con olor a cerrado donde se podían comprar cigarrillos por unidades. Ahí echábamos las horas, por mucho que la falta de monedas ya hubiese mercado su inapelable 'game over': «Te pasabas más tiempo mirando que jugando: '¿Te paso la pantalla?', '¿me dejas un tanque?'», recuerdan los responsables de Yo Fui a EGB. Los recreativos evidenciaban el abismo generacional de la época: para los chavales (sobre todo, chicos), eran un paraíso donde se podía alcanzar la gloria de la puntuación máxima, pero algunas familias los veían como el primer paso en un porvenir de depravación. «Siempre se mencionaba como ejemplo a un primo, bala perdida a cuenta de estar todo el santo día allí dentro», se ríe Huguet.

Nos aburríamos con cierta frecuencia

Quizá sea la diferencia definitiva entre las dos épocas. Había ratos largos, laaaaaargos, en los que uno no tenía nada ilusionante en lo que ocuparse, y no digamos ya en circunstancias como la visita a una anciana tía o el domingo en el pueblo. Nos aburríamos, sí, «y eso era muy importante y necesario para darle a la cabeza e inventarnos juegos», añade Javier Ikaz. «Nos aburríamos mucho –asiente Montserrat Huguet–. Yo, al menos. Seguro que había chicos y chicas que no se aburrían, pero yo nunca me he liberado de la sensación de haber crecido dentro de un corsé físico y mental. Matar el tiempo sin aburrirse fue a veces todo un reto en el que la lectura me ayudó muchísimo».

Jóvenes haciendo una exhibición de breakdance en la calle en 1986. / Eduardo Argote

«El móvil nos habría parecido ciencia ficción»

¿Qué se ha ganado y qué se ha perdido con el cambio? ¿Había algo en las infancias y las juventudes de entonces que fuese mejor que en las actuales? ¿Y algo de ahora que nos habría vuelto locos entonces? Ocurre que, a menudo, lo mejor y lo peor son caras de una misma moneda. «Está ese tópico de que antes se jugaba más en la calle y te encontrabas con los amigos sin necesidad de quedar. Pero también pienso que la tecnología de ahora nos habría encantado de haberla disfrutado», comenta Javier Ikaz. Su compañero Jorge Díaz profundiza en esa ambivalencia: «Antes las cosas eran más duraderas y conseguíamos disfrutarlas más: podías tirarte años con tu juguete favorito o escuchando esa casete que recopilaba canciones grabadas de la radio, con lo que llegábamos a tener más apego por las cosas y es normal que nos hayan dejado más poso. Hoy vivimos a un ritmo vertiginoso, todo es efímero y cada día nos intentan crear una nueva necesidad, ya sea la nueva serie de moda, el cantante que lo peta, el último 'smartphone' o ese 'must' que tienes que tener, sin darnos tiempo a disfrutar cada cosa. Es un poco estresante. Pero, desde luego, habríamos flipado en colores con este aparatito en el bolsillo que nos permite localizar al instante a cualquier persona sin necesidad de hacer cola en una cabina, sacar fotos sin llevarlas a revelar, escuchar música sin comprar pilas para el 'walkman' y buscar cualquier información sin tirar de enciclopedia o biblioteca. ¡Nos habría parecido ciencia ficción!».

Montserrat Huguet fantasea con lo que habría supuesto para ella contar con ordenador e internet. «Escucho las críticas a las multinacionales y las comprendo, pero seguro que no hay personas más favorables a Microsoft, Google o Amazon que muchos de quienes crecimos sudando tinta a la hora de escribir a máquina para no confundirnos, o investigando para nuestros trabajos escolares y universitarios rodeados de libros gordísimos que no siempre era posible conseguir y, desde luego, resultaba penosísimo manejar. La digitalización es un invento maravilloso. También la facilidad con la que se obtiene el pasaporte, se hacen planes de viaje o se vive la sexualidad adolescente», repasa. ¿Y qué se ha perdido? «Creo que los chavales de aquella época aprendimos a ser más pacientes a la hora de persistir en nuestros empeños y, sobre todo, manejábamos mejor la frustración. No tener lo deseado, fracasar en los intentos, carecer de interlocutores válidos a la hora de discutir un problema, tener que darle a la cabeza para lograr esto o aquello... Todo eso formaba parte de una educación muy autodidacta, con menos recursos que la actual. Eran pocos los que se ahogaban en un vaso y nos contentábamos con facilidad».

Temas

Google