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Ciudadela de Jaca. Verónica Lacasa
Jaca, lo verde empieza en los Pirineos

Jaca, lo verde empieza en los Pirineos

Un país en mascarilla ·

De ciervos, calores y síndrome de abstinencia

Jueves, 6 de agosto 2020

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Desde que he llegado a Jaca, hay una habitación al otro lado de la calle de mi hotel que permanece con la puerta del balcón abierta, la persiana bajada a la mitad y la cortina echada. No hay movimiento, todo es silencio, quietud. Los únicos rayos de sol que tocan el mirador no se atreven a entrar, los para la persiana, primera línea de defensa ante un calor implacable. Quien vive ahí sabe que la mejor forma de evitar la canícula es refugiarse entre las sombras. Y también sabe otra cosa aún más importante: que en Jaca hace mucho calor en verano. Yo no lo sabía hasta que llegué. Tampoco sabía que se me iba a fastidiar el teléfono, ni que nos pondrían una multa por dejar el coche mal aparcado mientras íbamos al hotel a registrarnos, ni que no iba a poder fumar mientras escribía este artículo, ni que Jaca sería un cóctel amargo de ignorancia por mi parte e imponderables por la suya. Sí sabía, en cambio, que Argentona, pueblo por el que pasamos viniendo de Caldes d'Estrac, era el lugar al que se fueron a vivir juntos Rociíto y Antonio David nada más conocerse. Mi cabeza sigue llena de datos absurdos e inútiles.

Lo cierto es que todo prometía aire fresco: a lo largo del trayecto, los pinos se convirtieron en abetos, y el horizonte apareció como un macizo imponente. Pero no; el calor es insoportable y solo da una pequeña tregua al caer la tarde. Es entonces cuando Jaca sale a pasear y a tomar helados, y las señoras de perlas y mascarilla se sientan en las terrazas de la plaza de San Pedro, y los que bajan de la montaña pasean por el centro buscando un sitio donde tomarse una cerveza, y los padres salen a pasear niños y silletas. Yo, mientras tanto, los miro desde un banco fumando con carácter preventivo, pensando en el mono que voy a pasar cuando me siente a escribir.

Arriba, una rebaño de ciervos en la Ciudadela de Jaca. En el medio, terrazas frente a la catedral. Abajo, calles de un solo sentido para los peatones. Verónica Lacasa
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Imagen secundaria 1 - Arriba, una rebaño de ciervos en la Ciudadela de Jaca. En el medio, terrazas frente a la catedral. Abajo, calles de un solo sentido para los peatones.
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Jaca, ajena a mi futuro síndrome de abstinencia, asoma limpia y organizada: el suelo está marcado por señales indicando el sentido de la circulación de los peatones, hay carteles que salpican la ciudad para recordarte que andes cerca del lado derecho de los edificios y los camareros te avisan de la obligación de ponerte la mascarilla si sigues sentado después de haber consumido: «Doscientos euros le cayeron el otro día de multa a unos chavales. Les salió un poco caro el desayuno», nos dice el dependiente mientras nos tomamos un café en una pastelería de las de chocolate a la taza. Jaca está llena de ellas, y de tiendas de marca, y de restaurantes moninos. Jaca es pija, mucho. Y pionera, que para eso fue la primera capital del Reino de Aragón. Hoy es la capital de la comarca de la Jacetania, punto de partida para esquiadores en invierno y escaladores en verano, y sitio a visitar dentro de mi ruta, aunque una no se haya puesto unos esquíes en la vida ni sepa cómo se coge un piolet.

Los vascos se dejan notar

Por eso, en lugar de enfrentarme a la montaña, doy una vuelta por la Ciudadela, una fortaleza del siglo XVI con su foso, su puente levadizo, su planta pentagonal y su aspecto de Exin Castillos. A su alrededor, los chavales se reparten en corrillos por el césped, los abuelos caminan despacio, mirando atentos las irregularidades del suelo, y los perros campan a sus anchas. El mastín de una pareja joven retoza en la hierba mientras ellos, sentados junto al foso, se beben una cerveza viendo la puesta de sol. Entre trago y trago, se hablan, se descubren, se deslumbran; él le cuenta a ella una película coreana, ella le escucha atenta, yo los miro a los dos fumándome otro cigarrillo.

Bordeando la Ciudadela, vemos ciervos en el foso. ¿Ciervos? Tampoco sabía nada de eso. En cambio, algo sí sabía sobre la cantidad de vascos que van a Jaca. Se oyen en la calle y se ven en las cartas de los restaurantes: gildas, piparras, tortillas de bacalao, chuletones. «Si no fuera por ellos, no habría nadie este verano, porque los de Zaragoza ni se han acercado, con la que tienen allí –me dice la camarera–. También hay gente que viene a hacer montaña. Y algunos que piensan que en esta zona van a estar más seguros y huyen de las playas, que te vas ahí arriba y estás solo. Eso sí, si subís a la montaña tenéis que ir temprano. Si no, la montaña te come».

Verónica Lacasa
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A mí no me va a comer la montaña porque no me acercaré tanto a ella. Como mucho, iré hasta Hecho, un precioso pueblo del Pirineo aragonés próximo a Jaca. Fachadas de piedra, casas coronadas por chimeneas enormes, portaladas, escudos, callejuelas estrechas. Durante el rato que permanecemos allí, tenemos la sensación de estar a salvo de todo. La montaña, en lugar de devorarnos, nos guarda.

Como los muros de la catedral de Jaca. Desafortunadamente, solo me da tiempo a contemplar el taqueado jaqués de la fachada y algo del interior, poco más; el Museo Diocesano habrá que dejarlo para otra ocasión. Y mira que lo recomiendan tanto 'Le Monde' («Una de las más bellas colecciones de pinturas murales románicas del mundo», dice en el cartel del museo, como si fuera la faja de un best seller) como el chico de Turismo, que me ha visto cara de románica, que me ha notado a la legua lo que me pirra a mí una talla, un pantocrátor, un perfil en negro, una composición geométrica. Pero nada.

Tentaciones insatisfechas

Tampoco llego a la Torre del Reloj, ni al Monasterio de San Juan de la Peña, esa maravilla construida al amparo de la montaña, con un claustro que te da ganas de volverte monja benedictina y renunciar a la vida exterior, a sus pompas, a sus obras y a su internet. A los Reyes de España, en cambio, sí les dio tiempo a visitarlo. ¿Ven? Ya les dije que me tenía que haber ido yo de corresponsala de Casa Real en lugar de viajar de aquí para allá como vaca sin cencerro, quedándome en la superficie, en un esbozo, en un constante «qué pena que no nos dé tiempo a ver esto». Todo aparece ante mis ojos, pero no puedo disfrutarlo, como la carta de un restaurante cuando estás a dieta. Y me cabreo porque no puedo hincarle el diente. Ni teclear con una mano y fumar con la otra. ¿Ya lo he dicho? Pues lo repito. El drama. La tragedia.

Me toca irme a redactar este artículo y repasar algunas fotos. La habitación del hotel es tan pequeña que ya me he dado dos veces en la espinilla con la cama intentando sortear las maletas, así que me instalo en la recepción del hotel; a partir de las tres y media de la tarde no hay nadie, y los registros se hacen de forma telemática. Pongo el botellín de agua sobre la mesa, el único elemento litúrgico que conservo de la ceremonia del columnismo. Y escribo, y veo entrar a gente que da su nombre y su DNI a un aparato instalado en la pared, y vuelvo a escribir, y decido subir a la habitación. El balcón de enfrente permanece con la persiana a media asta. Son las once de la noche. Parece que empieza a refrescar.

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