El mayor fragmento del suceso de Cheliábinsk, expuesto en el museo. / STRINGER/REUTERS

¿Sabías que...?

El meteorito que interrumpió una siesta y otros pedruscos espaciales

Las rocas extraterrestres que alcanzan la tierra son fascinantes y, a veces, también un poco inoportunas

Carlos Benito
CARLOS BENITO

Un obstáculo para el arado en Namibia

En su itinerario por el espacio, la Tierra intercepta cada año entre 40.000 y 80.000 toneladas de meteoroides, es decir, fragmentos desprendidos de asteroides y de otros cuerpos celestes, pero la atmósfera impide que la mayoría alcancen la superficie y den lugar a meteoritos. Eso sí, en ocasiones nos llega un buen pedazo: en 1920, Jacobus Hermanus Brits estaba labrando con su buey cuando el arado chocó contra algo y produjo un resonante ruido metálico. Seguro que al agricultor no le hizo mucha gracia esa inoportuna interrupción en sus tareas, pero acababa de dar con el meteorito de Hoba, el mayor que se ha encontrado, con un peso estimado de unas sesenta toneladas. Es tan grande que jamás se ha retirado del sitio, aunque su entorno se ha urbanizado para convertirlo en uno de los atractivos turísticos de Namibia. En España, el mayor meteorito fue el de Zaragoza, de 162 kilos y acompañado de menos detalles: se sabe que se localizó en los años 50 en algún punto de la provincia aragonesa. Hace catorce años, lo compró un famoso 'cazador de meteoritos' y lo fragmentó para venderlo al por menor.

El 'regalo de Dios' que se quedó en nada

A lo largo de la historia han proliferado los relatos sobre piedras salidas de la nada que le dan a alguien, pero el primer caso comprobado de persona alcanzada por un meteorito fue el de Ann Hodges. El 30 de noviembre de 1954, esta joven de Sylacauga (Alabama) no se encontraba muy bien y decidió echarse una siesta en el sofá. De pronto, una condrita de casi cuatro kilos atravesó el techo, rebotó en una radio y golpeó a la pobre Ann en la cadera. Le produjo un gran moratón, en forma de piña, y también cierta complicación vital: Ann y su marido querían quedarse con lo que les había caído del cielo («creo que Dios quería que fuese mío», dijo ella), pero su casera ejerció su derecho de propietaria y también lo reclamó. Al final, la pareja pagó 500 dólares por conservar su piedra extraterrestre, pensando que harían buen negocio con ella, pero las suculentas ofertas nunca llegaron y acabaron donándola a un museo. En cambio, un granjero local se topó con otro fragmento cuando acarreaba leña y lo vendió por un pico interesante, lo suficiente para comprarse una casa y un coche.

Miles de cristales rotos y una nueva religión

El 15 de febrero de 2013, en el óblast ruso de Cheliábinsk se pudo contemplar un cuerpo brillante que surcaba los cielos. Era un bólido, el fenómeno luminoso que se produce cuando un meteoroide entra en la atmósfera. El objeto estalló a unos 23 kilómetros de altitud y produjo un intenso fogonazo, una nube de polvo y gas, numerosos meteoritos y una onda expansiva que dañó 7.200 edificios de seis localidades distintas. En torno a 1.500 personas precisaron asistencia médica, la mayoría por el impacto de cristales, y todo el mundo evocó el 'evento de Tunguska' de 1908, que se atribuye a un suceso similar y devastó dos mil kilómetros cuadrados de taiga siberiana. El meteorito más grande que se ha recuperado del suceso de Cheliábinsk, de media tonelada, se extrajo del lago Chebarkul y ha dado lugar a una religión: sus sacerdotes sostienen que en ese fragmento están las instrucciones codificadas para acceder a «un nuevo estadio de conocimiento espiritual», así que exigen trasladarlo del museo a un templo.

El hombre que enseñó lo que había que buscar

Según la NASA, se han encontrado unos 50.000 meteoritos, de los que el 99,8% procede de asteroides y el resto viene de la Luna o Marte. Hasta principios del siglo XX, solo se habían recuperado unos pocos centenares, pero todo cambió a raíz de la tarea divulgadora del estadounidense Harvey Harlow Nininger, que en los años 20 y 30 empezó a educar a la gente sobre la apariencia de estos materiales, con charlas tanto en universidades como en escuelas de pueblo. El conocimiento disparó los hallazgos, sobre todo en campos de cultivo, e impulsó el interés científico.