Sergio García

Del adobe a las vidrieras

León es un territorio de contrastes: entre Tierra de Campos, de vocación agrícola, y el Bierzo minero hay 60 grises intermedios

SERGIO GARCÍA

A ver, centrémonos un poco. Por 'adobe' no me refiero a la empresa de software con sede en California, sino a la masa de barro mezclada con paja y piedras que pusieron de moda los árabes y que lleva siglos siendo el material de construcción sobre el que se levanta buena parte de la España vaciada. Pues bien, atravesamos un territorio salpicado de casas de apariencia tosca que han aguantado el paso de los siglos, aunque a menudo parezca que bastaría el lobo de los tres cerditos para echarlas abajo de un soplido. Seguro que quien las construyó nunca oyó hablar ni de la Bauhaus ni del Art Nouveau, pero son frescas de día y transfieren calor a la noche, y eso es algo que se agradece por estas soledades.

Echamos a andar en Terradillos de los Templarios, que encaja como un guante con el escenario que les describo. Conejos y ratones de campo apuran los momentos de oscuridad como si el Camino fuera un 'afterhour', mientras los girasoles, por contra, lucen mustios y cabizbajos. Parece que la meteorología ha esperado a que dejáramos atrás Tierra de Campos para cubrir de nubes ese cielo de 180 grados, donde a lo largo de la jornada veremos cómo los trigales van dando paso a las vides y a los maizales, que reciben de los aspersores lo que la naturaleza les niega. Palencia queda atrás y cuando llego a las puertas de Sahagún un cervatillo se cruza en mi camino y me despisto tratando de seguirlo.

Cuatro kilómetros, entre ida y vuelta, a sumar a una jornada que ya superaba los 30. Vuelvo sobre mis pasos y me encuentro con que es día de mercado. Ando más perdido que un pulpo en un garaje, así que pregunto. Lógico, ¿no? Cuando corrijo el tiro oigo a mi espalda: «Yo a todos les digo 'al fondo a la izquierda', no falla». «Oye, no fastidies que ya he perdido bastante tiempo. A ver si voy a acabar en Algeciras». «Es broma, hombre. Toma unas cerezas para endulzar el paseo». Son grandes como ciruelas. Lo que yo decía: ¡qué majo este tipo!

La gente bebe prieto picudo y devora tablas de cecina y queso. Ah, me relamo. Dios aprieta, pero no ahoga

Serán en total 8 horas de travesía, con una parada para probar ese chorizo con el que sueño desde la víspera, que lo cortés no quita lo valiente. Unos metros por delante distingo a Gautier, inconfundible con su sombrero de la Policía Montada del Canadá. Avanza, marcial, desde que le vi en Nájera. Siempre impecable, como si estuviera de colonias: hasta los calcetines blancos refractan el polvo. A su lado, parezco el Grinch. Desde Sahagún a Bercianos del Real Camino hay más de 10 kilómetros, y de allí a El Burgo Ranero otros 7, sin más compañía que una larga hilera de plátanos de sombra a un lado y los coches que bajan lanzados por la carretera. Arrumbada entre la maleza asoma la tumba de Manfred Kress Friedrich, un peregrino muerto en 1998 cuando hacía el Camino, quién sabe si por un infarto o a causa de un golpe de calor.

Conozco entonces a Doreli, una venezolana que vive en Nueva Jersey (EE UU) desde hace 25 años, profesora de español y casada con un arquitecto. Le pregunto, cómo no, qué hace una chica como ella en un sitio como éste, y me habla de una visita a Compostela con su marido hace años y de la impresión que le causó ver a todos esos peregrinos llegando al Obradoiro, extenuados pero felices. «Comprendí que tenía que hacerlo, que me estaba perdiendo algo. Es un desafío», me dice con un crianza en la mano antes de echar de nuevo a andar. Hoy se ha extraviado una vez y volverá a hacerlo antes de salir del pueblo. Va cubierta de arriba a abajo porque el sol le hace daño –«Has venido al lugar indicado», pienso– y no sabe dónde ha dejado los bastones. Y eso que viene desde Roncesvalles. Va a ser cierto después de todo que los milagros existen.

Lomo adobado

El Burgo Ranero quedará grabado a fuego en nuestra memoria por su lomo adobado, cuya receta el carnicero se niega a compartir, terco como una mula. Torreznos, jamón, chorizos... Qué dura tiene que ser la Cuaresma aquí, por Dios. Falla el wifi, no hay nadie que selle la credencial, a las diez de las noche toca recogerse... Vamos, una fiesta. Menos mal que la puesta de sol nos reconcilia con el pueblo, que parece arder unos minutos mientras atronan las golondrinas. Por delante, seis horas de sueño seis, entre ronquidos, ventosidades y carraspeos varios. Por no hablar de las visitas al baño o los móviles que se activan de madrugada con el politono de 'El bueno, el feo y el malo'. Para liarse a tiros.

Hay 37 kilómetros hasta León, así que enfilamos el camino con resignación cristiana. Alguien ha vestido los árboles con forros de ganchillo y quedan hasta coquetos (aquí la gente se tiene que aburrir mucho, es un pálpito). Marchamos como carne de cañón que somos: mudos, disciplinados y en ayunas. En Reliegos, el bar de Elvis tiene la puerta abierta, pero en cuanto asomo el hocico su dueño se desprende de la oscuridad como un espectro. «Ya lo siento, rey, menuda noche. Hoy no abro», y cierra sin ceremonia alguna, deslumbrado por la claridad del día. Será vampiro. Allá a lo lejos, en Mansilla de las Mulas, suena el altavoz del penal. Puente Villarente, Arcahueja, Valdelafuente... León se extiende tras un carrusel de subidas y bajadas. Toca parada y fonda.

Lo decido nada más verlo. Detrás de las espigadas torres de la catedral y sus vidrios emplomados, me sale al paso un hotel con spa y con él la promesa de unos chorros que se lleven el polvo del Camino. La gente bebe prieto picudo en el Barrio Húmedo, y devora tablas de cecina y queso a la sombra de la muralla. Ah, me relamo. Dios aprieta, pero no ahoga.