El vuelo virtual se reproduce en cabinas a escala 1:1, con instrumentos reales. Con costes que van desde los 500.000 euros hasta los cuatro millones, dependiendo de si se trata de un monomotor o de un Airbus 320, los aprendices enfrentan catástrofes virtuales. / Adventia

Simuladores para ponerse en lo peor

Su uso cada vez más generalizado permite anticipar problemas en cirugías sofisticadas, transportes de mercancías y pasajeros o escenarios financieros

Doménico Chiappe
DOMÉNICO CHIAPPE Madrid

En plena travesía trasatlántica falla un motor del avión, le alcanza un rayo que inutiliza los instrumentos, ocurre un incendio, choca contra una gran ave migratoria o se apaga de repente. Un piloto debe estrellarse varias veces antes de llevar pasajeros. Lo hace en los simuladores de vuelo, artefactos precisos de tamaño real que pueden reproducir, por ejemplo, la cabina de un Airbus 320. «Aunque tengan tres minutos antes de chocar contra el suelo, los pilotos no se bloquean, mantienen la sangre fría, saben lo que tienen que hacer, gracias a un entrenamiento continuado en simuladores», explica Fernando Gómez, secretario general de la Escuela de Pilotos Adventia de la Universidad de Salamanca. «Allí realizan misiones de vuelo, en las que los alumnos van evolucionando con un nivel de realismo muy alto».

Un simulador para prácticas médicas en el Centro Avanzado para la Simulación Clínica y Experimental del Hospital Universitario La Paz, en Madrid, en la que los futuros médicos confrontan emergencias y cirugías en maniquíes que están conectados a pantallas donde observar el resultado de sus actuaciones. / R. C.

Como los utilizados para el adiestramiento de aeronaves, los modelos que imitan cosas y situaciones de la vida real, incluyendo escenarios inusuales que pueden costar vidas o fortunas, se afianzan en diversos sectores, como la práctica clínica, la investigación científica, la seguridad -desde la movilidad personal hasta los conflictos bélicos-, la gestión de empresas o los servicios bancarios.

«De la misma forma que uno exige que un piloto tenga equis horas de vuelo en simuladores antes de que te lleve en su avión, parece razonable que antes de que una persona entre en quirófano, el equipo encargado de la cirugía o el anestesista tenga una formación similar, sin esperar a hacer las prácticas sobre la marcha», mantiene Manuel Quintana, coordinador del Centro Avanzado para la Simulación Clínica y Experimental del Hospital La Paz, en Madrid. «Es obligatorio. Nosotros intentamos simular todos aquellos escenarios que requieren una intervención inmediata para que el personal sanitario esté lo mejor preparado posible».

Traumas graves como huesos rotos, hemorragia cerebral, paradas cardiorrespiratorias, infartos, cirugías ortopédicas o laparoscópicas se realizan en un «entorno de simulación clínica, que permite reproducir situaciones raras o a las que no te enfrentarías nunca, como el aplastamiento craneal de un niño por accidente de tráfico», refiere el pediatra Carlos Díaz Vázquez, responsable del Área de Entrenamiento Basado en la Simulación (AEBS) del Hospital V. Álvarez Buylla, en Asturias. «Los simuladores están para no hacer daño a nadie y se practica cuantas veces haga falta».

Los simuladores clínicos son sistemas que tienen un maniquí con apariencia cada vez más humana, con piel artificial y líquido similar a la sangre, que responde a un programa que mide sus signos vitales, sus reacciones y hasta la cantidad de dosis de un medicamento en su organismo. El maniquí -con precios entre los 300 euros por los tórax para RCP hasta los 90.000- se adapta a las características de un paciente, como su peso o su edad y también hace lo que se le pide, como perder presión sanguínea o parir un feto que viene de nalgas. Conectados a una pantalla, los aprendices de médico observan el resultado de sus actuaciones. Primero diagnostican; luego intervienen y después interpretan. La máquina cronometra sus reacciones. Un minuto, dos, cinco. El tiempo es vital.

El vuelo virtual se reproduce en cabinas a escala 1:1, con instrumentos reales. Con costes que van desde los 500.000 euros hasta los cuatro millones, dependiendo de si se trata de un monomotor o de un Airbus 320, los aprendices enfrentan catástrofes virtuales. Adventia3. Contra el miedo a conducir y para probar la reacción de los conductores en condiciones extremas se han diseñado simuladores con patrones de coches comerciales, utilizados en autoescuelas y centros avanzados con potencia inmersiva. / R. C.

«El mundo de los simuladores con maniquíes es tremendo, sobre todo en costes», indica Díaz Vázquez. Pero es una inversión que tiene rédito. «En Urgencias, donde se deben tomar decisiones rápidas y se requiere plena coordinación entre varios especialistas, los fallos se pagan caros».

Detrás del éxito

En los últimos meses la realidad ha cambiado para la mayoría de empresas. La pandemia y el final de las ayudas estatales para contrarrestarla, la invasión rusa a Ucrania y el elevado coste de la energía se cruzan con la necesidad de internacionalizar una compañía, mantenerse en un mercado maduro y con pérdidas, o enfrentar a competidores de otros continentes con otras reglas. En un conjunto de decisiones se juegan millones. Para añadirlos al capital de la empresa, o perderlos.

Antes que eso ocurra, los escenarios posibles que se abren según los pasos que da la gerencia se pueden prever en los simuladores. «Son una secuencia de algoritmos que reproducen lo que observamos en la realidad, amplificando lo más relevante», explica Alberto Marín, director de Companygame, una empresa especializada en estos desarrollos para empresas.

En el centro de simulación del Hospital Álvarez Buylla atienden a un maniquí, del popular modelo 'Skill trainer', en una habitación real en una planta real. / AEBS

El proceso para desarrollarlos consiste, primero, en «entender el entorno de negocio, como el perfil de la empresa o el mercado y sus problemas, la evolución en el pasado, la situación actual y su futuro», mantiene Marín, cuyos desarrollos pueden alcanzar un precio de 500.000 euros. «Luego se decide el ámbito de trabajo y el enfoque educativo y, en una tercera fase, la recopilación de datos y el desarrollo. Son procesos muy largos, en ocasiones de años».

Pero no hace falta entrar en sofisticadas sedes específicas o en grandes empresas para interactuar con un simulador de alto nivel. Más allá de los videojuegos que recrean en 3D deportes de competición, hay simuladores en la cotidianidad, que apoyan, además, decisiones importantes para los individuos y las familias. «Los simuladores no son videojuegos, que van tirando del usuario, con varias alternativas que siempre da el programa», advierte Marín. «En un simulador organizas tu tiempo, analizas la información, repartes tareas en el equipo de trabajo y tomas tu camino, aunque no lo hagas bien. Al contrastar los resultados, reflexionas y debates. En esos matices se marca la diferencia».

LAS FRASES

Companygame

«Son una secuencia de algoritmos que reproducen la realidad y amplifican lo relevante»

Alberto Marín

Hospital Universitario La Paz

«Intentamos simular todos aquellos escenarios que requieren una intervención inmediata»

Manuel Quintana

Escuela de Pilotos Adventia

«Los alumnos realizan misiones de vuelo con un nivel de realismo muy alto»

Fernando Gómez

Hospital V. Álvarez Buylla

«Nos permite reproducir situaciones raras o a las que no te enfrentarías nunca»

Carlos Díaz Vázquez

En los bolsillos de la gente corriente también se halla la realidad duplicada. En los simuladores de préstamos personales e hipotecas, al que se accede desde el móvil, el usuario elige diversos escenarios de su propio futuro para ver cuánto puede pedir y en qué tiempo puede devolverlo. También para aprender a conducir un turismo hay simuladores en las autoescuelas, con tarifas de unos 30 euros la hora, de acceso general, donde «sentir» tanto el coche como el «terreno» en condiciones de tormenta o con nieve intensa.

«Se experimentan sensaciones físicas típicas de la conducción como velocidad, vibración, aceleración y adrenalina», indica un portavoz de Autoescuela Lara. También imita «estados del propio conductor, como el cansancio o los efectos del alcohol». Los simuladores, indican, vencen la amaxofobia, que es el miedo a conducir, y ayudan a preparar las oposiciones que requieren conducción.

¿Una clave del éxito de los simuladores? «A los alumnos los ponemos en máxima presión, a través de la competición, que aporta emoción. Sin emoción no hay aprendizaje», responde Marín. No obstante, «que no nos deslumbre la tecnología», sentencia Díaz Vázquez. «La simulación es importante, pero todo es simulación. Se ha hecho toda la vida».

Columnas vertebrales y vías férreas a la vanguardia

Además de una capacitación de alto nivel, en algunos centros de simulación españoles también se realiza investigación, a partir de las necesidades detectadas en la práctica. En el Hospital La Paz, por ejemplo, se ha desarrollado un maniquí específico que vomita cuando es intubado. También han fabricado columnas vertebrales impresas en 3D a partir de modelos reales que dificultan la aplicación de la epidural o un drenaje lumbar. «Son soluciones a requerimientos del personal sanitario», indica su coordinador Manuel Quintana.

El «germen» de los maniquíes clínicos fue el tórax para practicar RCP, asegura Quintana, mientras que los primeros simuladores de vuelo aeronáutico llegaron en los setenta, y funcionaban con poleas de acero, recuerda Fernando Gómez, secretario de la escuela Adventia «Ahora hay simuladores nivel Delta, de tres ejes y movimiento de 180 grados, que pueden costar cuatro millones de euros».

En la actualidad, en España hay desarrolladores que se encuentran a la cabeza en cuanto a la tecnología empleada. Para el Ministerio de Defensa, por ejemplo, Indra ha desarrollado simuladores para los submarinos S-80; y Renfe entrena a sus conductores con aparatos que recrean «circunstancias difícilmente reproducibles en la realidad».

«Una investigación puede demorar cinco o siete años, aunque depende de cuánto dinero haya», indica Quintana. «Se necesita profesionalizar al personal y tiempo para realizar los escenarios, que requieren de una larga preparación».